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15 de enero 2026
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OpiniónEddy Manuel PérezEddy Manuel Pérez

Haití: Intervenciones sin transformación y el papel inevitable de la República Dominicana

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RESUMEN

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Haití ha sido intervenido militarmente en múltiples ocasiones a lo largo del último siglo. Desde la ocupación estadounidense en 1915 hasta la reciente aprobación de una fuerza internacional para suprimir pandillas en 2025, el patrón se repite: crisis interna, intervención externa, restauración temporal … y luego el colapso. ¡El agua ta cogio!

Cada misión ha prometido estabilidad, democracia y reconstrucción. Sin embargo, los resultados han sido decepcionantes. Las intervenciones han logrado cambiar gobiernos, pero no transformar el sistema. Han impuesto orden, pero no han sembrado institucionalidad. Han restaurado presidentes, pero no han consolidado la democracia.

La ocupación estadounidense (1915–1934) impuso un gobierno militar bajo control extranjero. Aunque se modernizó parte de la infraestructura, el país quedó marcado por la dependencia y el resentimiento.

En 1994, Estados Unidos volvió a intervenir para reinstalar a Jean-Bertrand Aristide, derrocado por un golpe militar. Se restauró la “democracia”, pero sin bases sólidas. La fragilidad institucional persistió.

La MINUSTAH (2004–2017), liderada por la ONU, intentó estabilizar el país tras otro derrocamiento. Aunque se celebraron elecciones, los gobiernos resultantes fueron débiles, cuestionados y, en muchos casos, manipulados por intereses externos. El brote de cólera introducido por tropas de la ONU fue un golpe devastador a la credibilidad internacional.
El asesinato del presidente Jovenel Moïse, ocurrido el 7 de julio de 2021, marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Haití. Cuatro años después, el país sigue sumido en una crisis profunda: sin justicia, sin elecciones y con un colapso institucional que ha dado paso al dominio casi total de las pandillas.

Haití no ha celebrado elecciones desde 2016. El control del territorio está en manos de grupos como el G-9 y Familia, liderados por Jimmy “Barbecue” Chérizier. Más de 1.3 millones de personas han sido desplazadas por la violencia. Haití vive su peor crisis desde el terremoto de 2010.

La misión de 2023, liderada por Kenia, ingresó con el objetivo de frenar la desestabilización tras el asesinato de Moïse, presuntamente cometido por un grupo de mercenarios. Sin embargo, fracasó antes de consolidarse. Llegó con recursos limitados, sin respaldo suficiente y con un mandato ambiguo.

Y ahora, en 2025, se lanza una nueva fuerza con mandato directo para enfrentar pandillas.

¿Será diferente esta vez?

La ONU ha aprobado una nueva misión con un mandato claro: suprimir las pandillas. No contenerlas. No negociar. Suprimir. La palabra no deja espacio para ambigüedades. Es dura, directa, urgente. Y quizás necesaria.

Porque cuando los niños no pueden ir a la escuela, cuando los hospitales cierran por miedo, cuando las madres entierran a sus hijos sin saber por qué, ya no hay tiempo para diplomacias suaves.

¿Será diferente esta vez?

La República Dominicana no ha participado militarmente en estas intervenciones, pero su papel ha sido crucial. Como país vecino, ha vivido las consecuencias directas del colapso haitiano: migración descontrolada, presión fronteriza y riesgos de seguridad.

El presidente Luis Abinader ha llevado el tema haitiano al Consejo de Seguridad de la ONU en más de 16 ocasiones. La carta conjunta firmada por los expresidentes Fernández, Mejía y Medina, solicitando acción internacional, es un gesto histórico que demuestra que el tema trasciende ideologías.

Aunque RD no debe involucrarse militarmente por razones históricas y diplomáticas, su rol puede ser decisivo en: Apoyo logístico y fronterizo, Asistencia a las tropas, Coordinación regional y el seguimiento diplomática permanente.

La historia demuestra que las intervenciones en Haití han sido eficaces para cambiar gobiernos, pero ineficaces para transformar el país. La democracia no se impone con tropas. Se construye con instituciones, educación, justicia y desarrollo.

La nueva misión de 2025 tiene una oportunidad única: aprender de los errores del pasado. Pero para que sea diferente, necesita más que fusiles. Necesita voluntad política, compromiso regional y respeto por la soberanía haitiana.

Haití no es solo un país vecino. Es un espejo que se ha roto en muchos pedazos, pero que sigue reflejando, en cada fragmento, las heridas de una historia compartida, de luchas que no terminan y de silencios que gritan.

En 2023, tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse, el mundo volvió a mirar hacia Haití, pero lo hizo con los ojos cansados de quien ya ha visto demasiadas veces el mismo incendio.

¿Será diferente esta vez?

Tal vez.

Si esta vez, además de armas, llegan libros.

Si además de soldados, llegan médicos.

Si además de órdenes, llegan oídos.

Si esta vez, el mundo decide no solo intervenir, sino quedarse.

Escuchar. Acompañar. Sanar. Construir…

Por Eddy Manuel Pérez

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