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9 de febrero 2026
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OpiniónJavier DotelJavier Dotel

Fe y resistencia: La Iglesia ante la crisis venezolana

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RESUMEN

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Hay pueblos que sangran en silencio. Venezuela, la tierra de los llanos, del petróleo y de la gente alegre, se ha convertido en un símbolo del sufrimiento contemporáneo. Millones han emigrado buscando pan, medicina y dignidad. Los templos se han vaciado, las familias se han dividido y la esperanza parece haberse marchitado como una flor sin agua. Sin embargo, en medio de esa noche, la fe cristiana se mantiene en pie, como una lámpara encendida en la oscuridad.

La crisis venezolana no es solo política ni económica; es, ante todo, espiritual. Es la manifestación de un corazón nacional que se ha visto tentado a confiar más en los hombres que en Dios. Jeremías 17:5 lo advierte: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.” Un pueblo que deposita su esperanza en ideologías humanas termina esclavo de sus propias decisiones. Pero Dios, en su infinita misericordia, usa incluso el quebrantamiento de una nación para conducirla de regreso a su presencia.

La iglesia venezolana ha aprendido a resistir. Entre la escasez y el temor, los creyentes han redescubierto el poder de la oración y la solidaridad. Muchos templos se han convertido en comedores, en hospitales improvisados, en refugios de consuelo para los que nada tienen. Es la iglesia primitiva reviviendo en pleno siglo XXI. Hechos 2:44-47 cobra vida cuando los creyentes comparten lo poco que poseen y adoran con lágrimas, sabiendo que Dios no se ha olvidado de ellos.

La fe en tiempos de crisis no es un lujo; es una necesidad. Cuando todo se derrumba, la única roca firme es Cristo. Por eso el apóstol Pablo escribió: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8-9). Así vive hoy el pueblo cristiano en Venezuela: derribado, pero no destruido. Golpeado, pero de pie. Porque la fe que resiste no depende de las circunstancias, sino de la convicción de que Dios sigue sentado en su trono.

El éxodo venezolano ha llevado la fe más allá de sus fronteras. Miles de creyentes han cruzado mares y selvas llevando su Biblia como único equipaje. Se han convertido, sin saberlo, en misioneros del dolor, predicadores del consuelo. En las plazas de Colombia, Perú o República Dominicana se escuchan himnos con acento venezolano que proclaman que Jesús sigue siendo el Señor. De esa diáspora ha surgido un movimiento espiritual que testifica que “todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios” (Romanos 8:28).

Pero el sufrimiento también exige una respuesta profética. La iglesia no puede ser cómplice del silencio cuando el pueblo clama por justicia. Los profetas de Israel se enfrentaron a reyes y sistemas corruptos, no por odio, sino por amor a la verdad. Hoy la voz de la iglesia venezolana debe seguir proclamando: “Cese la opresión, fluya la justicia como un río, y el derecho como un impetuoso arroyo” (Amós 5:24). La fe que calla ante el mal deja de ser luz. Pero la fe que denuncia el pecado con amor se convierte en antorcha que guía a los extraviados.

Venezuela no está sola. El Dios que acompañó a Israel en el desierto también camina con ella en su sequía moral. Las lágrimas del pueblo no son ignoradas por el cielo. Cada oración, cada clamor, cada ayuno son parte de una intercesión que atraviesa los cielos y mueve la mano del Todopoderoso. Dios tiene planes de restauración para esa nación, porque Él mismo ha dicho: “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

Hay una generación de jóvenes venezolanos que no conoció la bonanza de su país, pero que está conociendo el poder de Dios en la escasez. Son los nuevos Danieles que oran desde Babilonia y mantienen encendida la llama de la fe. Su esperanza no está en un cambio político, sino en un cambio espiritual. Y cuando un pueblo vuelve su rostro a Dios, las cadenas se rompen, los desiertos florecen y las lágrimas se convierten en río de avivamiento.

La fe y la resistencia se entrelazan como dos hilos en la historia venezolana. La primera da fuerza al corazón; la segunda sostiene los pies en el camino. En medio del hambre, el desamparo y la incertidumbre, la iglesia ha demostrado que el Evangelio no necesita prosperidad para florecer, sino fidelidad para permanecer. Venezuela volverá a cantar, y lo hará con un canto nuevo: el de los redimidos que entendieron que Dios nunca los abandonó.

Porque al final, no serán los dictadores ni las ideologías los que tengan la última palabra. Será Cristo, el León de la tribu de Judá, quien romperá los sellos del destino de las naciones. Y cuando eso ocurra, una voz resonará sobre los Andes y los llanos, diciendo: “Jehová reina; regocíjese la tierra” (Salmo 97:1). Los días de la tragedia venezolana están contados en el reloj profético.

El autor el doctor en Teología.


Por Javier Dotel

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