RESUMEN
Todos los pecados son intentos de llenar vacíos.
—Simone Weil
Un conocido solía decir: “Si me emborracho y me caigo en la cuneta, puedes tener por seguro que alguien me recogerá, porque soy un hombre bueno y honesto”. Esa confianza resulta pasmosa al leer los signos de estos tiempos: una sociedad indiferente, híper-individualista, donde la reputación de los políticos se ha degradado hasta el descrédito, producto de una amnesia colectiva respecto a las grandes ideologías. Hoy se responde a utopías privadas, ligadas al consumo y al capitalismo, mientras los nuevos líderes se dejan seducir por la magia de la técnica y la inteligencia artificial. Con la salvedad de Trump —quien, al parecer, no se tragó entero el cuento de Elon—, muchos han renunciado a dirigir o a dejarse dirigir, desvirtuando así el rol del liderazgo democrático.
Siempre escuché que los hombres de negocios, los “buenos hombres”, debían ocupar los cargos públicos. La propaganda no se hizo esperar, y a la gente le encantó la idea de que llegarían una suerte de mesías con buenos sentimientos y juicio crítico a tomar las riendas del Estado. Pero esos outsiders demostraron que su necesidad de llenar vacíos era aún mayor que la de los políticos de formación. Los escándalos de corrupción ridiculizan mi bachillerato en matemáticas: cada día se vuelve más difícil leer con cordura las sumas astronómicas que se anuncian en miles de millones.
Recuerdo los grandes relatos sobre la ética occidental. Immanuel Kant sostenía que quien roba al Estado es más culpable que quien roba a su vecino: el primero roba a todos, el segundo solo a uno. No es este el espacio para mencionar casos específicos —algunos más crueles que otros—, pero mi preocupación se centra en la clase media, esa que históricamente ha hecho las revoluciones. Esa misma clase media que dejó de postear memes de humor para postear memes de política. Esa que habla de dictadores y de entregar el Estado a los empresarios. Me preocupa porque de ella se espera la cordura de la nación.
No veo un compromiso real con la construcción de un país más justo, con menos desigualdad, con mejor educación y servicios de salud. No queremos labrar un camino: queremos tener lo que posee el owserodemb sin luchar por ello. Nuestros referentes están más ligados a lo que se puede tener que a lo que se puede ser. En algunas conversaciones, he escuchado a personas reírse de alguien que salió del gobierno sin un peso más que su salario, llamándolo “palomo”, y a la vez maldecir al político que se robó una millonada. No hay coherencia en el pensamiento de muchos jóvenes, que son la fuerza y mayoría votante.
Hace unas semanas, volvió a estar de moda el viejo debate entre izquierda y derecha. Le pregunté a un amigo de derecha si conocía la Escuela de Chicago. No sabía de qué le hablaba. Otro amigo, con un cuadro del Che del tamaño de una puerta en su casa, tampoco ha leído El Capital de Marx. ¿Cómo podemos aspirar a un país mejor si nuestros jóvenes no leen? Son fácilmente manipulables. Cualquier posteo en redes es creído sin el más mínimo juicio crítico.
¿Debemos censurar las noticias falsas? Claro que no. Cuando a Noam Chomsky le preguntaron por ellas, respondió: “Las noticias falsas son humanas”. Desde el primer momento en que un recolector le dijo a otro grupo que había comida en otro lugar para que le dejaran el espacio libre, existen las noticias falsas. En Estados Unidos, eso se resolvió en los años 50: creando bibliotecas públicas en todos los barrios. Así se forma una conciencia crítica en cada ciudadano, capaz de discriminar lo bueno de lo malo.
Ese ciudadano buscará otras formas de progresar, valorando lo trascendente de la vida. Creará mejores políticos y, claro, mejores empresarios. Solo así podremos aspirar a una sociedad más equilibrada y justa.
