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31 de marzo 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Hacia una política cultural transformadora: una visión desde el Estado

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RESUMEN

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In memoriam a un icónico hombre de la cultura:

José Rafael Lantigua

  1. PREÁMBULO

¿Qué decir sobre el político y su relación con la cultura? Para que un político pueda entender el problema de la cultura debería ser mucho más que un político. El político debería ser capaz de comprender que la problemática de la cultura involucra a seres humanos con sensibilidades, intereses y sueños muy diversos, que varían en función de los ámbitos culturales o artísticos en los que realizan su labor creadora. Así, algunas diferencias pueden encontrarse, por ejemplo, entre la realidad de los artistas visuales y la de los escritores o teatristas.

Es que el mundo de la cultura es un mundo complejo, y esa complejidad no es posible entenderla desde la tradicional mirada política, que solo alcanza a ver un voto electoral en cada hacedor o hacedora de cultura.

Se impone comenzar a cambiar esa manera de ver al trabajador de la cultura, y hay que hacerlo a partir de una sensibilidad muy singular, no común en los políticos dominicanos. Y digo más: no hay forma de lograr que una sociedad avance y se engrandezca si no está sostenida sobre esos dos pilares fundamentales del desarrollo humano que son la educación y la cultura, pero una cultura no concebida como mero espectáculo, sino formadora, transformadora de conciencia y fortalecedora de la identidad nacional.

Con la articulación de un Plan Nacional de Desarrollo Integral que otorgue igual importancia a la educación y a la cultura, se estaría enrumbando a la sociedad dominicana por el sendero del desarrollo integral, moral-espiritual, al que aspiraba el Gran Maestro Eugenio María de Hostos.

Han transcurrido más de tres lustros años desde que escribimos estas líneas y, sin embargo, la esencia del problema permanece. La relación entre política y cultura continúa marcada por incomprensiones, simplificaciones y, en no pocos casos, por una visión utilitaria que reduce al trabajador de la cultura a un sujeto electoral y a la cultura misma a un instrumento de visibilidad.

Lejos de haber sido superadas, muchas de las limitaciones señaladas entonces se han acentuado: el predominio de la cultura concebida como espectáculo, la ausencia de mediciones rigurosas sobre el impacto de las políticas culturales y la débil articulación entre cultura y educación como ejes del desarrollo nacional.

Este documento nace de esa constatación. No constituye una propuesta crítica coyuntural ni un ajuste de cuentas con el pasado. Responde, más bien, a un deber ciudadano: aportar —a partir de nuestra experiencia de casi cuarenta años en la gestión cultural, tanto en el servicio público como en el ámbito independiente— algunas ideas que surgen de un ejercicio de reflexión orientado a repensar la cultura desde una perspectiva estatal, con una visión estructural, formativa y sostenible.

Se trata, en esencia, de responder a una pregunta fundamental: ¿cómo convertir la política cultural en un verdadero instrumento de formación ciudadana y desarrollo integral?
A partir de esta interrogante, articulamos una línea de pensamiento orientada a desplazar el énfasis de la cultura como espectáculo (**) hacia la cultura como proceso formador, capaz de incidir en la educación, en la conciencia crítica y en la construcción de una identidad nacional sólida. Ese tránsito —necesario y urgente— es el que da sentido a este documento.

  1. DE LA CULTURA COMO ESPECTÁCULO A LA CULTURA FORMADORA

Durante las tres últimas décadas, la política cultural dominicana ha privilegiado la visibilidad por encima de la formación. La cultura se ha presentado como espectáculo: ferias, conciertos, premios, ceremonias y actividades de alto perfil mediático, muchas veces más orientadas a la publicidad que al fortalecimiento del tejido cultural de la nación. Este enfoque, aunque vistoso, ha tenido resultados limitados en términos de construcción de ciudadanía, hábitos de lectura, apropiación del conocimiento y desarrollo del pensamiento crítico.

No se trata de desconocer los esfuerzos realizados ni la dedicación de quienes han trabajado en el sector. Pero los indicadores disponibles muestran que se ha dado prioridad a lo medible en público y no a lo transformador en la sociedad. Se han contabilizado asistentes a eventos y actividades culturales, pero se han omitido mediciones esenciales: ¿cuál ha sido el impacto real en el hábito lector?, ¿en la producción intelectual o en la participación ciudadana sostenida?, ¿en la formación de comunidades creativas? Lo que no se mide permanece como vacío en la política pública, y lo que permanece vacío difícilmente puede ser transformado.

