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11 de enero 2026
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OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

Elon Musk: ¿Genio visionario o amenaza para el mundo?

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En un mundo donde la tecnología avanza casi de un día para otro, hay pocos nombres que suenan con tanta fuerza como el de Elon Musk. Es el hombre que dice poder llevarnos a Marte, cambiar para siempre cómo nos movemos en la Tierra y transformar la manera en que nos comunicamos. Pero detrás de esta figura imponente hay una pregunta que a muchos les causa incomodidad: ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar para seguir su visión de futuro?

Musk nació el 28 de junio de 1971 en Pretoria, Sudáfrica, y su vida, desde pequeño, no fue nada fácil. Pasó su infancia entre el aislamiento y el bullying, incluso con episodios de violencia física que lo llevaron a refugiarse en los libros y en la tecnología. Imagina a un niño silencioso, con una gran pasión por la ciencia ficción, soñando con mundos lejanos. A los 12 años, vendió su primer videojuego por 500 dólares. Una cantidad modesta para lo que vendría después, pero suficiente para dar un primer paso hacia el extraordinario destino que tenía reservado.

Cuando creció, decidió dejar Sudáfrica. Primero emigró a Canadá y luego a Estados Unidos, buscando alejarse del servicio militar obligatorio y acercarse a las oportunidades. Estudió brevemente en Stanford, pero lo abandonó rápido para unirse a la explosión de las “dotcom”. Fundó Zip2, una empresa de software que vendió por 300 millones de dólares. Sin embargo, fue con PayPal que realmente alcanzó fama mundial. La mayoría, después de vender una plataforma por 1,500 millones de dólares, se habría retirado a disfrutar de su riqueza. Pero para Musk, esto solo fue el principio.

Musk ha revolucionado industrias enteras. Con SpaceX, desafió la gravedad, literalmente, reduciendo los costos de lanzamiento espacial en más del 40%. En 2008, la NASA firmó con SpaceX un contrato de 1,600 millones de dólares, salvando a la empresa de la quiebra y posicionándose en la carrera hacia Marte. Hoy en día, SpaceX lanza más cohetes que cualquier otro país, y los planes de Musk para enviar humanos a Marte antes de 2030 ya no parecen solo un sueño. Tesla, su otra gran apuesta, no solo cambió nuestra percepción de los autos eléctricos; en 2022, se convirtió en la automotriz más valiosa del mundo, con un valor de mercado de más de 600 mil millones de dólares. Tesla no vende solo autos; vende una visión de un futuro limpio y libre de combustibles fósiles.

Pero el impacto de Musk no se queda en la tecnología; también está transformando la economía global. Tesla ha disparado la demanda de litio y cobalto, materiales esenciales para las baterías, impactando a economías como las de Chile y Australia. Aunque esta revolución trae promesas de un futuro más verde, también plantea un dilema complejo: ¿Cómo evitamos que esta nueva economía tecnológica aumente la brecha entre quienes tienen acceso a estos avances y quienes quedan relegados?

Además, Musk no deja de generar controversia. Con Neuralink, su proyecto para conectar cerebros humanos con computadoras, ha prometido cambiar vidas, pero también ha abierto un debate inquietante: ¿Quién tendrá el control sobre los datos más privados de nuestras mentes? En una época en la que la privacidad ya es frágil, la tecnología de Musk podría crear una división entre quienes pueden beneficiarse de estas innovaciones y quienes se quedan atrás, sin acceso.

Y, como si fuera poco, ahora también se habla de su influencia política. El presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, recientemente lo nombró director del recién creado Departamento de Eficiencia Gubernamental, con el objetivo de “desmantelar la burocracia gubernamental”. Musk, quien ya demostró en Twitter cómo reducir una plantilla a la mitad manteniendo la operación en marcha, parece la opción ideal para este rol. “Esto hará temblar el sistema y a todos los implicados en el despilfarro gubernamental, que son muchos”, dijo Musk tras el anuncio.

Sin embargo, trasladar su enfoque empresarial al gobierno no es tan sencillo. En el mundo de los negocios, la eficiencia suele priorizar resultados inmediatos y medibles. Pero en el gobierno, la eficiencia debe balancearse con la equidad, la estabilidad y la protección de servicios esenciales. En Twitter, Musk recortó la mitad del personal y reestructuró todo en pocas semanas. Pero, ¿Qué pasaría si intenta aplicar el mismo método en el gobierno? ¿Estaríamos sacrificando principios fundamentales en nombre de la eficiencia?

Musk no es solo un innovador; es un arquitecto del caos. A diferencia de otros gigantes tecnológicos como Jeff Bezos o Tim Cook, que operan en modelos de negocio bien establecidos, Musk es el tipo de visionario que está dispuesto a arriesgarlo todo por ideas que a otros les parecerían descabelladas. Este enfoque audaz lo convierte en un líder único, aunque no exento de polémica.

Si las predicciones de Musk se cumplen, para 2040 podríamos ver un mundo donde la energía solar y los autos eléctricos sean la norma y donde haya colonias humanas en Marte. Pero este futuro también podría traer consecuencias inesperadas: una humanidad más conectada pero más vigilada, y un planeta dividido entre quienes adoptan la innovación y quienes se quedan atrapados en modelos del pasado.

Elon Musk no solo fabrica cohetes y autos eléctricos; construye una narrativa, un sueño que muchos comparten. En una época en la que las palabras y las acciones de unos pocos moldean el destino de millones, su influencia es enorme y plantea preguntas profundas: ¿quién regula a los que tienen el poder de redefinir las reglas? ¿Qué pasa cuando las barreras éticas se adaptan a la ambición de quienes desafían los límites?

Musk no es solo una persona; es una idea. Una idea que nos recuerda que el futuro puede ser moldeado por individuos excepcionales, pero que también nos advierte sobre los riesgos de concentrar tanto poder en una sola figura. En su búsqueda de nuevos horizontes, Musk está redefiniendo el futuro, pero nos deja una pregunta inquietante: ¿estamos preparados para un mundo que cambia a su ritmo y bajo sus reglas?

Por Jimmy Rosario Bernard

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