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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

En torno al poeta  Héctor Incháustegui Cabral: un enfoque bioliterario

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RESUMEN

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Fue durante el desarrollo de una conversación sostenida en la Librería La Trinitaria con la  legendaria librera dominicana Virtudes Uribe que  el ilustre narrador Juan Bosch dijo: «Héctor Incháustegui Cabral fue un regalo que los dioses le hicieron a la República Dominicana». La señora Uribe, propietaria de dicha librería, nos contó la anécdota años después. Y con ese clásico de la poesía dominicana iniciaremos esta segunda parte de nuestra caminata por el siglo XX de la literatura dominicana.

Incháustegui Cabral —nacido el 25 de julio de 1912 en la común de Baní y fallecido el 5 de septiembre de 1979 en la ciudad de Santo Domingo— entró al mundo de la literatura, siendo un adolescente aún, o por influencia o por herencia familiar. él mismo nos da la señal orientadora:

«Quizás el ambiente de la casa: mi padre era escritor. Tenía libros. Editaba un periódico. Lo visitaban los escritores que venían a mi pueblo, a Baní. Conocí entonces a Vigil Díaz, a Moreno Jimenes, a Peña Batlle, tres personas que ahora sé que representaron mucho para mí. Mi tía abuela, Ramona Billini, nos leía, todas las noches, romances de un libraco enorme, durante meses y meses. Se habla de una educación del oído, pero yo creo que hubo algo más: educación de la expresión. Cuando vine a darme cuenta podía componer, en octosílabos, casi sin parar, cuando apenas sabía leer y eso que aprendí muy temprano».(1)

 

(Aunque a cada uno de ellos habremos de dedicarle una entrega sabatina de esta sección, procede que adelantemos —para aquellos no conocedores de la historia literaria

dominicana— que Otilio Vigil Díaz, Domingo Moreno Jimenes y Manuel Arturo Peña Batlle son tres figuras connotadas de las letras dominicanas: innovadores poetas los dos primeros y brillante ensayista el tercero. El padre de Incháustegui Cabral fue el escritor y periodista banilejo Joaquín Sergio Incháustegui Andújar, autor de la obra Reseña histórica de Baní (1930) y fundador del primer periódico banilejo: Ecos del Valle en 1916.)

Intelectual de múltiples facetas, Incháustegui Cabral dejó a su patria amada un valioso legado cultural en varios géneros literarios, pues fue sobresaliente poeta, dramaturgo, ensayista y  crítico literario. También fue narrador,  educador y diplomático. Realizó estudios superiores en la Universidad de Santo Domingo (hoy Autónoma), donde obtuvo una Licenciatura en Filosofía y Letras.

Hagamos un recorrido, así sea breve, por los diversos géneros literarios en los que se movió, con brillantez, la pluma de ese prominente escritor que fue Héctor Incháustegui Cabral:

El poeta

Es considerado por la crítica especializada uno de los máximos exponentes de la poesía dominicana; su  preocupación ante los problemas sociales y políticos de la patria que le vio nacer ha quedado registrada en lo mejor de su poesía épica: Diario de la guerra y Los dioses ametrallados  (1967). Desde sus inicios, con la publicación en 1940 de su opera prima, Poemas de una sola angustia, esa sensibilidad social nunca dejó de atravesar toda su obra poética. Ni aun en su poesía de temática amatoria, metafísica o religiosa.

Si el poeta petromacorisano Federico Bermúdez es el precursor de la poesía de honda preocupación social en la literatura dominicana con su clásico poemario Los humildes (1916), entonces es Incháustegui Cabral su continuador más auténtico, compartiendo  —cabe decirlo— ese tipo de poesía en la lírica nacional con otros excelentes poetas que brillan, de manera independientes, en los años 40 con textos fundamentales: Tomás Hernández Franco (Yelidá, 1942), Francisco Domínguez Charro (América en genitura épica, 1942), Manuel del Cabral (Compadre Mon, 1943) y Pedro Mir (Hay un país en el mundo, 1949).