Por ello, resulta imprescindible redefinir la gestión cultural desde el Estado como instrumento de formación integral del ciudadano, lo cual ya habíamos planteado en 2011-2012 en una serie de artículos publicados en El Nuevo Diario. Inspirados en la visión intelectual del humanista Pedro Henríquez Ureña, debemos concebir la cultura no como ornamento ni espectáculo, sino como eje de desarrollo humano y social: el cultivo del pensamiento, la sensibilidad y el juicio crítico. Solo así se logra una política cultural con alcance estructural, capaz de trascender ciclos electorales y visibilidad mediática.

Un eje central de esta política es el fomento sostenido del hábito de lectura. No como actividad puntual o ceremonial, sino como práctica habitual que conecte escuelas, bibliotecas, comunidades y familias. La lectura debe ser reconocida como herramienta de formación y como base de un Estado capaz de producir ciudadanos conscientes y participativos. Para ello, es necesaria la implementación de un sistema nacional de medición cultural, que permita evaluar periódicamente el consumo de bienes culturales, los niveles de lectura y la apropiación de conocimiento en distintos sectores de la población.

La asignación de recursos debe orientarse hacia la eficiencia y la eficacia: fortalecer las bibliotecas, las casas de cultura, los programas de formación de mediadores culturales, el desarrollo de la industria editorial y cinematográfica, así como la dignificación del creador en todas las manifestaciones culturales: literatura, artes plásticas, artesanía, escultura, teatro, etc. La cultura no debe diluirse en el espectáculo y éste debe subordinarse a la acción formadora.

Por consiguiente, es indispensable una coordinación efectiva entre los Ministerios de Cultura y Educación. Ambos organismos, actuando de manera integrada, pueden transformar la experiencia educativa, impulsar hábitos culturales sostenidos y fomentar una ciudadanía más crítica y participativa. La cultura formadora no es un lujo ni un adorno: es una inversión estratégica en la educación, la moral y el desarrollo integral del país.

Pasar de la cultura como espectáculo a la cultura formadora no es una elección estética: es una necesidad social. La República Dominicana requiere una política cultural que construya ciudadanos capaces, y no solo públicos que asistan a eventos. Ese es el desafío y ese debe ser el norte de cualquier estrategia estatal en el presente y el futuro.

III. POLÍTICA CULTURAL TRANSFORMADORA: PROPUESTAS Y PRIORIDADES

Si hemos identificado que la política cultural dominicana ha privilegiado la forma sobre el fondo, la visibilidad sobre la formación, el siguiente paso inevitable es establecer propuestas concretas y priorizadas para que la cultura deje de ser espectáculo y se convierta en instrumento de transformación social y educativa.

Las siguientes propuestas se organizan en dos niveles: aquellas de carácter estructural, orientadas a redefinir la política cultural desde sus bases, y otras de apoyo, destinadas a fortalecer su implementación y sostenibilidad.

  1. Propuestas estructurales

1.1 Estrategia nacional de lectura y bibliotecas

El hábito de lectura no surge por azar; requiere de políticas sostenidas y estructuradas. Se propone:

  1. a) Fortalecer el Sistema Nacional de Bibliotecas, con un verdadero liderazgo institucional de la Biblioteca Nacional «Pedro Henríquez Ureña».
  2. b) Integrar bibliotecas escolares y comunitarias a dicho sistema bibliotecario, que permita seguimiento, evaluación y acceso equitativo como modo de fortalecer el sistema educativo nacional.
  3. c) Incentivar la producción editorial priorizando las creaciones de los autores dominicanos, asegurando que los ciudadanos tengan acceso a obras que reflejen la identidad cultural dominicana.
  4. d) Implementar programas de mediación lectora, formando promotores culturales y literarios en cada provincia y municipio.

1.2 Mediciones e indicadores de impacto

Una política cultural desde el Estado requiere, para ser efectiva, información confiable:

  1. a) Crear un sistema nacional de medición de consumo cultural, hábitos de lectura y participación en actividades educativas y culturales.
  2. b) Establecer indicadores de eficiencia y eficacia para cada programa: no solo el número de asistentes a un evento, sino su contribución al conocimiento, la creatividad y la formación ciudadana.
  3. c) Publicar informes periódicos que permitan la rendición de cuentas y el ajuste constante de políticas.

