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1 de enero 2026
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OpiniónJosé Gregorio CabreraJosé Gregorio Cabrera

Es la economía, Presidente

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Durante la campaña Presidencial de 1992 en los Estados Unidos, hubo una frase que se hizo muy famosa: “It’s the economy, stupid”, o bien, “es la economía, estúpido”.

Esta frase fue acuñada por el consultor político y estratega James Carville, quien, buscando mantener la disciplina de mensaje de Bill Clinton y de su equipo, les hizo repetir dicha frase hasta que en Estados Unidos no se habló de otra cosa que no fuera de la situación económica.

De más está decir el resultado de dicha estrategia, pues es sabido que Clinton no sólo ganó esas elecciones, sino que además aseguró su reelección.

Ante la situación económica que enfrenta nuestro país, el Presidente Abinader parecería necesitar una versión criolla de Carville, es decir, alguien que le ayude a recordar que cuando la situación de la economía no va bien, a la gente no le interesa escuchar sobre ningún otro tema.

Sin embargo, durante su alocución del pasado 16 de agosto, en momentos donde la economía dominicana está en estanflación, el Presidente Abinader, lejos de hablarle al país de su plan para enfrentar la inevitable crisis de precios que se nos avecina, anunció que pretende enrumbarnos por el camino de 13 reformas estructurales simultáneas, incluyendo una reforma fiscal y una reforma constitucional.

Si bien muchas de las reformas planteadas por el Presidente puede que sean necesarias, la pregunta obligada es si es prudente impulsarlas en momentos como los que vive la República Dominicana y el resto del mundo.

Parece más que evidente que resultaría contraproducente obligar a los sectores productivos a centrar su atención en conducir una serie de debates y reformas, cuando deberían estar enfocados en generar la recuperación económica del país.

Si a esto le sumamos el interés, bienintencionado por demás, del Presidente de reformar la constitución con el fin de “sellar” la independencia del ministerio público, podría uno entender que es cierto aquello de que “de buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno”.

Lanzarse a la aventura de una reforma constitucional, en este momento, representa un nudo gordiano para el Presidente Abinader y para la sociedad dominicana, ya que en todos los escenarios posibles esta arriesgada empresa augura un fracaso político.

En un primer escenario, al someter la reforma, el Presidente Abinader abrirá los siete sellos del infierno de Dante, liberando temas tan diversos y altisonantes como la redefinición de la protección de la vida, la redefinición del matrimonio, entre otros que prometen meter al debate nacional en un atolladero que no le permitirá gobernar tranquilo.

En un segundo escenario, para poder aprobar la reforma, el Presidente necesitará de los votos de uno u otro lado de la oposición política.

Si pacta con el PLD, el “bargain chip” será la rehabilitación de Danilo Medina. Esto podría ayudar a Abinader a dividir la oposición, sin embargo, le llenaría los zapatos de la sangre de la resurrección de un tiburón podrido, situación de la cual le resultaría difícil, por no decir imposible, salir políticamente ileso; sobre todo cuando el apresamiento de las rémoras de dicho tiburón es uno de los grandes logros indirectos de su gobierno.

Si intenta pactar con la FP, es improbable que dicho partido acepte abrir un proceso de reforma, lo cual le trancaría el juego y le hará perder un tiempo precioso para poder gobernar.

En un tercer escenario, si la somete y no negocia con ninguna de las fuerzas de oposición, la reforma no será aprobada y representará un indiscutible fracaso.

El Presidente debería prestarle sus oídos a alguien que lo ayude a mantener sus ojos sobre lo verdaderamente importante, quizás así recuerde que una buena parte de los votos que lo llevaron al solio presidencial no fueron a favor de él y del PRM, sino en contra de Danilo Medina y el PLD.

¡Es la economía, Presidente!

 

Por José Gregorio Cabrera

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