La crítica de su patria y la extranjera han coincidido al situarlo en lugar prominente entre los poetas más representativos de la literatura dominicana de todos los tiempos. En el especializado Diccionario Enciclopédico de las letras de América Latina(2) la obra del poeta dominicano es valorada así:

 

«Su obra poética está emparentada a la corriente de cierta poesía social norteamericana al modo de Carl Sandburg, por su rigor crítico y vanguardista no exento de un desenfado, cuya ironía contestaría describe los paisajes patrios y se suma a la confraternización del hombre. Desde esa perspectiva su canto alcanza momentos que rebasan la intencionalidad lírica hasta obtener un instante épico en temas como “Canto triste a la Patria bien amada”, “invitación a los de arriba”, entre otros, que reafirman la protesta del poeta hacia injusticia social, ajustándose a una conciencia libertaria, más cerca del desencanto hacia el mundo imperante. Así aparece su primer libro Poemas de una sola angustia (1940), donde Incháustegui Cabral trata de captar las voces rudas, desentonantes del medio, el lenguaje duro de la calle, para cifrarlo a su visión estética y a sus resoluciones técnicas».

 

Pragmático y observador la obra de Héctor Incháustegui Cabral se nutre de la realidad, siempre está presente algún referente objetivo en ella. Es por eso que, al hacer alusión a su poesía social en un momento de la entrevista concedida en 1975 al escritor Guillermo Piña-Contreras, confiesa: «Viendo lo feo, lo desagradable, reaccioné en esa forma, que para mí era absolutamente natural, tanto que me resulta difícil separar obra y realidad». Y luego agrega:

 

«Siempre he padecido la falta de justicia, la miseria, el abuso y eso se reflejó en lo que escribía, pero no lo hacía para llenar un programa. Lo que me molestaba o me parecía malo o desagradable lo daba a conocer en verso, iba a parar a los versos. Influidos por el ambiente de mi tierra, seca, pobre, angustiada».

 

Sobre su modo de asumir el oficio de escritor podríamos decir que ese oficio andaba con él hacia todas partes: escribía en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia; escribir, para él, era consustancial al acto de vivir. De su propia confesión se deduce: «Puedo escribir en cualquier momento. Interrumpiendo el trabajo, en un café, mientras avanza el vehículo en que voy, sin fichas, sin notas». Que no se vaya a interpretar su confesión como la de un escritor improvisador y desordenado, porque Incháustegui Cabral era todo lo contrario: además de altamente culto, era disciplinado, mesurado y estratégico en la manera de abordar cada uno de los variados temas que atraviesan su vasta obra literaria: «El periodismo a mí me fue muy útil. Me disciplinó, Me enseñó a atenerme a los datos, a ser conciso…», dice él.

Plumas connotadas de la crítica dominicana han escrito y justipreciado la obra poética de Incháustegui Cabral: Antonio Fernández Spencer, Manuel Rueda, Marcio Veloz Maggiolo, Diógenes Céspedes, José Alcántara Almánzar, Bruno Rosario Candelier, Guillermo Piña-Contreras  y José Enrique García, entre otros. Extenso resultaría el opinario en torno a ese célebre banilejo de reunir todas las miradas críticas a su obra. Fernández Spencer, por ejemplo, considera que  un poeta de la calidad de Héctor Incháustegui Cabral «quisieran [tenerlo] muchos países en América de más larga y fecunda vida literaria que el nuestro».(3)

Incháustegui Cabral fue coherente en su visión poética, fiel a su sensibilidad inicial como creador. Su identificación con la guerra patria de abril de 1965 es una evidencia: Diario de la guerra y Los dioses ametrallados, dos poemarios emblemáticos en su obra, se levantan como dos columnas fuertes de su imponente edificio literario. Ambos, en un sólo volumen, vieron la luz pública en 1967. «Realizó una obra de trascendente contenido social que se ha continuado en sus últimas publicaciones»,(4) diría Veloz Maggiolo cinco años después de la aparición de esos dos textos fundamentales en la obra poética de Inchásutegui Cabral.

