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8 de enero 2026
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OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

Elon Musk: ¿Innovador, disruptor o peligro para la democracia?

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En un mundo hiperconectado, donde la tecnología amplifica voces y movimientos con una rapidez sin precedentes, surge una preocupación creciente: el impacto de las grandes plataformas digitales en los cimientos de las democracias globales. En este contexto, Elon Musk, magnate de la tecnología y propietario de X, se encuentra en el epicentro de un debate sobre el poder no regulado y su influencia en procesos políticos.

Los líderes europeos han expresado inquietudes legítimas sobre cómo figuras como Musk están moldeando el discurso político y social. No se trata solo de las declaraciones incendiarias, como sus ataques al canciller alemán Olaf Scholz, sino de algo más profundo: el uso de plataformas masivas para amplificar agendas políticas y, en algunos casos, desestabilizar democracias consolidadas.

Un ejemplo reciente es su respaldo abierto a Alice Weidel, líder del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que ha generado alarma en Europa. Según un informe de Pew Research, la desinformación en plataformas digitales afecta al 67% de los usuarios de internet en democracias occidentales, debilitando la confianza en instituciones públicas y promoviendo discursos polarizantes. En Alemania, el 48% de los votantes considera que las redes sociales desempeñaron un papel clave en influir en resultados electorales recientes, según un estudio de la Fundación Bertelsmann.

Este no es un fenómeno nuevo. En la historia, magnates como William Randolph Hearst fueron acusados de manipular la opinión pública con sus periódicos a principios del siglo XX. Sin embargo, la escala y el alcance de Musk, con 211 millones de seguidores en X, trasciende fronteras y épocas. La tecnología moderna permite que estas influencias sean instantáneas y globales, exacerbando las tensiones en momentos de incertidumbre política.

A pesar de la libertad de expresión que Musk proclama defender, los líderes mundiales advierten sobre los riesgos de una democracia erosionada por intereses privados. Emmanuel Macron, presidente de Francia, señaló la existencia de una «internacional reaccionaria» impulsada por grandes intereses financieros, que aprovecha las debilidades de las democracias liberales. En Noruega, el primer ministro Jonas Gahr Støre calificó de «preocupante» el impacto de un hombre con acceso ilimitado a recursos y plataformas globales en los asuntos internos de otros países.

Los efectos no solo son retóricos. En América Latina, por ejemplo, la desinformación en redes sociales durante procesos electorales ha llevado a la desconfianza masiva en las instituciones. Según el Centro de Innovación para la Gobernanza Internacional (CIGI), el 62% de los latinoamericanos considera que las redes sociales son una fuente primaria de información falsa. Además, la organización Statista reporta que en 2023, aproximadamente el 40% de los usuarios globales de internet admitieron haber sido engañados por contenido falso en plataformas digitales.

En respuesta a estas amenazas, algunos gobiernos han implementado modelos regulatorios prometedores. La Unión Europea, con su Ley de Servicios Digitales (DSA), exige transparencia en los algoritmos y penaliza la proliferación de contenido dañino. En Taiwán, las iniciativas de «Verificación Digital Colectiva» han logrado reducir la desinformación electoral en un 35%, demostrando que la regulación puede ser efectiva sin comprometer la libertad de expresión.

El problema de Musk y figuras similares no radica únicamente en su poder individual, sino en la falta de contrapesos efectivos. Las democracias deben encontrar formas de protegerse sin caer en la censura. Esto incluye invertir en alfabetización digital para empoderar a los ciudadanos, fomentar alianzas público-privadas que prioricen la transparencia y exigir rendición de cuentas a las grandes empresas tecnológicas.

El impacto de la tecnología en la democracia no es intrínsecamente negativo. Al contrario, cuando se utiliza de manera responsable, puede fortalecer la participación ciudadana y la transparencia gubernamental. Sin embargo, como advierte el ex comisionado europeo para la competencia, Joaquín Almunia, «la democracia no puede sobrevivir en un entorno donde las mentiras viajan más rápido que la verdad».

El llamado a la acción es claro: gobiernos, ciudadanos y empresas tecnológicas deben trabajar juntos para establecer un nuevo contrato social digital. Uno donde el poder de las plataformas esté equilibrado por la responsabilidad y donde los derechos de los usuarios sean protegidos frente a intereses privados desmedidos. La democracia es demasiado valiosa para dejarla a merced de un solo actor, por más poderoso que sea.

Por: Jimmy Rosario Bernard.

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