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9 de febrero 2026
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OpiniónJavier DotelJavier Dotel

Evolución, la gran farsa científica

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RESUMEN

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Desde los albores de la civilización, la pregunta esencial sobre el origen de todo lo que existe ha acompañado a la humanidad como una sombra fiel. ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Cuál es la causa última de la vida, la conciencia, el orden y la belleza que resplandecen en la creación? El universo, con sus leyes precisas y su armonía asombrosa, desafía toda explicación que pretenda reducirlo a mero azar. Sin embargo, en la era moderna, se ha levantado un relato alternativo, el evolucionismo materialista, que sostiene que la vida surgió espontáneamente, que el hombre no es más que el producto accidental de la naturaleza y que el sentido último de la existencia está ausente de toda realidad. Ante semejante cosmovisión, el cristiano se ve llamado a levantar la voz y proclamar, con humildad y firmeza, la verdad revelada por Dios en Su Palabra.

La Biblia es clara y contundente: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Desde la primera página de las Sagradas Escrituras, el fundamento de todo conocimiento, toda ciencia y toda filosofía es establecido sobre la soberanía del Creador. Nada de cuanto existe es fruto del azar, ni obra de fuerzas impersonales, sino la manifestación del amor y la sabiduría infinita de Dios. “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). El universo mismo testifica con elocuencia de su Autor: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1). Ignorar este testimonio equivale a cerrar los ojos ante la evidencia más clara y a dejarse arrastrar por la necedad de los que “profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:22).

El ajuste fino del universo, reconocido hoy por la cosmología contemporánea, evidencia que las constantes físicas y las condiciones iniciales del cosmos han sido calibradas con una precisión asombrosa para permitir la vida. Si la fuerza gravitacional, la carga del electrón o la velocidad de expansión del universo se alteraran siquiera mínimamente, la vida sería imposible. ¿Puede el azar explicar semejante precisión? El apóstol Pablo sostiene: “Lo invisible de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20). Así, la ciencia, cuando es honesta, se convierte en aliada de la fe y en instrumento de adoración.

Frente a la grandeza del cosmos, la teoría evolutiva se desmorona en sus propios fundamentos.

El materialismo pretende que la vida emergió de la materia inerte, que moléculas sin propósito se organizaron por accidente, que la información codificada en el ADN es fruto de mutaciones ciegas. Pero la realidad biológica, genética y matemática señala en dirección opuesta. El código genético, una secuencia de información precisa y compleja, no puede surgir por azar. Ningún proceso natural conocido genera mensajes informacionales sin una mente que los codifique. El profeta Isaías lo expresó hace siglos: “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra?” (Isaías 40:28). La existencia de la vida, la conciencia y la moralidad son señales inequívocas de un Creador personal y racional.

El relato bíblico establece límites claros en la variabilidad de las especies. “Y creó Dios… todo animal… según su especie; y todo lo que se arrastra… según su especie. Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1:25). La microevolución, es decir, los pequeños cambios adaptativos dentro de una especie, es real y observable; pero la macroevolución, la supuesta transformación de una especie en otra completamente distinta por acumulación de mutaciones, jamás ha sido demostrada. El registro fósil, lejos de mostrar una progresión continua de formas intermedias, revela la aparición súbita y la estabilidad de las especies, confirmando así lo declarado por la Escritura. El apóstol Pablo, refiriéndose al Creador, pregunta: “¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole?” (Isaías 40:13). Solo Dios es el origen y el límite de toda diversidad y belleza en la creación.

La genética moderna ha desenmascarado otra falacia del evolucionismo: la idea de que las mutaciones aleatorias pueden generar información nueva y útil. La realidad es que la inmensa mayoría de las mutaciones son neutras o perjudiciales; las supuestas “benéficas” suelen implicar pérdida de función y jamás la generación de órganos complejos o nuevos sistemas biológicos. “Con sabiduría afirmó Jehová la tierra; afirmó los cielos con inteligencia” (Proverbios 3:19). Los experimentos científicos más extensos, como los realizados por Richard Lenski con bacterias, han demostrado que, tras decenas de miles de generaciones, las adaptaciones observadas se mantienen dentro de los límites genéticos preexistentes. La Palabra lo resume así: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3).

La historia del evolucionismo está plagada de fraudes y errores. El caso de Piltdown Man, donde un cráneo humano fue combinado con la mandíbula de un orangután para simular un “eslabón perdido”, engañó a la comunidad científica durante más de cuarenta años. El “hombre de Nebraska”, reconstruido a partir de un solo diente que resultó pertenecer a un cerdo extinto, es otro ejemplo de la disposición a aceptar cualquier “prueba” que confirme la ideología evolutiva.