Además de las ya citadas, otras obras en verso publicadas por Héctor Incháustegui Cabral son: Rumbo a la otra vigilia (1942), En soledad de amor herido (1943), De vida temporal (1944), Soplo que se va y que no vuelve (1946), Muerte en El Edén (1951, novela en verso), Versos 1940-1950 (1951), Rebelión vegetal y otros poemas menos amargos (1956), Por Copacabana buscando (1964) y Poemas de una sola angustia: obra poética completa (1978).

 

El dramaturgo

 

Varias de las piezas dramáticas de Incháustegui Cabral aparecen en diversas antologías formando parte del teatro clásico dominicano: en 1964, en Buenos Aires,  da a la luz pública el volumen  Miedo en un puñado de polvo, que contiene tres obras emblemáticas dentro del teatro nacional: «Prometeo», «Filoctetes» e «Hipólito». En las tres es visible la influencia de la tragedia griega: de Esquilo en la primera y de Eurípides en las dos últimas.

La obra Prometeo fue representada en 1959 y plantea, de manera simbólica, la problemática política de la sociedad dominicana durante el régimen trujillista en ese momento. Filoctetes es llevada al escenario en 1963 e Hipólito, años después.

Veloz Maggiolo, al mismo tiempo que destaca que Inchástegui Cabral «domina con facilidad los recursos técnicos del teatro en verso», señala: «El símbolo de Prometeo es el del hombre encadenado por las circunstancias, dispuesto a rebelarse contra su destino, pero incapaz de salir del medio ambiente que lo asfixia y le hace la vida imposible.» Y luego agrega: «es un serio intento de hacer tragedia en el teatro nacional».(5)

 

El narrador

 

Incháustegui Cabral escribió dos novelas: una en verso —Muerte en el Edén (1951)—  y otra en prosa:  La sombra del tamarindo (1984), la cual había permanecido inédita muchos años. Dejó inédita una colección de cuentos, según nos informa Max Henríquez Ureña, quien incluye su cuento  «El camino» en la antología Veinte cuentos de autores dominicanos, preparada en Cuba en 1938 y publicada, póstumamente, en Santo Domingo en 1995. Hay una segunda edición de 2006 bajo el sello editorial de CEDIBIL.

En la entrevista citada el célebre poeta confiesa: «Un poco más tarde escribí “romances infantiles” que no para niños. Cuentos y sucedidos versificados. Cuando tuve cierto uso de razón me parecieron muy malos y los destruí. Ahora lo lamento.»

Max dice en su antología: «Incháustegui Cabral es una de las figuras que mejor se destacan en la nueva generación literaria dominicana. Tiene listo para la prensa un libro de cuentos: Bayahonda».

Otros cuentistas antologados por el tercer hijo de Salomé Ureña de Henríquez son: Federico Henríquez y Carvajal, César Nicolás Penson, Fabio Fiallo, Virginia Elena Ortea, Américo Lugo, Tulio M. Cestero, Sócrates Nolasco, Pedro Henríquez Ureña, Tomás R. Hernández Franco, Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy y José Rijo. Eso nos da una idea del nivel del prestigio literario alcanzado por Incháustegui Cabral a temprana edad. Era el más joven de todos los seleccionados por Max Henríquez Ureña: en 1938  contaba con 26 años de edad.

