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2 de marzo 2026
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OpiniónVALENTIN CIRIACO VARGASVALENTIN CIRIACO VARGAS

Epístola de un hijo que no se rinde

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RESUMEN

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27 de febrero de 2026

Querida Independencia:

Quise escribirte una carta de flores y de gloria. Quise llenarte de victorias, de patria cumplida, de pueblo redimido. Quise, como cada 27 de febrero, pintarte de azul y rojo el poema que mereces.

Pero no pude.

Busqué entre los pliegues del tiempo algún motivo para hablarte de soberanía absoluta, de dignidad intacta, de promesas cumplidas. Y los encontré a medias, incompletos, heridos. Entonces pensé: ¿cómo felicitarte sin antes confesarte nuestras heridas? ¿Cómo celebrar tu nacimiento sin nombrar también a quienes han intentado enterrarte en vida?

Tú naciste la noche gloriosa del 27 de febrero de 1844, cuando el trabucazo en la Puerta del Conde desgarró el silencio colonial y anunció al mundo que esta tierra quería ser libre. Naciste en el sueño de Juan Pablo Duarte —ese joven visionario que te concibió no como un grito de guerra, sino como un juramento moral—, y en el coraje de Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, que se atrevieron a encender la mecha cuando otros temblaban.

Esa noche, este pedazo de isla caribeña decidió parirse a sí misma. Y fue hermoso. Y fue sagrado.

Pero desde entonces, querida Independencia, tus hijos no siempre te han amado como mereces.

La primera gran traición vino de adentro. Pedro Santana (machetero, gran analfabeto funcional), ese caudillo de piel dominicana y alma colonial, no tardó en demostrar que hay quienes nacen en una tierra libre y nunca aprenden a respirar sin cadenas. En 1861, con la misma mano que juraba defenderte, firmó tu Anexión a España. Antes había pedido, de rodillas, el protectorado francés. Devolvió esta tierra al trono que tus padres habían rechazado. Llamó a los mismos amos de ayer y les abrió las puertas de par en par, como si el trabucazo de la Puerta del Conde hubiera sido solo un sueño inconveniente. A ese traidor hay que echarlo para siempre del Panteón Nacional.

Santana no te mató. Pero te subastó. Y ese es, quizás, un crimen peor.

Pero esta tierra parió su respuesta. El general Gregorio Luperón —ese hijo del pueblo, mulato y orgulloso, nacido sin privilegios pero con patria entera en el pecho— tomó las armas y encendió la Guerra Restauradora. Porque cada vez que un traidor vende esta tierra, aparece un héroe dispuesto a comprarla de vuelta con su sangre. En 1865, tú volviste a ser nuestra.

Y no fue la última vez.

Te hipotecaron los desvaríos de Ulises Heureaux (Lilí), que empeñó tu frágil soberanía para pagar las deudas de su ambición y dejó esta tierra atada a acreedores extranjeros como si fuera un objeto y no una patria.

Te hirió la ocupación norteamericana de 1916 a 1924, cuando botas imperialistas pisaron tu suelo y administraron tu destino como si fueras una hacienda sin dueño. Pero frente a ellas se alzó Gregorio Urbano Guilbert, guerrillero de los montes de la Patria, que prefirió morir combatiendo a vivir de rodillas. Hubo dominicanos y dominicanas que dijeron NO al imperio, cuando decir NO costaba la vida.

Te encadenó la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo —larga noche de treinta años, de miedo sembrado y silencio obligatorio—, en la que tu nombre se pronunciaba solo en los discursos del tirano que te aplastaba. Pero en las sombras vivía La Raza Inmortal: mujeres y hombres que conspiraban, que resistían, que pagaban con cárcel y con muerte el precio de no doblegarse. Ellos también eran tú.

Te volvió a estremecer la intervención del imperio de 1965, cuando sus marines desembarcaron en tus costas para ahogar en sangre la esperanza constitucionalista. Pero el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deño plantó su cuerpo y su honor frente al invasor y demostró que en esta isla siempre habrá alguien dispuesto a decirle al imperio: hasta aquí.

