RESUMEN
“El ser humano se esclaviza por el lujo y las vanidades, persiguiendo riquezas como si en ellas encontrara la dicha. Mas no advierte que, cuanto más tiene, más teme perderlo, y en esa angustia se le escapa la verdadera felicidad.”
— Don Quijote de la Mancha
I. INTRODUCCIÓN
El 3 de enero de 2026 dejó de ser una fecha más en el calendario geopolítico. El bombardeo y secuestro del presidente Nicolás Maduro en Caracas, una operación militar unilateral sin mandato internacional, estableció un nuevo y peligroso manual de acción para la única hiperpotencia. No fue un incidente aislado; fue la proclamación de una doctrina.
Días después, cuando las capitales del mundo aún temblaban ante semejante demostración de fuerza, la misma voz desde Washington volvió a posar sus ojos sobre el norte gélido: Groenlandia, afirmó, debe ser parte de Estados Unidos, “por las buenas o por las malas”. Estos dos eventos, separados por miles de kilómetros, están unidos por el mismo hilo conductor: la resurrección del poder bruto como principio rector del orden mundial.
Groenlandia ya no es solo un objetivo estratégico; se ha convertido en el símbolo del último colonialismo posible, donde el deseo se disfraza de seguridad nacional y el derecho ajeno es la única barrera a derribar.
II. UNA AMBICIÓN DE SIGLO Y MEDIO (1860–2026)
La fijación estadounidense con Groenlandia es una constante histórica que desmiente cualquier acusación de capricho momentáneo. Se remonta al menos a 1860, cuando el secretario de Estado William H. Seward, el mismo arquitecto de la compra de Alaska, vislumbró su valor.
La oferta formal de 100 millones de dólares en oro en 1946 no fue una anécdota, sino una jugada seria en el tablero de la Guerra Fría naciente.
El “capricho” de Donald Trump en 2019 y su reafirmación en 2025 fueron solo escalones, tal como ya analizaba en mi artículo de enero de 2025 sobre los planes reactivados y la ambición ártica de Washington. La radicalización posterior al bombardeo al pueblo venezolano y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro, 3 de enero 2026, es la culminación lógica: la retórica de la compra ha mutado en la amenaza explícita de la anexión.
Esta persistencia de 160 años no es casualidad; es la prueba de que Groenlandia ocupa un lugar inmutable en el imaginario estratégico del imperio, un hueco en el mapa que, para cierta mentalidad expansionista, debe ser pintado de rojo, blanco y azul a cualquier costo.
Una historia de ofertas rechazadas y codicia
La historia de Groenlandia es un testimonio de cómo la codicia externa ha intentado repetidamente moldear su destino:
1946: EE. UU. ofrece 100 millones de dólares en oro a Dinamarca.
2019: La primera propuesta de compra de Trump genera un escándalo diplomático.
2025: La amenaza se reactiva en el segundo mandato.
2026: Tras los bombardeos a Venezuela, la amenaza se torna explícita y coercitiva.
III. LA ISLA-LLAVE: POR QUÉ VALE UNA GUERRA FRÍA
Entender por qué Groenlandia justifica tal obsesión requiere mirar más allá del hielo. Es una pieza maestra en el tablero tridimensional del poder del siglo XXI.
En lo militar, su valor es incalculable. La Base Aérea de Thule, el puesto militar estadounidense más al norte, ha dejado de ser un simple radar. Es el nodo central del sistema de alerta temprana contra misiles balísticos que apunta a Rusia y un centro de vigilancia espacial crítico. Controla el corredor GIUK (Groenlandia–Islandia–Reino Unido), el cuello de botella por donde cualquier submarino ruso debe pasar para acceder al Atlántico abierto. Quien controle Groenlandia controla la llave de la defensa naval de Europa Occidental.
En lo económico, el deshielo acelerado —con datos de 2025 que confirman pérdidas récord de masa glaciar— no es una tragedia para todos. Está revelando no solo ingentes depósitos de tierras raras, uranio, hierro y minerales críticos para la transición energética, sino también la ruta marítima transártica. Esta “Ruta del Norte”, viable durante más semanas cada verano, promete acortar drásticamente el trayecto entre Asia y Europa, desviando el comercio global de los canales tradicionales.
Groenlandia es el guardián de ese futuro canal.
En lo geopolítico, es el punto de apoyo para contener a dos rivales. Para Rusia, cuya militarización del Ártico es un hecho consumado —con decenas de nuevas bases, brigadas especializadas y una flota de rompehielos nucleares que eclipsa a toda la OTA—,Groenlandia es una lanza apuntando a su flanco más vulnerable.
Para China, cuya “Ruta de la Seda Polar” y sus intentos de invertir en puertos y minas groenlandesas han sido sistemáticamente bloqueados, la isla representa el cuello de botella que estrangula sus ambiciones de ser un “Estado casi ártico”.