 

El ensayista: crítico literario e historiador

 

Siguiendo los pasos de su padre, Incháustegui Cabral incursionó en campo de la historia: en 1955, en colaboración con su hermano Joaquín Marino, publicó la obra Historia dominicana: 1844-1953. Pero es en el ensayo literario donde su prosa luce su mayor esplendor: De literatura dominicana siglo veinte (1969) es su obra más importante dentro de su ensayística. Al referirse a ella el poeta y crítico dominicano Manuel Rueda expresa lo siguiente:

 

«Se destaca también como crítico literario, habiendo estudiado a nuestros poetas contemporáneos a la luz del sicoanálisis, según puede verse en su gran libro de ensayos titulado De literatura dominicana siglo XX, en el que se acomenten valoraciones de los poetas de una nueva generación…, todos vistos a través de las teorías del trauma  de nacimiento sustentadas por Otto Rang».(6)

 

Otras obras suyas en prosa discursiva que merecen ser mencionadas aquí: Casi de ayer (1952), El pozo muerto (1960) y Escritores y artistas dominicanos (1978).

 

El hombre público reconocido

 

Tuvo una vida pública muy activa. Ejerció el periodismo, llegando a ser jefe de redacción de los periódicos Listín Diario y La Nación, director del diario La Opinión y co-director de la revista Cuadernos Dominicanos de Cultura, conjuntamente con los poetas Pedro René Contín Aybar, Tomás Hernández Franco y Rafael Díaz Niese.

Hizo carrera diplomática (fue embajador en Cuba, México, Venezuela, Ecuador, El Salvador y Brasil) y desempeñó importantes puestos de dirección tanto en el sector gubernamental como  en el privado, en su país y en el extranjero:

 

  • Subsecretario de Estado de Relaciones Exteriores y de Educación, Bellas Artes y Cultos.
  • Director de Santo Domingo Televisión y de Radio Caribe.
  • Presidente de la Sociedad Nacional de Escritores.
  • Vicepresidente de la Sociedad de Autores y Compositores Dramáticos de la República Dominicana.
  • Presidente del Instituto de Cultura Hispánica.
  • Miembro del Comité Interamericano de Cultura de la Organización de Estados Americanos (OEA).
  • Miembro del Ateneo de México y del Ateneo de Bellas Artes de Río de Janeiro (Brasil).
  • Director del Comité de Publicaciones y escritor residente de la Universidad Católica Madre y Maestra (hoy Pontificia)

 

Por sus méritos intelectuales y literarios fue objeto de reconocimiento dentro y fuera de la República Dominicana:

 

  • Designado miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua.
  • Galardonado en 1952 con el Premio Nacional de Poesía por su obra Las ínsulas extrañas (1952).
  • Designado Profesor Emérito y Escritor Residente de la Universidad Católica Madre y Maestra (hoy Pontificia).
  • Designado Miembro de la Legión de Honor de México.
  • Premio Caonabo de Oro otorgado por la Sociedad Dominicana de Escritores Dominicanos en 1979.

 

UN POEMA DE Héctor Incháustegui Cabral

 

Invitación a los de arriba

 

Sí, a vosotros yo os invito;

si queréis bajar,

podéis hacerlo.

 

¿Qué no tenéis cuerdas,

ni escaleras de mano,

ni los deseos ni los impulsos necesarios?

 

Tanto peor para vosotros,

para vosotros que vivís

nada más que para la blanca superficie:

o mantel o sábana o pañuelo,

el fino pañuelo de hilo perfumado

con la mentida artificial fragancia de los azahares.

Me diréis que tengo cara de ahorcado,

dedos de mecanografista y un gesto,

bastante subrayado,

de viajante de comercio que no ha echado todavía

el pie a una mala bicicleta.

 

Lo veis, moscas, lo veis

os conformáis con el perímetro,

el perfume y la apariencia;

os invito a bajar al centro de mi sangre

y por miopes os prestaré

lentes racionalistas

y ese sencillo y claro estado de alma

del pobre que compra,

pasado medio día,

el desayuno de los hijos hambrientos.

