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17 de febrero 2026
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OpiniónMarino BerigüeteMarino Berigüete

Harold Zances y el ruido ajeno

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RESUMEN

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En estos días se ha dicho mucho —demasiado— sobre Harold Zances. Se ha escrito con ligereza, con una seguridad desbordada, con ese tono de juicio fácil que no busca entender ni preguntar, sino sentenciar. Se ha opinado desde el rumor. Desde el prejuicio. Desde el rincón cómodo del anonimato digital, donde todo vale porque no hay que dar la cara. Y de pronto, ese joven que representa a la República Dominicana ante la ONU, ese que pasó por la Universidad del Caribe con calificaciones impecables y referencias aún mejores, ese que domina varios idiomas y nació en La Romana, se convierte en blanco de una sospecha sin fundamento. Una sombra lanzada al vuelo. Una acusación sin rostro, sin fuente, sin sustancia.

Pero el daño ya está hecho. En un país donde la calumnia viaja a velocidad de clic, la verdad siempre llega tarde.

La acusación —si es que puede llamarse así— no tiene forma. No tiene cuerpo. No tiene pruebas. Pero tiene algo más poderoso en tiempos de redes: tiene morbo. Y eso basta. Porque la indignación fácil, la que se prende por cualquier chispa, no necesita argumentos. Solo necesita una víctima. Hoy, esa víctima es Harold.

Lo conocí hace años, cuando era estudiante en la Escuela de Relaciones Internacionales, donde hoy soy decano. Lo vi llegar a clase con la puntualidad de quien sabe que el tiempo ajeno también vale. Lo vi escuchar más que hablar, preguntar más que afirmar, ofrecer más que pedir. Nunca buscó reflectores. No era de los que interrumpen para brillar. Era de los que trabajan. De los que entienden que el verdadero prestigio no se grita, se gana. Sus profesores no solo lo recuerdan con respeto; hablan de él con admiración. No por algo excepcional, sino por algo más raro: por su constancia. Su cortesía. Su integridad.

Pero ahora eso no importa. No importa su carrera sin manchas. No importa su labor en organismos internacionales. No importa su discreción ni su servicio. Importa lo que alguien dijo. Importa lo que alguien insinuó. Importa que su nombre suene, aunque sea por razones equivocadas. Así funcionan las hogueras modernas: no se necesita leña, basta una chispa malintencionada.

Y seamos honestos: todo esto tiene un trasfondo. Lo sabemos. Lo que se pone en duda no es su trabajo, es su origen. Lo que se cuestiona no es su capacidad, es su apellido. Lo que se insinúa, con la torpeza de quien cree que el racismo puede disfrazarse de nacionalismo, es que Harold no es “uno de los nuestros”.

Pero Harold es tan dominicano como yo, que nací en Barahona. Él nació en La Romana. Creció aquí. Estudió aquí. Sirve aquí. No hay nada que probar. No hay ninguna duda razonable. Somos un país de mezclas. Lo hemos sido siempre. En La Romana viven descendientes de cocolos, de haitianos, de italianos, de alemanes. Gente que vino, se quedó y ayudó a construir lo que hoy somos. Gente que, como Harold, no pidió permiso para pertenecer porque ya pertenecía.

El tema haitiano —porque de ahí nace esta mezquindad— se ha convertido en una herramienta para despertar los peores impulsos. Se usa como excusa para excluir, para agredir, para dividir. Y eso es un fracaso colectivo. Porque la patria no se defiende insultando. Se defiende educando. Con justicia. Con verdad.

Harold Zances ha servido a su país con decoro. Lo ha representado en escenarios complejos. Lo ha hecho sin escándalos, sin excesos, sin arrogancia. No ha buscado protagonismo. No lo necesita. Tiene algo más valioso: el respeto de quienes lo conocen, lo han formado y han trabajado con él. Ese respeto no se grita. No se impone. Se gana. Día tras día.

Y por eso duele ver cómo lo arrastran por rumores que no resisten un minuto de análisis serio. Duele ver cómo se mancha un nombre por el simple hecho de tener el color de piel, la cadencia o el apellido equivocado, según los ojos enfermos de quienes todavía no entienden que la identidad no se mide por el tono, sino por el compromiso.

A veces uno no sabe si es más fuerte la tristeza o la rabia. Tristeza porque vivimos en un país que parece dispuesto a perder a sus mejores cuadros por el miedo a aceptar su diversidad. Rabia porque mientras se desacredita a profesionales como Harold, se ensalza a mediocres que nunca han servido más que a sí mismos.

Hay que decirlo con claridad: la moral de un joven profesional no puede ser fusilada en público por el capricho de unos cuantos. No todo vale. No todo se puede decir sin consecuencias. Hay que recuperar la idea de la responsabilidad. No solo en el servicio público, sino en la opinión pública.

Harold no ha dicho nada. No ha salido a defenderse con estridencia. No lo necesita. Su carrera, su conducta, su trayectoria hablan por él. Pero algunos, nosotros, sí debemos hablar. Porque el silencio, cuando se vuelve costumbre, empieza a parecer complicidad.

Y hay personas por las que vale la pena alzar la voz. Harold Zances es una de ellas y no es de origen haitiano: es dominicano.

Por: Marino Berigüete.
Politólogo.

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