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado” (Gálatas 6:7). La verdad siempre termina saliendo a la luz, y cada nuevo descubrimiento revela la insuficiencia de los postulados materialistas.

Lejos de haber existido un conflicto histórico irreconciliable entre la fe y la ciencia, la realidad es que los grandes fundadores de la ciencia moderna fueron hombres de fe profunda, convencidos de que el universo era obra de un Dios racional y digno de estudio. Johannes Kepler afirmaba: “Pensar los pensamientos de Dios después de Él”. Isaac Newton, más dedicado al estudio de la Biblia que a las matemáticas, veía en el universo el reflejo perfecto de su Creador. “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito” (Salmo 147:5). La cosmovisión bíblica impulsó el surgimiento de la ciencia moderna, el método experimental y la búsqueda del conocimiento, pues presenta un mundo ordenado, inteligible y sujeto a leyes fijas establecidas por Dios.

El evolucionismo, en cambio, ha servido más como ideología que como ciencia. Ha sido instrumento para justificar el ateísmo, el relativismo moral y la negación de la dignidad humana. Si el hombre es solo un accidente biológico, sin propósito ni destino eterno, toda moralidad se convierte en convención pasajera y la esperanza desaparece. Pero la Palabra de Dios afirma: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra” (Salmo 8:5). El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, dotado de valor infinito y llamado a la eternidad.

La selección natural, presentada como la fuerza creadora detrás de la diversidad biológica, solo explica la supervivencia del más apto, pero jamás el origen del más apto. “Toda la creación de Dios es buena” (1 Timoteo 4:4). Los ejemplos clásicos, como la variación en los pinzones de Darwin o la resistencia bacteriana a los antibióticos, solo muestran adaptación dentro de los límites genéticos preexistentes. Ningún experimento, ni en laboratorio ni en la naturaleza, ha mostrado la aparición de nuevos órganos o especies a través de mutaciones y selección natural. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. De generación en generación es tu fidelidad; tú afirmaste la tierra, y subsiste. Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven” (Salmo 119:89-91).

El deterioro genético, la entropía y la prevalencia de enfermedades hereditarias confirman el testimonio bíblico sobre la corrupción de la creación a causa del pecado. “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22). Lejos de evolucionar hacia formas superiores, la vida en la tierra experimenta decadencia y necesita redención, un mensaje central del evangelio de Jesucristo.

Desde una perspectiva pastoral, la iglesia está llamada a preparar a sus miembros, especialmente a los jóvenes, para enfrentar los desafíos de una cultura secularizada y materialista. Debemos enseñar a discernir entre hechos comprobados y narrativas ideológicas, sosteniendo la fe en la revelación de Dios con razones sólidas y espíritu humilde. “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). La ciencia, lejos de amenazar la fe, puede ser instrumento para fortalecerla y glorificar al Creador.

La mayor evidencia de la existencia de Dios es el asombro que experimentamos ante la realidad, la belleza y el orden de la creación. La Biblia invita a la adoración y la gratitud: “Alabad a Jehová desde los cielos; alabadle en las alturas… Alaben el nombre de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra y cielos” (Salmo 148:1,13). El creyente ve en cada flor, cada estrella y cada ser viviente la huella del Dios que llama a los hombres a conocerle, amarle y adorarle.

La evolución es, en definitiva, la gran farsa científica de la modernidad. Su atractivo radica en el deseo de expulsar a Dios del universo, de vivir sin responsabilidad moral ni esperanza eterna. Pero la fe cristiana ofrece respuestas plenas y satisfactorias al misterio de la existencia, el origen, el sentido y el destino de la vida. Cristo es la revelación suprema de Dios, el autor y consumador de la fe, en quien hallamos la vida, la verdad y la esperanza. “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4). El universo, la vida y la conciencia no son productos del azar, sino el fruto sublime del amor de un Dios personal, eterno y redentor.

Al cerrar estas líneas, el lector es invitado a levantar su mirada, a contemplar la creación con ojos nuevos, a rechazar la mentira del materialismo y a abrazar la verdad eterna del evangelio. “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos” (Romanos 11:36). Ninguna ideología podrá jamás oscurecer la gloria del Dios vivo, cuya obra permanece firme por la eternidad. Que el asombro despierte en nosotros gratitud, y que la verdad de la Palabra transforme nuestra mente y corazón, para proclamar al mundo: “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito” (Salmo 147:5).

Por Javier Dotel
El autor es Doctor en Teología.

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