Anexar Groenlandia no es ganar un territorio; es dar jaque mate a ambos contendientes en su propio juego.
IV. EL TABLERO GLOBAL: REACCIONES A UNA AMENAZA
La amenaza explícita de 2026 ha sacudido el sistema internacional, generando un coro de rechazos que dibuja un nuevo mapa de alianzas y tensiones.
Desde Copenhague, la respuesta danesa ha sido de una firmeza inusual, mezclada con incredulidad. La primera ministra ha calificado la idea de “absolutamente inaceptable y fuera de lugar en el mundo moderno”, recordando el derecho de autodeterminación. La Corona ha emitido un comunicado inédito subrayando los “lazos históricos e inquebrantables” con Groenlandia.
En Nuuk, la reacción ha sido de profunda indignación. El gobierno groenlandés ha convocado al enviado estadounidense y declarado que “nuestros recursos y nuestro futuro no están en venta. La soberanía no se negocia”. La sociedad groenlandesa percibe la amenaza como un atropello colonial que, paradójicamente, refuerza su deseo de una independencia plena de Dinamarca, pero en sus propios términos.
Moscú y Pekín han encontrado en esta crisis un argumento de oro. Rusia ha acusado a Estados Unidos de “aventurismo neoimperial” y ha anunciado nuevos ejercicios militares en el Ártico, fortaleciendo sus posiciones.
China, por su parte, ha emitido una declaración diplomática cargada de ironía, “deplorando las prácticas de poder y coerción”, y abogando por el “diálogo respetuoso” con Groenlandia, una velada invitación a que Nuuk busque otros socios.
La OTAN, en contraste, muestra una parálisis incómoda. Mientras Dinamarca, un aliado fundador, es directamente amenazada, la Alianza se limita a llamados genéricos a la “calma y el respeto al derecho internacional”, evidenciando la profunda fractura que la política de fuerza de Washington introduce en su propia coalición.
V. UNA HISTORIA, UN PUEBLO, UN TESORO: DATOS DE UN GIGANTE ÁRTICO
Antes de concluir, es necesario recordar la esencia de lo que está en juego: una tierra con una historia milenaria de supervivencia y un pueblo con derecho a su futuro.
Desde los primeros paleoesquimales hace 4 500 años hasta los vikingos de Erik el Rojo, Groenlandia ha sido testigo de migraciones continuas.
La colonización danesa moderna comenzó en 1721.
Su historia reciente está marcada por hitos clave:
1814: Noruega cede Groenlandia a Dinamarca (Tratado de Kiel).
1933: Victoria danesa en la disputa con Noruega.
1940–1945: Protectorado estadounidense de facto durante la Segunda Guerra Mundial.
1953: Transición a provincia danesa.
1979: Obtención de autonomía.
1985: Salida de la Comunidad Económica Europea.
Datos clave:
Superficie: 2 166 086 km² (la isla más grande del mundo).
Población: Aproximadamente 56 500 habitantes (una de las densidades más bajas del planeta).
Capital: Nuuk.
Estatus:
Territorio autónomo del Reino de Dinamarca.
Hielo:
Cubre el 80 % de su superficie; su deshielo contribuye directamente al aumento del nivel del mar global.
Estos no son solo datos; son la constatación de que una población minúscula y un ecosistema único son el botín por el que las grandes potencias están dispuestas a resucitar las prácticas del siglo XIX.
VI. CONCLUSIÓN: EL FARO DEL NORTE Y LA SOMBRA DEL IMPERIO
Groenlandia se erige hoy como el faro que ilumina la contradicción fundamental de nuestro tiempo. Por un lado, el orden basado en normas, la soberanía y el derecho de los pueblos a decidir su destino. Por el otro, la sombra alargada de un imperio que, creyéndose indispensable, revierte dos siglos de evolución del derecho internacional para resucitar la lógica de la conquista.
La lucha por esta inmensa isla de hielo y roca trasciende lo territorial. Lo que se decide en el Ártico no es solo quién controla una ruta comercial o un yacimiento de tierras raras; se define qué principio gobernará el siglo XXI: la fuerza como razón última o la convivencia bajo reglas comunes.
El pueblo groenlandés, en su frágil pero digna autonomía, se ha convertido en la primera línea de resistencia contra un modelo de dominación que ya mostró su rostro más crudo recientemente en Venezuela.
El mundo observa. Porque después de Groenlandia, la doctrina del poder bruto no tendrá dónde detenerse. El último botín colonial será, también, la prueba final para un mundo al borde de regresar a la ley de la jungla, un mundo donde, como advertía el Quijote, la angustia por tener más solo asegura perderlo todo, incluida la propia humanidad.
Por Valentín Ciriaco Vargas
