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31 de diciembre 2025
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OpiniónIscander SantanaIscander Santana

Guerra híbrida sin freno: Cuando la diplomacia abdica su rol

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La guerra híbrida ha dejado de ser teoría militar para convertirse en el lenguaje dominante del conflicto global. Lo que presenciamos entre Rusia, Estados Unidos y Ucrania no es escalada convencional sino coreografía estratégica donde misiles, submarinos, drones y discursos se entrelazan en danza de poder, percepción y manipulación. En medio de esta sinfonía bélica, la diplomacia internacional parece haber perdido la voz.

Misiles, submarinos y símbolos: el nuevo campo de batalla

Rusia acaba de probar el Burevestnik, un misil de crucero propulsado por energía nuclear capaz de volar durante 15 horas y eludir cualquier sistema de defensa conocido. Estados Unidos respondió desplegando submarinos nucleares cerca de las costas rusas, mientras el presidente Trump presume una ventaja tecnológica de 25 años sobre sus rivales. Ucrania ha atacado infraestructura crítica dentro de Rusia, incluyendo represas que afectan no solo el suministro energético sino también el imaginario de control territorial.

No se trata de guerra declarada sino de guerra insinuada. Cada movimiento es mensaje. Cada despliegue, advertencia. Cada silencio, estrategia. Esta modalidad de conflicto difumina deliberadamente las líneas entre paz y guerra, permitiendo a los Estados ejercer violencia sin activar mecanismos formales de respuesta internacional.

Infraestructura como blanco político

La represa atacada por Ucrania no es solo fuente de energía: es símbolo de dominio estatal sobre recursos naturales. Las represas concentran poder hidráulico, regulan ecosistemas y representan la capacidad de un Estado para sostener su población. Al convertirlas en blanco, Ucrania no solo busca debilitar la logística rusa sino erosionar su narrativa de estabilidad y autosuficiencia.

Este tipo de ataque se inscribe en la lógica híbrida: no destruir por destruir, sino golpear donde se cruzan lo material y lo simbólico. Organizaciones internacionales han documentado cómo ataques contra infraestructura crítica en conflictos armados generan consecuencias humanitarias desproporcionadas sobre población civil. La infraestructura hidráulica representa recursos, pero también ideología. En tiempos de guerra híbrida, todo recurso es también relato.

¿Qué es la guerra híbrida?

Es la guerra que no se nombra. La que se libra en redes, en cables submarinos, en discursos ambiguos y en decisiones diplomáticas que nunca llegan. Combina ciberataques y sabotajes encubiertos, campañas de desinformación que manipulan percepciones masivas, presión militar sin disparos formales, instrumentalización de crisis migratorias y energéticas, y ataques a símbolos culturales que erosionan identidades colectivas.

Es guerra que no busca ocupar territorios sino dominar percepciones. Y en ese terreno, la diplomacia debería ser el escudo que protege a poblaciones vulnerables y contiene la escalada. Pero no lo está siendo.

La diplomacia ausente

Mientras los misiles se prueban y los submarinos se acercan, los organismos multilaterales callan o repiten fórmulas vacías. Las negociaciones se diluyen en tecnicismos, y los llamados al diálogo se convierten en gestos sin consecuencias. ¿Dónde está la diplomacia que previene, que media, que denuncia con firmeza?

La ambigüedad de Estados Unidos sobre la entrega de misiles Tomahawk a Ucrania es ejemplo claro: se juega al borde de la escalada sin asumir responsabilidad política. Rusia amenaza con «no dejar vencedores» en guerra nuclear, pero nadie exige rendición de cuentas. Ucrania ataca símbolos rusos, pero los foros internacionales no discuten el impacto humanitario de estos actos sobre población civil.

La diplomacia ha sido reducida a instrumento de posproducción narrativa. Ya no anticipa, no contiene, no transforma. Solo reacciona cuando el daño es irreversible. El derecho internacional humanitario establece prohibiciones claras sobre ataques a infraestructura crítica civil, pero su aplicación depende de voluntad política que sistemáticamente falta.

¿Hacia dónde vamos?

Si la guerra híbrida es el nuevo paradigma, necesitamos diplomacia híbrida: capaz de leer símbolos, de intervenir en redes, de anticipar narrativas. Una diplomacia que no se limite a condenar sino que construya alternativas verificables. Que no se esconda tras neutralidad funcional a la escalada, sino que defienda principios con estrategia concreta.

La historia demuestra que los conflictos no resueltos mediante negociación terminan resolviéndose mediante violencia. La Primera Guerra Mundial estalló en parte porque los mecanismos diplomáticos europeos habían sido vaciados de contenido real, convertidos en rituales sin capacidad de contención. Hoy enfrentamos un riesgo similar: sistemas multilaterales que existen formalmente pero carecen de autoridad efectiva para imponer costos a quienes violan normas internacionales.

Si la guerra se ha vuelto multidimensional, la paz también debe serlo. Esto implica no solo diálogos bilaterales entre potencias sino participación de sociedades civiles, verificación independiente de ataques contra infraestructura crítica, sanciones que efectivamente modifiquen conductas estatales, y recuperación de espacios multilaterales donde incluso enemigos pueden negociar sin perder legitimidad interna. Porque si la diplomacia continúa ausente, lo que viene no será victoria de ningún bando sino catástrofe compartida.


Por Iscander Santana
Zürich, Suiza

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