RESUMEN
Por Iscander Santana
Zürich, Suiza
Europa anda con la vista fija en el este, convencida de que, cuando termine la guerra en Ucrania, Rusia arrancará a caminar rumbo a Berlín, París o Lisboa como si fuera un paseo dominical. No importa que Moscú no haya dicho tal cosa. No importa que Putin haya repetido que no tiene intención de atacar a la Unión Europea. La narrativa está sembrada, rinde políticamente y, como todo buen cuento que asusta, no necesita pruebas.
Mientras tanto, cuando un líder occidental suelta que quizá habría que «quedarse con Groenlandia», territorio danés, la reacción europea es un bostezo diplomático. Un par de titulares, un par de risitas nerviosas, y seguimos. Nada de «amenaza existencial», nada de «Europa está en peligro». Doble rasero, mi hermano. Y del bueno.
El villano perfecto y el pana travieso
Rusia es el enemigo ideal para la política europea: grande, nuclear y, sobre todo, históricamente «el otro». Convertirla en amenaza permanente ayuda a mantener unida a una Unión Europea que, sin un susto externo, discute hasta por el tamaño de las aceitunas. Además, sirve para justificar más gasto militar y reforzar la dependencia estratégica de Estados Unidos.
En cambio, cuando un aliado occidental suelta una idea descabellada sobre Groenlandia, se interpreta como una ocurrencia, no como una señal de ambición geopolítica. La diferencia no está en los hechos, sino en la conveniencia. A los amigos se les perdona; a los otros se les teme.
El Ártico según Tim Marshall: el norte caliente
En Prisioneros de la geografía, Tim Marshall recuerda algo que Europa prefiere ignorar: el Ártico es el próximo gran escenario de competencia global. Y no por romanticismo polar, sino por tres razones claritas.
El deshielo abre nuevas rutas marítimas que reducen semanas de navegación entre Asia y Europa. Bajo el hielo hay recursos energéticos que valen oro, desde petróleo y gas hasta minerales críticos para tecnología verde. Quien controle el Ártico controla una posición militar privilegiada sobre el hemisferio norte.
Marshall no dice que habrá guerra mañana, pero sí que el norte es un polvorín silencioso donde Rusia, Estados Unidos, Canadá, Dinamarca y Noruega se vigilan como vecinos chismosos mientras el hielo se derrite. Y aquí viene la ironía: Europa teme una invasión rusa que nadie ha anunciado, pero no se inmuta ante la militarización real del Ártico, donde todos, incluyendo sus «amigos», están ampliando bases, flotas y radares.
Groenlandia: la empanada más grande del barrio
Groenlandia no es un pedazo de hielo simpático con osos polares. Es una joya estratégica. Tiene radar avanzado para vigilar misiles intercontinentales en la base de Thule. Ofrece acceso privilegiado a rutas polares emergentes. Contiene recursos minerales críticos para transición energética. Permite proyección militar directa hacia Eurasia.
No es casualidad que Estados Unidos tenga allí la base de Thule desde 1951. No es casualidad que China haya intentado invertir en infraestructuras groenlandesas. No es casualidad que Rusia observe cada movimiento. Pero cuando un líder occidental sugiere «comprarla», Europa no entra en pánico. No conviene. No encaja en la narrativa. No es útil políticamente.
Mientras Europa mira al este, un «amigo» le está comiendo las empanadas por el norte.
El hielo se derrite, pero los prejuicios no
Si Europa aplicara la misma lógica que usa con Rusia al resto de actores del Ártico, veríamos titulares como «Estados Unidos podría dominar el Ártico y cercar a Europa», «China busca un pie en Groenlandia para controlar rutas polares», o «Dinamarca militariza el norte para asegurar recursos estratégicos».
Pero no. Eso no cohesiona. Eso no vende. Eso no justifica presupuestos.
En cambio, la idea de que Rusia «va a por Europa», aunque Moscú no lo diga, es políticamente rentable. Y así, mientras Europa mira obsesivamente al este, el norte se derrite sin que nadie parezca darse cuenta de que allí se está jugando la partida que definirá el siglo XXI.
La dirección equivocada
Quizá el problema no es que Rusia vaya a invadir Europa. Quizá el problema es que Europa sigue mirando en la dirección equivocada mientras el «amigo» ya va por la tercera empanada.
