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2 de abril 2026
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OpiniónWellington RosarioWellington Rosario

Entre aranceles y chips: la verdad compleja sobre quién «gana» la guerra comercial EE. UU.–China

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RESUMEN

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En los últimos años la retórica sobre la “guerra comercial” entre Estados Unidos y China ha dominado titulares y agendas políticas: aranceles, listas de control tecnológico y mensajes públicos sobre seguridad nacional han ilustrado un choque estratégico entre dos gigantes económicos. ¿Pero quién está realmente ganando? La respuesta honesta: ninguno gana sin costos, y los “beneficiarios” son parciales y dependientes del tiempo y de la variable que midamos.

Los datos más recientes confirman la fortaleza relativa de ambos jugadores. Por un lado, la economía estadounidense mostró una reactivación vigorosa en 2025 —con un crecimiento anualizado del PIB que llegó al 3.8% en el segundo trimestre— impulsada por consumo y una demanda interna todavía sólida. Por el otro, China mantiene su músculo productivo: aunque su crecimiento se desaceleró en 2025 y el tercer trimestre arrojó un avance anual cercano al 4.8%, la economía sigue anclada en una enorme capacidad industrial y una balanza comercial en superávit.

Pero esos números encierran tensiones. Las medidas proteccionistas y las restricciones tecnológicas han servido para proteger sectores y frenar transferencias estratégicas; sin embargo, no han eliminado los desequilibrios comerciales estructurales. El déficit de bienes de EE. UU. con China sigue siendo masivo, aun con aranceles y políticas de desincentivo a ciertas importaciones. Al mismo tiempo, China enfrenta una demanda interna tibia y problemas de sobrecapacidad en algunos sectores que limitan su margen para un crecimiento sostenido sin reformas orientadas al consumo.

La verdadera consecuencia —y quizá la menos anunciada en titulares— es la reconfiguración de las cadenas de suministro. Empresas que buscan mitigar riesgos han acelerado estrategias de diversificación: parte de la producción se ha movido a Vietnam, India, México y otros centros emergentes, generando una redistribución de inversión y empleo manufacturero en Asia Sudoriental y América Latina. Esto ha creado oportunidades para economías competitivas y con marcos regulatorios estables; pero también ha introducido mayor fragmentación e incertidumbre para los proveedores tradicionales.

Entonces, ¿quién tiene mayor potencial de “salir ganador”? Depende del horizonte. En el corto plazo, EE. UU. cuenta con palancas macro y financieras que le permiten amortiguar choques y sostener demanda. En el medio-largo plazo, la escala productiva y el rol central de China en manufactura le dan ventaja para dominar mercados físicos y retener competencia en productos de escala. La decisión final estará moldeada por quién asegure antes el control efectivo sobre tecnologías críticas (chips, IA, telecomunicaciones) y por la capacidad de cada país para reorientar su modelo hacia fuentes de crecimiento más sostenibles —en el caso de China, hacia el consumo interno; en el caso de EE. UU., hacia innovación y redes de seguridad industrial.
Para países pequeños y medianos, incluidos los de América Latina, la lección es clara: no es tiempo de elegir bandos, sino de construir ventajas. Mejor infraestructura, capital humano y marcos regulatorios previsibles son la llave para captar inversiones y sumar encadenamientos productivos que antes migraban exclusivamente a China.

En suma: la “guerra” no tendrá un vencedor único. Será una partida de múltiples rondas en la que ambos contendientes ganarán y perderán en distintas tablas —económica, tecnológica y geopolítica— y donde los verdaderos ganadores serán aquellos que usen la fragmentación para atraer valor agregado, no solo producción de bajo costo.


Por: Wellington Rosario, economista.

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