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20 de diciembre 2025
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4 min de lectura Una mirada al pasado

Gaitán: la sangre de un líder y la tragedia de un pueblo

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La fecha, lejana aún, resuena por igual: 9 de abril de 1948. El escenario es un barril de pólvora: Colombia está a punto de estallar. La mecha está encendida y las chispas se convertirán en llamas crueles, que devorarán todo a su paso. El infierno abre su boca tenebrosa, presto ya a tragar muertos y heridos, mientras la sangre va corriendo anunciada por un cataclismo atroz. Todo proclama la maldad terrible: la gente, los políticos, la sociedad adulterada de Colombia.

El destino nacional está en manos terribles y el nubarrón dejará luto, sangre y dolor. Las madres perciben la tragedia colectiva, y abrazan a sus hijos aferradas a promesas del momento. Pero perdura la esperanza, renace la fe en la nación caribeña. La plaza pública es un teatro candente de arengas feroces, discursos inflamables y lenguas flamígeras. La paz volará por los aires, echa añicos por el llanto, la tristeza plena y el sufrimiento crudo.

La ocasión llegó, por fin, y encendió el barril. El cataclismo arrancó con una reunión promisoria: la Unión Panamericana prometía la unidad continental y una nueva era de armonía. El continente sería compacto y sólido. Así pues, la creación de una conciencia continental se aproximaba ya. La guerra quedaría sepultada en los musesos, con sus amargos recuerdos de destrucción y masacre. Las matanzas serían apenas un recuerdo vago de una nueva fraternidad viva. La suerte del continente estaba en manos de un encuentro luminoso.

Resumen diario de noticias

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Los invitados llegaron con la misma esperanza y con el mismo anhelo de paz. Representantes y líderes del continente arribaron a Colombia con una misión estupenda pero titánica: construir el gran sueño de Bolívar o, más exactamente, forjar la unidad plena y fraterna de toda América. América sería realmente para los americanos; James Monroe, una pieza museográfica de la Casa Blanca.

Pero el anhelo se estrelló en Bogotá y provocó un volcán popular. La razón fue un asesinato atroz, un democraticidio. En efecto, Jorge Eliécer Gaitán era un líder carismático, seductor de multitudes e imán de seguidores. En todas partes lo aclamaban: en calles, avenidas, barrios. La plaza pública era un escenario de empatía con él. Un cemento invisible pero poderoso lo enlazaba con las masas depauperadas de Colombia. Estaba ahí junto a su pueblo, para emprender una campaña de liberación nacional. Gaitán era el líder más estridente y fogoso del Partido Liberal.

El poder en Colombia alternaba sus fichas políticas. Liberales y conservadores se repartían el poder, por turno cada uno. El pueblo sufrido esperaba el cumplimiento de las promesas. Ese mismo pueblo eligió a Gaitán alcalde de Bogotá, el corazón de la desdichada nación. Su gestión municipal fue férrea e implacable: se caracterizó por su disciplina. Ejemplo máximo: el alcalde ordenó uniformar a todos los limpiabotas de la ciudad.

Ahora quería algo más alto y sublime: el Palacio de Nariño. Era candidato presidencial, en lucha sórdida contra tramposos y rufianes políticos. El gansterismo político no es fenómeno nuevo; Colombia ya lo vivió hace más de siete décadas. (Cuba también lo vivió y lo sufrió, en las atormentadas décadas de los cuarenta y cincuenta.)

Gaitán sabía que Colombia estaba herida con una espina clavada en sus entrañas: primero, la Gran Colombia despedazada por intereses espurios y caudillos de papel; después, la división nacional y el parto doloroso de Panamá. Este país gemelo fue alumbrado por la gran Colombia, como hechura de intereses poderosos y extranacionales. Las manos del imperio, esas que Bolívar había denunciado y condenado, estaban contaminando y trastocando la fraternidad americana. La paz era impuesta desde el Norte. Desde Uruguay, a inicios del XX, José Enrique Rodó había censurado y tronado contra el malvado Caliban, y había prohijado al pacífico Ariel. La tempestad de Shakespeare inspiró esos ideales rebeldes y terribles.

Alto, fiero y decidido, Gaitán arenga a las masas. El líder está frente a su pueblo, dispuesto a redimirlo para siempre. Sin embargo, la tragedia lo acecha para aniquilarlo y marchitar, así, el sol de una nueva vida. Un fanático -Roa Sierra- sale de ocultis y lo asesina en pleno Bogotá. Las masas, eufóricas y perplejas, no quieren más que vengar a su redentor. Claman justicia, frenéticas e inconformes. Se forma un torbellino popular y estalla el Bogotazo, que hundió a Colombia en las tinieblas de la guerra y de la violencia.

Con Gaitán murió la paz, el 9 de abril de 1948, hace exactamente 73 años. Pero, sobre las cenizas de la masacre, nació ese mismo año la Organización de Estados Americanos (OEA). Aún queremos paz, esa que murió con Gaitán.-