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5 de abril 2026
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OpiniónRafael Emilio Bello DiazRafael Emilio Bello Diaz

Esquizofrenia y síndromes psicóticos 

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RESUMEN

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La esquizofrenia es un diagnóstico clínico basado en la combinación de síntomas característicos de la gravedad necesaria (en ausencia de otros factores que puedan explicarlos) que comienza típicamente en la adolescencia o inicio de la etapa adulta. Aunque se trate eficazmente, el funcionamiento suele mantenerse alterado; además, existe un riesgo elevado de recidiva de los síntomas psicóticos. Además de la psicosis, los pacientes con esquizofrenia sufren síntomas cognitivos y negativos: ambos son elementos principales del mal funcionamiento psicosocial.

La esquizofrenia es una enfermedad genética compleja; su expresión depende de múltiples genes de susceptibilidad frecuentes con efectos pequeños, o genes infrecuentes con efectos grandes, que interaccionan con agresiones ambientales. Es posible que algunas de esas agresiones tengan lugar durante el desarrollo encefálico intrauterino. El volumen de los tejidos encefálicos es de media menor en personas con esquizofrenia que en individuos sanos de una edad similar. Los estudios de anatomía patológica han encontrado anomalías sutiles en las interneuronas y células piramidales de regiones corticales, con pérdida de neurópilos (es decir, atrofia), sin pérdida de células.

La esquizofrenia puede considerarse un trastorno de la conectividad encefálica en el que parece estar alterado el acoplamiento coordinado de la actividad del encéfalo entre regiones dentro de redes encefálicas a gran escala. Los antipsicóticos son el tratamiento fundamental de la esquizofrenia; resultan eficaces, sobre todo, en el tratamiento de la psicosis aguda y la prevención de recaídas. Como la esquizofrenia es una enfermedad crónica, la rehabilitación centrada en optimizar la función laboral y social es tan importante como el control de los síntomas. El pronóstico de la esquizofrenia oscila desde la recuperación completa (tras un período de enfermedad aguda) hasta síntomas graves mantenidos que requieren institucionalización. Para la mayoría de los pacientes, tener esquizofrenia significa vivir en la comunidad (y no en un hospital psiquiátrico) con cierto grado de síntomas residuales. La prevención del suicidio y de la morbimortalidad asociada con los antipsicóticos, las enfermedades cardiovasculares especialmente, son objetivos importantes del tratamiento.

La psicosis, a grandes rasgos, significa conciencia de realidad alterada. Los síntomas más importantes de la psicosis son delirios y alucinaciones, aunque otros signos y síntomas (como lenguaje o comportamiento desorganizados y catatonía) también se consideran fenómenos psicóticos. Psicosis no es un diagnóstico específico porque puede aparecer en una amplia gama de contextos clínicos. El prototipo de los trastornos psicóticos es la esquizofrenia. En la esquizofrenia los síntomas psicóticos son crónicos, sin anomalías orgánicas macroscópicas del encéfalo (psicosis funcional) ni una alteración médica grave (síndrome confusional). Además, puede aparecer psicosis con un estado de ánimo normal, lo que la diferencia del trastorno bipolar o la depresión psicótica. Aunque la psicosis es una característica clínica definitoria de la esquizofrenia, otros grupos de síntomas (síntomas negativos y cognitivos) son los responsables principales de la discapacidad psicosocial que suele acompañar a este trastorno.

La esquizofrenia fue descrita por primera vez a finales del siglo XIX por Emil Kraepelin (quien dividió la locura en trastornos afectivos episódicos y enfermedades psicóticas crónicas; denominó a estas últimas demencias precoz, que después Eugen Bleuler pasó a llamar esquizofrenia). En los más de 100 años transcurridos desde la identificación de la enfermedad se han hecho progresos (gracias al descubrimiento del primer antipsicótico, clorpromacina), de tal forma que la esquizofrenia ha pasado de ser una enfermedad tratada en manicomios (hospitales psiquiátricos) a un trastorno tratado en entornos comunitarios.

Epidemiología y factores de riesgo: La esquizofrenia es un síndrome que aparece en todas las culturas y zonas del mundo. Los estudios epidemiológicos han encontrado tasas de incidencia de entre 7,7 y 43 casos nuevos por cada 100.000 habitantes. La prevalencia puntual es aproximadamente 5 por 1.000 y el riesgo de morbilidad a lo largo de la vida está en torno al 1%. La tasa de mortalidad es 2,5 veces mayor que la correspondiente a la población general, y esta brecha en la mortalidad sigue aumentando. También hay diferencias de sexo; los hombres tienen un riesgo vital un 30-40% mayor que las mujeres, y la edad de inicio es unos 3-4 años antes en los hombres.

Los indicios procedentes de la neuroquímica, la neuropatología celular y los estudios de neuroimagen respaldan la idea de que la esquizofrenia es una enfermedad del encéfalo: es decir, una enfermedad manifestada por anomalías en la estructura del encéfalo, su función o ambas. Las anomalías observadas son hasta ahora de una especificidad y sensibilidad limitadas, y aún no han alcanzado relevancia clínica para el diagnóstico y tratamiento, y solo tienen un valor limitado en el pronóstico. Además, no hay ninguna teoría universalmente aceptada sobre la disfunción encefálica observada en la esquizofrenia, sino que existen multitud de modelos antagónicos y superpuestos.

Alteraciones neuroquímicas: La idea de que un desequilibrio en la química interna podría resultar en locura encontró su expresión moderna en la «hipótesis dopaminérgica» de la esquizofrenia. La hipótesis dopaminérgica se construyó sobre dos pilares de indicios científicos:

1) las anfetaminas, agonistas conocidos del receptor dopaminérgico, pueden producir un estado similar a la esquizofrenia en adultos sanos, y 2) el descubrimiento de que el efecto antipsicótico de las fenotiacinas estaba asociado con su capacidad de bloquear el receptor D2 de la dopamina. Los trabajos siguientes establecieron la íntima relación entre la potencia clínica de los fármacos antipsicóticos y su afinidad por los receptores D2. Por una Ley de Salud Mental.

El autor es docente de neurociencias. Miembro de la carrera de investigador del Mescyt.

Por Rafael Emilio Bello Diaz

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