1.3 Reingeniería del gasto cultural

No basta con asignar recursos, pues el Estado debe garantizar que cada peso dominicano cumpla un objetivo formativo:

  1. a) Priorizar programas estructurales sobre eventos de visibilidad momentánea.
  2. b) Incentivar alianzas público-privadas para la sostenibilidad de proyectos culturales.
  3. c) Subordinar los gastos en espectáculos a la creación de infraestructura cultural y formación de capital humano.

1.4 Articulación con la educación

Somos reiterativos cuando planteamos que la cultura formadora solo es posible si se integra con la educación:

a) Coordinar acciones entre el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Educación (MINERD) y el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) para el desarrollo de proyectos conjuntos de lectura, teatro, música y artes visuales en todos los niveles del sistema educativo, promoviendo tanto la formación artística como la creación, investigación y difusión cultural desde las escuelas y las universidades.

b) Incorporar contenidos culturales dominicanos de manera transversal en el currículo escolar.

c) Fomentar experiencias prácticas que conecten al estudiante con la producción cultural del país.

  1. Propuestas de apoyo

2.1 Descentralización efectiva

La cultura no debería concentrarse únicamente en la ciudad de Santo Domingo, en detrimento de las demás comunidades del país:

  1. a) Fortalecer casas de cultura provinciales y municipales, dotándolas de recursos, personal capacitado y programas sostenidos.
  2. b) Promover iniciativas locales, respetando las tradiciones y expresiones culturales de cada región.
  3. c) Crear circuitos de intercambio cultural entre provincias, fomentando la movilidad de creadores y obras.

2.1 Dignificación del creador y profesionalización del sector

La creación cultural necesita condiciones justas:

  1. a) Establecer sistemas de financiamiento transparente y competitivo para artistas y productores culturales.
  2. b) Crear incentivos para el desarrollo de industrias culturales, incluyendo cine, música, artes visuales y literatura.
  3. c) Reconocer el valor del trabajo creativo mediante políticas de seguridad social, becas, residencias y estímulos fiscales.

Esas propuestas no son exhaustivas, pero constituyen un marco inicial de acción. Su éxito depende de visión estratégica, continuidad y medición constante. La cultura debe dejar de ser un espectáculo aislado para convertirse en una política transformadora, capaz de formar ciudadanos críticos, creativos y comprometidos con el desarrollo integral de la nación dominicana.

 

IV. PLAN DE ACCIÓN PARA UNA POLÍTICA CULTURAL FORMADORA

  1. Objetivo general

Transformar la política cultural dominicana, pasando de la cultura como espectáculo a la cultura formativa, mediante la implementación de acciones estructurales, sostenibles y medibles que generen impacto educativo, social y ciudadano.

  1. Líneas estratégicas de acción

2.1) Fortalecimiento de infraestructura cultural

a. Reapertura y modernización de la Biblioteca Nacional “Pedro Henríquez Ureña” y bibliotecas regionales. 

b. Dotación de casas de cultura en provincias y municipios, con personal capacitado y recursos materiales suficientes. 

c. Creación de espacios permanentes de formación artística y literaria en escuelas y comunidades. 

2.2) Fomento del hábito de lectura

a. Programas continuos de mediación lectora en escuelas, bibliotecas y comunidades. 

b. Producción y difusión de material literario dominicano para todas las edades. 

c. Creación de clubes de lectura y proyectos literarios interprovinciales. 

2.3) Desarrollo de industrias culturales

a. Incentivos fiscales y apoyos económicos para la producción de cine, teatro, música y artes visuales. 

b. Promoción de la circulación de obras locales dentro y fuera del país. 

c. Capacitación y profesionalización de creadores y gestores culturales. 

2.4) Coordinación interinstitucional

a. Establecimiento de comités conjuntos entre el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación para proyectos sostenidos de formación. 

b. Integración de contenidos culturales dominicanos en planes de estudio y programas escolares. 

c. Coordinación con instituciones de la diáspora para proyectar la cultura dominicana en el exterior. 

