RESUMEN
En los últimos años, la conversación sobre la economía Naranja, esa que abarca las industrias culturales y creativas, ha ganado terreno en todo el mundo. En América Latina, países como Colombia y Argentina han logrado estructurar políticas públicas robustas que articulan el talento, la innovación y la cultura con el desarrollo económico. En la República Dominicana, este es un momento propicio para dar el salto hacia la organización formal de nuestro ecosistema artístico y creativo como fuente de empleo, riqueza y cohesión social.
La oportunidad de estructurar el talento
Formalizar la industria creativa implica reconocer al arte como sector económico estratégico. Significa crear condiciones para que los artistas, productores y gestores culturales puedan acceder a financiamiento, propiedad intelectual, formación técnica y circuitos de distribución. También implica establecer polos creativos territoriales, con clústeres de producción, talleres, estudios, salas y espacios públicos integrados a la dinámica urbana.
Un mercado cultural organizado no solo genera empleo directo e indirecto, sino que también impulsa servicios conexos como la manufactura, la logística, el turismo y la economía digital. Cada exposición, festival o rodaje es una oportunidad de activar micro y pequeñas empresas vinculadas a la creatividad y al entretenimiento.
Políticas públicas y experiencias comparadas
El caso de Buenos Aires es paradigmático: la ciudad cuenta con una Dirección General de Industrias Creativas que articula más de diez sectores productivos del ámbito cultural, y programas como Distrito de las Artes, que incentiva la instalación de talleres, galerías y centros de formación. Colombia, por su parte, logró posicionar la economía naranja como una estrategia nacional de desarrollo, con una institucionalidad propia, incentivos fiscales, fondos de inversión y un sistema de información que mide el impacto económico de la cultura.
Ambas experiencias muestran que el éxito depende de una alianza efectiva entre Estado, sector privado y academia, donde la política pública actúa como catalizador y garante de sostenibilidad.
El camino dominicano
En la República Dominicana existen avances importantes: iniciativas como el Ministerio de Cultura, los programas de fomento al cine a través de la Ley 108-10, y el impulso reciente a la diplomacia cultural son pasos firmes. Sin embargo, es necesario consolidar un marco integral de política de economía creativa que trascienda la visión sectorial y que involucre a los gobiernos locales, las universidades y el sector privado.
Santo Domingo, como capital, puede convertirse en epicentro de la industria cultural del Caribe, articulando creatividad, tecnología y turismo urbano. Organizar el arte y la cultura bajo un enfoque de desarrollo sostenible no solo preserva nuestra identidad: crea empleo, genera riqueza y construye ciudadanía.
Por: Giancarlo Vega P.
Regidor del Distrito Nacional
