En el 187 aniversario de su natalicio: 1839-2026
Dos hechos concretos —separados por más de un siglo, pero unidos por una misma lógica de poder— me han motivado a escribir esta breve reflexión histórica. El primero es la reciente injerencia política del gobierno de los Estados Unidos en la hermana nación suramericana de Venezuela, una acción que ha llegado al extremo de secuestrar a su presidente, quebrantando principios elementales de soberanía y derecho internacional. El segundo es la cercana celebración del 187 aniversario del natalicio del prócer puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), figura cimera del pensamiento antillano y latinoamericano, cuya vida estuvo marcada por la defensa férrea de la dignidad de los pueblos.
No es una coincidencia menor que Hostos haya sido, a finales del siglo XIX, la personalidad política más lúcida y valiente de la más pequeña de las Antillas, precisamente cuando el naciente imperio estadounidense convirtió a Puerto Rico en colonia tras desplazar en julio de 1898 al imperio español, cuyo dominio se inició en 1493 con el explorador y conquistador español Juan Ponce de León. Frente a la ocupación militar norteamericana, Hostos no guardó silencio ni se refugió en la comodidad del intelectual distante: asumió la responsabilidad histórica de enfrentar, con la palabra y la razón, la imposición imperial. Había arribado a su Madre Isla bajo el fragor de la llamada Guerra Hispanoamericana que desde el mes de abril del citado año venían librando los Estados Unidos de América y España.

Recordar ahora ese episodio —en este momento crucial en el que la soberanía de los pueblos latinoamericanos está siendo amenazada por ese mismo imperio del norte— no es un ejercicio académico ni una evocación nostálgica, sino un acto de conciencia, porque las formas cambian, pero las lógicas de dominación persisten y la historia, cuando se la escucha con objetividad, nos permite entender las causas y motivaciones de los acontecimientos pasados; igualmente, los errores cometidos.
Durante los años de 1898 y 1899 Eugenio María de Hostos asumió uno de los roles más altos y menos recordados de su vida pública: el de defensor moral y político de la soberanía puertorriqueña frente a un nuevo imperio. No empuñó armas ni encabezó levantamientos, pero libró una batalla más difícil y más solitaria: la de la dignidad nacional en un escenario adverso, dominado por la fuerza y la imposición. Mientras muchos aceptaban el cambio de poder con resignación o con esperanza ingenua, Hostos comprendió de inmediato que la ocupación militar estadounidense no significaba liberación, sino la sustitución de una dominación colonial por otra.

Ante esa dramática realidad, Hostos crea el primer capítulo de la Liga de Patriotas, organización cívica concebida para defender los derechos políticos del pueblo puertorriqueño, y es designado miembro de la Comisión de Puerto Rico que viajará a Washington con el propósito de reclamar formalmente el derecho de la Isla a su soberanía, conculcada tras la aplastante victoria militar de los Estados Unidos frente a España. Integraban también dicha comisión el escritor Manuel Zeno Gandía y el médico Julio J. Henna, dos figuras destacadas de la intelectualidad puertorriqueña de la época.
Entre el 21 de diciembre de 1898 y el 21 de enero de 1899, Hostos se desplaza incansablemente entre Washington y Nueva York, participando activamente en las gestiones políticas y diplomáticas de la comisión. En ese contexto logra incluso entrevistarse con el presidente estadounidense William McKinley, depositando en ese encuentro la esperanza —quizás mínima, pero ética— de que los principios republicanos proclamados por los Estados Unidos no fueran negados al pueblo puertorriqueño. El resultado fue desalentador: ninguna promesa concreta, ninguna señal de respeto efectivo a la autodeterminación de la Isla. Aquella comisión no pedía privilegios ni concesiones: exigía coherencia entre los principios republicanos proclamados por Estados Unidos y su conducta en el Caribe.
Hostos apeló al derecho, a la ética y a la razón histórica. Denunció la contradicción de un país nacido de la independencia que negaba ese mismo derecho a otros pueblos. En un momento en que el lenguaje del imperialismo se disfrazaba de civilización y progreso, Hostos tuvo la lucidez de llamar a las cosas por su nombre. Sabía que la fuerza estaba del otro lado, pero también sabía que la razón moral es una forma de resistencia que no prescribe.
La derrota política fue inevitable. Puerto Rico fue convertido en territorio colonial y su soberanía quedó suspendida. Sin embargo, la acción de Hostos no fue estéril. Dejó sembrada una conciencia, una doctrina y un ejemplo. Demostró que el patriotismo no consiste solo en vencer, sino en no claudicar, en decir la verdad cuando callar resulta más cómodo, en defender la patria aun cuando el desenlace sea adverso.
Ese episodio bastaría para consagrar a Eugenio María de Hostos como un verdadero patriota: uno que eligió la honra antes que la conveniencia, y la dignidad de su pueblo antes que el aplauso de los poderosos. Definitivamente, el Gran Maestro es un auténtico símbolo de la dignidad antillana. Todavía más: de la dignidad de los pueblos latinoamericanos. Por es considerado el Ciudadano de América.
*Bibliógrafo, microhistoriador y literato. Presidente-fundador del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH) y del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL). Fue vicepresidente-fundador de la Liga Hostosiana-Capítulo Rep. Dom. y no solo fue director de la Cátedra «Eugenio María de Hostos» en la Universidad Interamericana (UNICA), sino también catedrático por veinte años en ese centro académico, destacándose por su profundo estudio y promoción del pensamiento hostosiano en la República Dominicana. Ha publicado los siguientes libros sobre el prócer puertorriqueño: Bibliohemerografía hostosiana de autores dominicanos, 1876-2003 (2003), Visión de Hostos sobre Duarte (2013, 2021, 2025) y Tributo a Hostos: textos en su memoria (2014, 2016). Es Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana y Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. En 1994 obtuvo el Premio Casa del Escritor Dominicano con su obra Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana (1993).
Por Miguel Collado*
