RESUMEN
Con ocasión de cumplirse el 187 aniversario
de su natalicio (11 de enero: 1839-2026).
PREÁMBULO
La pregunta surge casi invariablemente al final de cada conferencia dictada por mí sobre el pensador antillano Eugenio María de Hostos: «¿Por qué sus restos reposan en la República Dominicana y no en Puerto Rico, la patria que lo vio nacer?» Me ocurre cuando la disertación es en mi país y también cuando es en el extranjero. La interrogante, formulada con legítima curiosidad por cualquiera surgido del público, encierra una complejidad histórica y moral que trasciende el simple dato biográfico.
Mi respuesta inmediata suele apoyarse en una frase que ha atravesado los confines del tiempo, repetida con frecuencia, pero pocas veces examinada con el rigor que merece:
«Yo quisiera morir en mi isla querida; pero no tendré esa dicha si llega mi hora siendo ella esclava». Pero esta no es la frase completa pronunciada por el Ciudadano Eminente de América. Hurguemos en su origen.
ORIGEN DE LA FRASE
Durante años, esa declaración ha circulado despojada de su contexto, convertida casi en una sentencia póstuma, atribuida incluso —erróneamente— a los instantes finales del prócer. Sin embargo, una indagación cuidadosa revela que estamos ante algo distinto: no es una frase pronunciada en la dramática circunstancia en que tiene lugar su deceso, sino una proclamación pronunciada en vida, en plena lucha, dirigida a sus compañeros de causa.
La versión completa de la declaración, la que el tiempo y la repetición fragmentaria se encargaron de mutilar, es esta: «A trabajar, sin decaimiento de nuestra parte, que yo quiero morir en mi isla querida; pero no tendré esa dicha si llega mi hora siendo ella esclava».
Ese detalle no es accesorio: es trascendente. La frase nace en el ámbito de la acción política y moral, no en la intimidad del lecho de muerte. Hostos no se lamenta: exhorta. No se despide: convoca. No habla desde la resignación, sino desde el deber.
Durante mucho tiempo se ignoró cuándo y dónde Hostos pronunció estas palabras. Nadie parecía saber si las había dejado por escrito. Sin embargo, la historia —paciente y silenciosa— conservó un testimonio de extraordinario valor, poco difundido, pero decisivo: el recogido por Camila Henríquez Ureña (1894-1973) en su tesis doctoral Las ideas pedagógicas de Hostos, presentada en la Universidad de La Habana en 1927 y publicada en volumen en 1932 en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

Camila escribe, con sobriedad y hondura, esto: «En el seno de la tierra dominicana descansa, lejos del suelo natal, el que vivió soñando con la patria, laborando por ella; el que un día dijo a sus compañeros: A trabajar, sin decaimiento de nuestra parte, que yo quiero morir en mi isla querida; pero no tendré esa dicha si llega mi hora siendo ella esclava.»
Ese pasaje tiene un valor histórico excepcional: es la primera vez que aparece fijada por escrito la confesión histórica del Gran Maestro. Y no puede pasar inadvertido que la edición de esta obra fue autorizada por Pedro Henríquez Ureña, hermano de Camila y una de las conciencias intelectuales más lúcidas de la América hispánica, quien para entonces ejercía como Superintendente General de Enseñanza de su país. Tal autorización constituye, en sí misma, un aval ético e intelectual incuestionable.
HOSTOS NO PRONUNCIÓ LA FRASE AL MORIR
Conviene ahora situar el final de la vida de Hostos en su circunstancia histórica concreta. Su hijo, Adolfo José de Hostos Ayala, cuarto de sus siete descendientes, dejó constancia precisa del momento del deceso: el 11 de agosto de 1903, a las 11¼ de la noche, en la ciudad de Santo Domingo, «durante una perturbación atmosférica». La naturaleza, como si fuera un personaje de ese drama, rugía con truenos y relámpagos en la Ciudad Primada de América, esa ciudad que acogió a Hostos como a un hijo propio.
El testimonio de Adolfo (1) es de una intensidad conmovedora. Describe los últimos instantes del Maestro no como tribuna política, sino como escena íntima y humana: el padre enfermo, el hijo velando en soledad, el último beso, las palabras finales —«¡Mi mujer, mis hijos!»—, (2) y luego el silencio definitivo. No hay en ese relato la menor alusión a la famosa frase sobre morir en la isla querida. Y no podía haberla.
