RESUMEN
La Guerra Fría marcó uno de los períodos más determinantes en la historia del sistema internacional contemporáneo.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques antagónicos: el liderado por Estados Unidos, defensor del liberalismo político y económico, y el encabezado por la Unión Soviética, promotora del socialismo de planificación centralizada.
Esta confrontación, más ideológica que militar en términos directos, configuró un orden bipolar cuyas tensiones, alianzas y conflictos definieron las dinámicas globales durante casi medio siglo.
La doctrina de la contención, articulada inicialmente por George Kennan, se convirtió en la piedra angular de la política exterior estadounidense. Su objetivo consistía en impedir la expansión del comunismo, particularmente en Europa y Asia, mediante alianzas estratégicas, apoyo militar y económico, y la creación de instituciones internacionales afines al modelo liberal. Esta política dio origen a la conformación de la OTAN y a un sistema global de alianzas que permitió a Washington proyectar poder en diversos continentes.
Por su parte, la Unión Soviética consolidó su esfera de influencia a través del control político y militar de Europa del Este y la creación del Pacto de Varsovia. Su estrategia se basaba en preservar un “cordón de seguridad” alrededor de su territorio, asegurando la estabilidad ideológica y militar de los países bajo su influencia.
La división de Alemania y el establecimiento del Telón de Acero se convirtieron en símbolos de un mundo fracturado en dos visiones irreconciliables del orden político y social.
Las tensiones de la Guerra Fría se expresaron a través de un conjunto de conflictos indirectos —las llamadas guerras proxy— en Asia, África, Medio Oriente y América Latina. Corea, Vietnam, Angola, Afganistán y Nicaragua fueron escenarios donde ambos bloques midieron su fuerza mediante apoyo financiero, armamentístico y logístico a gobiernos o movimientos insurgentes afines.
Aunque evitaban un enfrentamiento militar directo, las superpotencias trasladaron sus disputas a países periféricos, generando profundas consecuencias sociales, políticas y económicas.
En este contexto emergió el movimiento de los Países No Alineados, impulsado por líderes como Nasser, Tito y Nehru. Este grupo buscó establecer una tercera vía frente a la bipolaridad dominante y defender la autonomía política de los Estados recientemente descolonizados. El llamado “Tercer Mundo” adquirió así un significado geopolítico: era el espacio donde se disputaba la influencia global y donde los procesos de descolonización transformaron radicalmente el mapa político internacional.
La dimensión nuclear de la Guerra Fría introdujo un elemento inédito: la destrucción mutua asegurada. La carrera armamentista llevó a ambas superpotencias a acumular arsenales capaces de destruir el planeta varias veces. Esta situación, paradójicamente, garantizó cierto equilibrio, pues cualquier confrontación directa podía desencadenar un conflicto nuclear devastador.
Crisis como la de los misiles en Cuba evidenciaron los riesgos extremos del período y la necesidad de mecanismos diplomáticos para evitar el colapso mundial.
En América Latina, la Guerra Fría dejó una huella profunda. Golpes de Estado, dictaduras militares, intervenciones externas y guerras civiles fueron frecuentemente legitimadas bajo el argumento de la lucha contra el comunismo o la defensa de la revolución.
La región se convirtió en un laboratorio donde se disputaron modelos de desarrollo, estrategias de seguridad y proyectos político-ideológicos en competencia.
República Dominicana no escapó a estas dinámicas. La intervención militar de Estados Unidos en 1965, justificada como una medida para evitar el avance del comunismo en el Caribe, representó uno de los episodios más significativos de la Guerra Fría en la región.
Este acontecimiento demostró cómo los intereses estratégicos de las grandes potencias podían determinar, directa o indirectamente, el destino político de países pequeños y vulnerables.
El análisis de la Guerra Fría permite comprender la estructura del poder global contemporáneo y las bases de muchas tensiones actuales. Aunque la bipolaridad formal terminó en 1991, varias de sus lógicas —esferas de influencia, rivalidades geopolíticas, disputas ideológicas y competencia tecnológica— siguen presentes.
Para países como República Dominicana, entender este legado es esencial para desarrollar estrategias de política exterior que garanticen estabilidad, autonomía y visión geoestratégica en el mundo multipolar del siglo XXI.