Y te agotaron los largos años de Joaquín Balaguer —entre sombras y sangre, entre elecciones fraudulentas y silencios cómplices—, mientras el mundo miraba hacia otro lado.

Y hoy, Madre Independencia, una nueva herida se abre.

En 2025, el gobierno de esta república —tu república— entregó a las fuerzas militares-invasoras de los Estados Unidos el acceso a la Base Aérea de San Isidro y al Aeropuerto Internacional de Las Américas. Entregó, también, nuestros cielos y nuestros mares —ese Caribe que bañó el sueño de Duarte— para que sirvan de plataforma a operaciones militares contra pueblos hermanos de esta misma América.

No lo llaman invasión. Lo llaman cooperación. Pero cuando una potencia extranjera opera desde tu suelo, apunta desde tus cielos y navega desde tus mares, la semántica cambia muy poco la realidad. El águila no pide permiso para cazar. Solo necesita que le abran la jaula.

Nuestra propia Constitución, en su Artículo 80, lo prohíbe sin ambigüedad: esta república no puede ser parte, directa ni indirectamente, de operaciones militares contra otro Estado soberano. Pero las constituciones, ya se sabe, son papel cuando quienes las juran no tienen columna.

Hoy hay quienes te celebran con banderas en las solapas y firman acuerdos de entrega con la misma mano con que saludan. Pronuncian tu nombre en los discursos y luego te alquilan al mejor postor. El fantasma de Santana sonríe desde el fondo de la historia.

¿Cómo no sentir que esa decisión es una nueva estocada en tu vientre?

¿Cómo no recordar que América es una sola, que somos hijos de la misma tierra rota y la misma esperanza, y que traicionar la soberanía de un pueblo hermano es debilitar la propia?

Pero escúchame bien, querida Independencia:

Siempre ha habido Santanas. Siempre ha habido quienes prefieren la comodidad de la traición al peso de la dignidad. Siempre ha habido manos dominicanas capaces de firmar la venta de lo que no les pertenece.

Y siempre, también, ha habido Duartes.

Siempre ha habido jóvenes que se niegan a vender su conciencia. Madres que enseñan a sus hijos que esta tierra vale más que cualquier acuerdo firmado de rodillas. Maestros que guardan tu memoria como se guarda una llama en medio del viento. Poetas que te nombran cuando nombrarte es peligroso. Pueblo que vota, que marcha, que sueña, que resiste.

Sigues viva en la bandera que cruza el cielo azul y rojo. Sigues en el eco del Himno que proclama que «ningún pueblo ser libre merece si es esclavo, indolente y servil». Sigues en el verde de esta isla, en el rumor del mar que nos rodea, en la voz de cada dominicano que se niega a agachar la cabeza.

Querida Independencia:

No estás bien.

Pero tampoco estás muerta.

Has sido golpeada, herida, manipulada, subastada y traicionada. Pero aún respiras en la memoria de tus fundadores y en la dignidad silenciosa de tu pueblo.

Tal vez hoy no podamos ofrecerte la patria perfecta que soñaron los Padres de la Patria. Tal vez todavía debamos aprender, de una vez y para siempre, que la soberanía no se declama: se ejerce. Que la independencia no es una fecha en el calendario: es una decisión que se renueva cada día, en cada acto, en cada firma, en cada silencio que se niega a ser cómplice.

Pero quiero decirte algo, en voz baja y firme, mientras este nuevo aniversario tuyo amanece sobre la isla:

Mientras exista un dominicano dispuesto a recordarte, a defenderte y a soñarte completa, tú no desaparecerás.

Porque más fuerte que las estocadas ha sido tu resistencia.

Y más larga que las dictaduras ha sido tu esperanza.

Con respeto, con denuncia y con amor indoblegable,
te abrazo en este nuevo aniversario.

Tu hijo,

dominicano para siempre.

Valentín Ciriaco Vargas


Por Valentín Ciriaco Vargas

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