Por eso debe descartarse, con rigor y respeto, la idea de que Hostos pronunciara aquella declaración en el momento de su muerte. No solo no hay testimonio alguno que lo confirme, sino que el propio contenido de la frase demuestra lo contrario: fue dicha cuando aún luchaba, cuando llamaba a la perseverancia, cuando la independencia de Puerto Rico seguía siendo una tarea pendiente.

Hostos murió en la República Dominicana no por azar, ni por comodidad, ni por desarraigo. Murió allí porque allí lo sorprendió la vida combatiendo; y allí reposan sus restos porque él mismo condicionó su regreso póstumo a la libertad de su patria. Mientras Puerto Rico continuara sometido, Hostos no quería volver, ni siquiera en forma de ceniza venerada.
He aquí la dimensión más honda de su decisión: no permitir que su cadáver fuera utilizado como símbolo vacío, como trofeo reconciliador, como coartada colonial. Su cuerpo, como su pensamiento, debía permanecer en tierra libre —o, al menos, en tierra solidaria con el ideal de libertad— hasta que Puerto Rico dejara de ser colonia. Así se comprende plenamente el sentido de su sepultura dominicana. No es un destierro impuesto: es una elección moral. No es abandono de la patria: es fidelidad radical a ella.
CONCLUSIÓN: LA DIMENSIÓN ÉTICO-PATRIÓTICA DE UN MAESTRO
Los restos de Eugenio María de Hostos descansan en tierra dominicana no por azar, ni por imposición externa, ni por desarraigo voluntario, sino como consecuencia lógica de una coherencia vital llevada hasta sus últimas consecuencias. Hostos vivió en exilio porque se negó a aceptar la esclavitud de su patria; murió en exilio porque esa esclavitud persistía; y permanece en exilio incluso después de muerto porque su voluntad fue respetada
La República Dominicana no fue para Hostos un simple refugio circunstancial. Fue un espacio de acción, de enseñanza, de siembra intelectual y moral. Aquí contribuyó decisivamente a la reforma educativa, aquí formó generaciones, aquí encontró una patria ética cuando la patria natal le era negada políticamente. Que sus restos reposen en suelo dominicano es, en ese sentido, una consecuencia histórica y simbólica, no una anomalía.
Hostos pertenece a Puerto Rico por origen, a las Antillas por vocación y a la humanidad por pensamiento. Pero su exilio —en vida y en muerte— es también una acusación silenciosa contra el colonialismo que le impidió regresar. No es la República Dominicana la que le arrebató sus restos a Puerto Rico; fue la condición colonial de la isla la que le cerró el camino del retorno.
Por eso, afirmar que Eugenio María de Hostos está exiliado en la muerte no implica olvido ni desarraigo. Implica, más bien, fidelidad extrema a una idea de patria libre, llevada hasta el último límite. Su tumba fuera de Puerto Rico no es una negación de su puertorriqueñidad, sino la prueba más contundente de ella.
Así, cada vez que alguien formula la pregunta al final de una conferencia, la respuesta no debe limitarse a un dato biográfico, sino abrirse a esta reflexión mayor: Hostos no quiso morir —ni descansar— en una patria encadenada. Y mientras esa cadena no se rompa definitivamente, su exilio seguirá siendo, más que una ausencia, un llamado moral pendiente.
Concluyo del siguiente modo esta reflexión en torno al origen de una frase que ha trascendido el tiempo y el espacio: si el imperio español fue el causante del exilio en vida del Peregrino del Ideal, el imperio estadounidense ha sido el causante de su exilio en la muerte.
Y en esa doble condición —exiliado en la vida y exiliado en la muerte— se cifra, trágica y luminosa a la vez, la grandeza de Eugenio María de Hostos. Su tumba, lejos de Puerto Rico, no es ausencia: es denuncia. No es olvido: es memoria activa. No es silencio: es una pregunta abierta que la historia aún no ha respondido.
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(1) Adolfo de Hostos. «Muerte de Eugenio María de Hostos», en su: Tras las huellas de Hostos. Río Piedras, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1966.
(2) Ibidem.
Por Miguel Collado