2.5) Medición y evaluación

a. Creación de un sistema nacional de indicadores culturales: consumo, hábitos, participación y resultados formativos. 

b. Publicación de informes periódicos para retroalimentar las políticas. 

c. Establecimiento de auditorías de eficiencia y eficacia en el gasto cultural. 

  1. Prioridades inmediatas (0–3 años)

a. Apertura y equipamiento de bibliotecas centrales y regionales. 

b. Implementación de programas piloto de mediación lectora en escuelas y comunidades. 

c. Reestructuración del presupuesto cultural con enfoque en eficiencia y formación. 

  1. Prioridades de mediano plazo (3–6 años)

a. Consolidación de redes provinciales de casas de cultura. 

b. Desarrollo de industrias culturales estratégicas y sostenibles. 

c. Capacitación y profesionalización del sector cultural. 

  1. Prioridades de largo plazo (6–10 años)

a. Evaluación de resultados y ajuste de políticas. 

b. Consolidación de un sistema nacional de indicadores culturales y hábitos de lectura. 

c. Integración definitiva de la cultura como eje transversal del desarrollo educativo y social. 

El plan operativo propuesto no es un conjunto de buenas intenciones: es un marco estructurado que vincula recursos, instituciones, programas y medición. Solo con visión, continuidad y disciplina se logrará que la cultura deje de ser espectáculo y se convierta en motor de formación y transformación social. La verdadera política cultural dominicana debe formar ciudadanos, fortalecer la identidad nacional y construir un país más educado, crítico y creativo. Ese es el desafío que este plan propone enfrentar.

V. CONCLUSIÓN

La política cultural dominicana está llamada a superar el modelo centrado en la visibilidad para asumir, con decisión, su función formadora. No se trata de eliminar el espectáculo, sino de subordinarlo a un propósito mayor: la formación de ciudadanos críticos, conscientes y comprometidos con el desarrollo integral de la nación.

Priorizar la lectura, optimizar el uso de los recursos públicos, redefinir los grandes eventos culturales y articular de manera efectiva la cultura con la educación son pasos indispensables para avanzar hacia una política cultural verdaderamente transformadora.

La cultura formadora no es un lujo ni una aspiración abstracta: es una inversión estratégica en el presente y el futuro del país. De su orientación dependerá, en gran medida, la calidad de nuestra vida democrática, el fortalecimiento de nuestra identidad y la capacidad de las nuevas generaciones para pensar, crear y participar activamente en la construcción de la sociedad.

Con la publicación de este documento, las ideas en él dejan de pertenecer exclusivamente a quien las formula. Quedan abiertas a la consideración, apropiación y desarrollo de todos aquellos —instituciones, gestores culturales, educadores y ciudadanos— que reconozcan en ellas una ruta posible para el fortalecimiento de la política cultural dominicana. 

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(*) Miguel Collado, reconocido bibliógrafo dominicano, es Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, Miembro Correspondiente (Consultor Bibliográfico) de la Academia Dominicana de la Lengua y presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL) y del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH). Por más de veinte años fue asistente y/o asesor editorial de varios directores de la Biblioteca Nacional «Pedro Henríquez Ureña»; presidente de la Comisión de Seguimiento a las ONGs Culturales en la Secretaría de Estado de Cultura; miembro del Consejo Editorial de la Editora Nacional; y en varias ocasiones asumió roles importantes en la coordinación de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Es Premio Casa del Escritor Dominicano 1994 y ha publicado más de 20 libros de investigación y más de 10 en el campo de la creación literaria. Es uno de los articulistas de mayor presencia en la prensa de su país desde finales de la década de los 80 del siglo XX.

(**) La expresión cultura como espectáculo se utiliza aquí para aludir a la tendencia a convertir las manifestaciones culturales en productos de consumo y visibilidad, donde lo espectacular —y con frecuencia también lo banal y lo político— prevalece sobre su dimensión formativa y crítica. Se distingue así de nociones más abarcadoras como La sociedad del espectáculo (1967), del francés Guy Debord; o La civilización del espectáculo (2012), del peruano Mario Vargas Llosa, en tanto no describe una condición total de la sociedad, sino una orientación específica de la política y la gestión cultural. Esta perspectiva ha sido abordada, entre otros, por el español Eduardo Subirats en La cultura como espectáculo (1988).

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