Emmanuel Macron se topa con los “chalecos amarillos”

Por EFE lunes 17 de diciembre, 2018

EL NUEVO DIARIO, PARÍS.- El presidente francés, Emmanuel Macron, que presumía de mantener contra viento y marea el rumbo de su política, dio a torcer su brazo por vez primera ante la presión de las protestas, en ocasiones de inusitada violencia, de los “chalecos amarillos”.

Ajeno a la presión de la calle contra sus reformas del mercado laboral o el sector ferroviario, Macron tuvo que ceder ante una protesta heterogénea, sin líderes ni claras reivindicaciones, que selló el final de la luna de miel que el presidente más joven de la historia de Francia había iniciado en 2017 con sus ciudadanos.

Lo que no consiguieron los sindicatos y partidos de la oposición lo logró un grupo carente de líderes, ajeno a las estructuras tradicionales, que algunos han comparado a la aventura con la que Macron revolucionó el paisaje político del país con un partido nuevo al margen de los tradicionales.

Nacido como un movimiento de protesta contra el alza de los precios del combustible, fue acaparando el descontento de las provincias frente a las grandes ciudades, para convertirse en un contenedor de reivindicaciones variopintas.

Incansables, las manifestaciones cobraron un cariz violento que, sin embargo, no le hizo perder respaldo popular, lo que acabó por convencer a Macron de que la respuesta tenía que estar a la altura del reto planteado.

Acorralado en el Elíseo, en los niveles más bajos de popularidad desde su llegada al poder en mayo de 2017, Macron se vio obligado a virar en su política en un intento casi desesperado por acallar el descontento.

La subida del salario mínimo, varias reducciones de impuestos y la renuncia a la tasa ecológica sobre el carburante fueron el primer retroceso del presidente en el programa ambicioso con el que pretende cambiar el país de arriba abajo.

Macron asumió que proyecta la imagen de un político distante de sus ciudadanos, sordo a sus problemas, demasiado pendiente de encarnar el éxito, sin darse cuenta de que no todos se aprovechan de él.

“No he logrado reconciliar al pueblo francés con sus dirigentes”, confesó el presidente justo antes de que cristalizara el descontento de los “chalecos amarillos”.

Las anárquicas protestas, los cortes de carreteras, los disturbios en céntricas calles de París y otras grandes ciudades acabaron por convencerle que solo su imagen joven y dinámica no servirían para arrastrar al país.

Al contrario, le estaban sumergiendo en el abismo de los sondeos del que no lograron salir sus dos antecesores, incapaces de elevarse por encima de la brega política partidista y que no renovaron su mandato.

Los “chalecos amarillos” fueron la gota que colmó el vaso de un año en que el presidente ha visto declinar su buena estrella.

Cuando comenzaron las protestas, su imagen ya estaba dañada, aparejada a la de “presidente de los ricos”, un “Júpiter” altivo y pretencioso que se enorgullecía de avanzar en sus reformas pese al descontento popular.

Los signos más preocupantes llegaron tras el verano, con el llamado “caso Benalla”, el escolta personal del presidente descubierto mientras agredía a manifestantes en las protestas obreras del 1 de mayo en la capital.

Las imprecisas explicaciones del hecho, unidas a los pocos velados intentos de ocultarlos a la opinión pública, empezaron a enturbiar su imagen.

No bien repuesto de ese seísmo, el “macronismo” comenzó a sufrir las primeras defecciones, que mostraron grietas en lo que, hasta entonces, parecía un bloque homogéneo.

Primero fue el ministro de Ecología y número dos del Ejecutivo, Nicolas Hulot, carismática figura de la defensa del medio ambiente, que se fue dando un sonoro portazo, descontento con el poco eco de sus proposiciones ante la “urgencia climática” que vive el planeta.

Después el titular de Interior, Gérard Collomb, uno de los primeros barones que abrazó el “macronismo”, que prefirió retornar a la política local poco después de haber advertido de la “falta de humildad” que encontraba en la cúspide del poder.

Una frase que, vista ahora, revelaba una realidad que el presidente no quiso ver hasta que los “chalecos amarillos” se la llevaron a las puertas del Elíseo.

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