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25 de marzo 2026
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OpiniónSuleica MartínezSuleica Martínez

Entre la toga y el poder: el CNM ante el espejo de Maquiavelo

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RESUMEN

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Lo ocurrido el viernes en el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) no fue un trámite técnico ni una simple sustitución judicial: fue un mensaje político cuidadosamente envuelto en formalidad institucional.

El país escuchó “evaluación”, pero entendió “relevo”. Oyó “mérito”, pero percibió “movimiento estratégico”. Y volvió a sentir esa vieja sensación de que, en la República Dominicana, la justicia siempre termina sentándose demasiado cerca del poder.

El CNM decidió no ratificar a tres jueces de la Suprema Corte de Justicia: Pilar Jiménez Ortiz, Manuel Alexis Read Ortiz y Moisés Ferrer Landrón.

Una decisión que no solo altera la composición de la Corte, sino que reabre el debate sobre la coherencia política de un gobierno que alguna vez prometió independencia judicial y hoy repite los mismos patrones que criticó.

El proceso tiene una estructura que pocos explican, pero que dice mucho:

En esta ocasión, se eligen cinco posiciones en total dentro de la Suprema Corte de Justicia. El CNM está integrado por ocho miembros, aunque uno de ellos, el presidente de la República, tiene voto doble, lo que significa que, en caso de empate, su decisión prevalece. Es decir, el equilibrio institucional termina dependiendo, otra vez, del criterio político del poder ejecutivo.

Y eso es exactamente lo que preocupa.

Porque si la evaluación fue técnica, el resultado fue político. Y si el discurso fue de independencia, la ejecución fue de control.

Coincido con quienes han advertido que el poder, cuando se prolonga, desarrolla una memoria selectiva.

Hace apenas unos años, el hoy presidente denunciaba con fervor el uso político del CNM, la manipulación en la elección de jueces y el desequilibrio de fuerzas entre el Ejecutivo y el sistema judicial. Prometió que su gestión sería la excepción.

Pero el viernes demostró que el ciclo no se rompió: solo cambió de protagonistas.

Entonces surgen las preguntas inevitables:

¿Antes estaba bien y se criticaba por costumbre, o ahora está mal y se repite por conveniencia?
¿O será que se está preparando el terreno para el día en que ya no esté en el poder, cuando la justicia, esa que hoy acomoda, pueda volverse en su contra?

Porque quien da golpes al sistema sabe que, tarde o temprano, el sistema devuelve el golpe.
Y en política, como en la vida, el que da fuete no debería olvidar que también tiene espalda.

La decisión del CNM no solo afecta a tres magistrados. Afecta la credibilidad de un discurso de cambio que se sostuvo sobre la promesa de romper con la vieja costumbre de usar la justicia como bastón del poder.

Y lo irónico es que este gobierno conoció en carne propia lo que significa ser víctima de un sistema judicial politizado.

Hoy parece repetir el libreto que alguna vez condenó, con la misma serenidad de quien cambia de guion, no de principios.

Las voces más lúcidas del análisis nacional, con las que coincido plenamente, han apuntado hacia una misma conclusión: el PRM está repitiendo lo que tanto criticó.

Los jueces, dicen, “ya estaban elegidos antes de la evaluación.”

Y no se equivocan. Porque, a juzgar por los movimientos previos y los acuerdos soterrados, el proceso, más que transparente, parece haber sido coreografiado.

En ese sentido, el CNM corre el riesgo de convertirse en un espejo donde cada gobierno se contempla y se repite, en lugar de un escenario donde la justicia pueda emanciparse del poder.

Y en ese reflejo, lo que se quiebra no es solo la confianza ciudadana, sino la idea misma del cambio.

Como diría Maquiavelo, “los hombres olvidan más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.”

Y en la política dominicana, el patrimonio más codiciado no es el oro ni la tierra, sino la capacidad de decidir quién interpreta la ley.

Por eso, cada administración termina ajustando la balanza judicial a su conveniencia, bajo el argumento de la “necesidad del Estado”, cuando en realidad se trata de la necesidad del poder.

El CNM tenía una oportunidad dorada de demostrar que este gobierno era distinto.

Pero el viernes, entre los votos, las abstenciones y las frases de protocolo, se impuso la vieja costumbre: la toga volvió a rendir pleitesía al poder.

El espejo del poder ha vuelto a romperse.
Esta vez, con más elegancia, pero con las mismas grietas.


Por: Suleica Martínez.

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