RESUMEN
El Medio Oriente constituye uno de los espacios geopolíticos más sensibles y determinantes del sistema internacional contemporáneo. Su ubicación estratégica, su papel como epicentro energético global y su profunda diversidad religiosa han convertido a la región en un escenario permanente de competencia entre potencias globales y actores regionales. Desde la desintegración del Imperio Otomano hasta los conflictos actuales, el Medio Oriente ha sido un laboratorio donde se entrecruzan intereses económicos, disputas territoriales, rivalidades religiosas y estrategias de seguridad.
El petróleo y el gas natural son elementos centrales para comprender la geopolítica regional. Desde mediados del siglo XX, Medio Oriente ha concentrado una porción decisiva de las reservas energéticas del planeta, lo que lo convierte en un espacio vital para la economía mundial. Países como Arabia Saudita, Irán, Irak, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos han construido su poder geopolítico sobre la base de la producción energética, lo cual atrae a potencias externas y genera tensiones internas y transfronterizas.
Los estrechos marítimos, o choke points, como Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez, definen rutas críticas para el comercio global. El control o la interrupción de estos corredores puede alterar los precios del petróleo, afectar mercados financieros y modificar la estabilidad internacional. Por esta razón, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otras potencias han mantenido presencia militar en la región, buscando garantizar el flujo energético y asegurar sus intereses estratégicos.
Las rivalidades religiosas también desempeñan un papel fundamental. La tensión histórica entre suníes y chiíes, personificada en la competencia entre Arabia Saudita e Irán, estructura buena parte de los conflictos contemporáneos. Esta fractura religiosa se proyecta geopolíticamente en Yemen, Siria, Irak, Líbano y otras áreas donde ambos actores respaldan a facciones rivales. La dimensión religiosa, sin embargo, no puede entenderse aislada de la política, la economía y la influencia externa.
Israel constituye otro eje central de la geopolítica de Medio Oriente. Su consolidación como potencia militar y tecnológica, su rivalidad histórica con actores árabes e islámicos y la persistencia del conflicto palestino han convertido al país en un actor de peso estratégico regional. Estados Unidos ha sido su principal aliado, mientras que otros actores —como Irán, Turquía y grupos armados no estatales— han buscado contrarrestar su influencia.
Las guerras civiles, los movimientos insurgentes y la presencia de organizaciones extremistas —como Al Qaeda y el Estado Islámico— han añadido una capa de complejidad al tablero regional. Estos actores no estatales aprovechan vacíos de poder, fronteras porosas y tensiones sectarias para expandir su influencia. Sus acciones han provocado intervenciones internacionales y han reconfigurado los cálculos estratégicos de potencias globales.
Turquía y Arabia Saudita buscan expandir su liderazgo regional mediante diplomacia, economía y proyección militar. Irán, por su parte, utiliza una red de milicias aliadas para extender su influencia desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. Rusia ha intervenido militarmente en Siria para asegurar sus intereses y evitar la expansión occidental, mientras que China avanza mediante inversiones estratégicas en energía e infraestructura. La competencia entre potencias externas y actores regionales hace del Medio Oriente un espacio geopolítico intrincado y volátil.
La transición energética global añade un nuevo elemento de tensión. A medida que el mundo avanza hacia energías renovables, los países petroleros enfrentan el reto de diversificar sus economías para evitar vulnerabilidades estructurales. Sin embargo, su influencia geopolítica sigue siendo decisiva, pues la transición no eliminará la dependencia del petróleo y el gas en el corto y mediano plazo.
Para República Dominicana, comprender la geopolítica del Medio Oriente no es un ejercicio distante. Los precios del petróleo, la estabilidad de las rutas energéticas y las tensiones regionales inciden directamente en la economía nacional. La volatilidad de los mercados energéticos afecta el costo de la electricidad, el transporte, la producción y el turismo. Por tanto, monitorear los equilibrios de poder en la región es esencial para anticipar riesgos y diseñar estrategias económicas y de seguridad más resilientes.
Por José Manuel Jerez
