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10 de febrero 2026
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OpiniónFélix CorreaFélix Correa

Gasta en lo que te protege, no en lo que te entretiene

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RESUMEN

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Vivimos en una sociedad donde el consumo muchas veces se guía más por la emoción que por la razón. No es raro ver a alguien hacer largas filas para comprar el último celular, invertir miles de pesos en ropa de marca o gastar en cenas lujosas que al día siguiente apenas se recuerdan. Sin embargo, cuando se les habla de un seguro de salud, de vida, de vehículos, de vivienda o de su propio negocio, muchos lo ven como un gasto innecesario.

La paradoja es clara: se gasta con facilidad en cosas que se deprecian al salir de la tienda, pero se duda en invertir en algo que puede salvar tu patrimonio, tu tranquilidad y hasta tu vida.

Un celular de última generación puede costar lo mismo que una póliza de salud anual para toda la familia. Una cartera de diseñador puede equivaler a la prima de un seguro de vivienda que protege contra incendios, robos o fenómenos naturales. Una cena elegante para cuatro personas puede superar lo que pagarías por un seguro de accidentes personales. La diferencia está en que lo material se agota, pero el seguro permanece como un respaldo silencioso, esperando el momento en que realmente lo necesites.

Porque los siniestros no se programan. Nadie dice: “mañana tendré un accidente” o “en tres meses un incendio afectará mi casa”. Llegan de repente, sin avisar, y en ese instante el valor de tener un seguro se multiplica. Lo que parecía un gasto se convierte en la mejor inversión: la que devuelve dinero, tranquilidad y seguridad.

El problema es que la mente humana, movida por la emoción inmediata, suele preferir la satisfacción instantánea de comprar un artículo visible, frente a la aparente invisibilidad de un seguro. Pero la realidad es que, mientras un objeto comprado hoy pierde su valor con el tiempo, un seguro aumenta su importancia con cada día que pasa sin que ocurra un imprevisto. Es como tener un guardián que nunca duerme, aunque no lo veas.

Ahorrar en pequeños lujos que no son esenciales y destinar esos recursos a un seguro puede marcar la diferencia entre enfrentar una crisis con dignidad o quedar a la deriva. Se trata de cambiar la mentalidad: dejar de ver el seguro como un gasto y reconocerlo como una inversión en futuro, en protección y en responsabilidad.

En lugar de preguntarte cuánto cuesta un seguro, pregúntate cuánto costaría no tenerlo cuando llegue el momento. Y créeme, siempre sale más caro no estar protegido.

 

Por Félix Correa 

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