Si no habéis sufrido hambre todavía

y puede que sí, por culpa, es natural,

de la científica dietética

yo os daré la clave para llegar a mi corazón:

y cuando lleguéis, gratamente asustados,

en voz muy baja, que tendrá temblores

propios de la alcoba y del jardín diréis:

 

Comenzaré por descreerlo todo,

por negar cuanto me dijeron que era grande;

desde la pluma del militar gorrión

hasta la pluma del escritor pagado

de sí mismo y con oros ensangrentados e inicuos.

 

Creeré en la mansa igualdad de los hombres

y en la sencilla complejidad de las cosas pequeñas,

en el apretón de manos del amigo,

y en el cigarrillo y los fósforos prestos

a ser dados,

en el minúsculo miedo a las voladoras cucarachas,

y en ese sagrado temor a las mujeres

que no hablan casi y miran mucho,

enlutadas tras un silencio,

como emboscadas y tremendamente alertas,

esperando el momento propicio para saltar diciendo:

porque me compadeces eres mío…

 

Ya sé que he hablado de más,

pero soy de esos a quienes satisface mejor

el pago hecho en sonrisas

que en flamantes billetes de banco.

 

No bajaréis, no, os quedaréis

en vuestro mundo,

con el corazón seco y amarillo,

sí, os quedaréis, vosotros

los de la astucia amanerada,

y no será porque os faltan los dos pies,

que indican que estáis más cerca

del ridículo mono

que el caballero chivato

cuyas barbas pecadoras no tenéis derecho ni a besar.

 

Os invité de buena fe,

¿y qué le vamos a hacer?…

Pero creedme, sufro mucho con los animales pequeños

cuando están heridos o enfermos,

el mulo con su pata partida

me parte el corazón;

la avaricia y la incomprensión

también me hacen derramar lágrimas amargas,

unas lágrimas que tengo reservadas

para esa patética hora

en que la mujer nos pide

o un poquito de llanto

o un tanto así de recitación…

Pero tanto mejor, quedaos arriba,

con vuestros entorchados y vuestras libretas

cuyas cuentas están cargadas de sudores ajenos,

los de abajo tenemos algo que crece y fructifica,

algo que nace sin que sepamos cómo

y que no muere nunca: el odio y el desprecio…

 

Además, contamos con vuestro apego a la vida,

y por ello somos camorristas,

y debajo de la americana llevamos

periódicos doblados en tal forma

que os hacen ver que hasta los dientes

vamos armados.

Inventamos las intoxicaciones

y las huelgas,

los ladrones y los asesinos que no dejan huella,

las prostitutas vestidas de negro,

que cobran su virginidad en cada día;

los duendes, las quiebras, los fantasmas,

las locuras, las paranoias,

los ciclones, las vitaminas

todo para vuestro susto,

lo hemos inventado nosotros los de abajo,

los del indiscreto microscopio,

los de la gacetilla larga

los de la escoba,

los de la paciencia,

los del telescopio y los del asador.

 

Notas:

 

  • En entrevista concedida en 1975 al escritor dominicano Guillermo Piña-Contreras, quien la incluye en su libro 12 en la literatura dominicana: del postumismo al pluralismo (2.a Santo Domingo, Rep. Dom.: Comisión Permanente de Efemérides Patrias, 2015), pp. 219-220.

 

  • Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1996. Vol. II: F-N.), p. 2434.

 

  • En su: Caminando por la literatura hispánica 1948-1964 (Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Montalvo, 1964. Colección «Arquero»; No. XI), p. 246.

 

  • En su: Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo (Santiago de los Caballeros, Rep. Dom.: UCMM, 1972. Colección «Contemporáneos»), p. 39.

 

  • Idem: 188 y 236.

 

  • En: Antología mayor de la literatura dominicana (siglos XIX-XX). Poesía II (Selección, prólogo y notas: Manuel Rueda. Santo Domingo, Rep. Dom.: Fundación Corripio, 2006), p. 118.

 

Por Miguel Collado

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