RESUMEN
Si Duarte estuviera vivo… no sería viral y esto debe incomodarnos
Si Duarte viviera hoy, probablemente no estaría de moda. No sería viral. No sería trending topic. Pero sería, otra vez, necesario.
Hoy recordamos a Juan Pablo Duarte. Y como ocurre con muchas de nuestras efemérides, existe el riesgo de reducirlo a una fecha solemne, un acto protocolar y una cita repetida sin consecuencias reales.
Duarte no fue un héroe cómodo. Fue incómodo, radical para su tiempo y profundamente coherente. No buscó poder, buscó principios. No negoció la esencia de la República, aunque eso le costara el exilio, la incomprensión y la pobreza. Mientras otros administraban el presente, él pensaba en un país que todavía no existía.
Si Duarte viviera hoy, probablemente le dirían que es demasiado idealista. Que no entiende “cómo funciona el sistema”. Que hay que ceder un poco, adaptarse, negociar valores por gobernabilidad. Exactamente lo que nunca hizo.
El ideario duartiano no fue diseñado para adornar discursos ni para fechas patrias. Fue una hoja de ruta exigente: una República sustentada en la ley y no en personas; en instituciones y no en caudillos; en ciudadanos formados y no en masas manipulables. Para Duarte, la soberanía no era una consigna, era una responsabilidad.
Y aquí viene la parte difícil.
Hoy contamos con estabilidad democrática, avances institucionales y un crecimiento que nos distingue en la región. Somos, con razón, una de las democracias más estables de América Latina. Pero esa fortaleza no nos exime de riesgos. Convivimos con una peligrosa confusión entre progreso y crecimiento, liderazgo y poder, patriotismo y propaganda. Instituciones que parecen sólidas… hasta que dependen demasiado de quién las dirige. Ciudadanos que exigen derechos, pero que a veces relegan los deberes que los sostienen.
Duarte fue claro y contundente: sin educación no hay República posible. No como eslogan, sino como estrategia de largo plazo. Sin embargo, seguimos tratando la educación como gasto y no como inversión estructural. Nos indignamos por los resultados, pero normalizamos la mediocridad cotidiana, el “eso siempre ha sido así”, la pequeña trampa que, acumulada, erosiona lo colectivo.
Duarte no creía en atajos. Y ahí choca de frente con una cultura que premia la inmediatez, la viralidad y el resultado rápido. Queremos soluciones exprés, héroes instantáneos y éxito sin proceso. Duarte pensaba en carácter, formación y tiempo. Sabía que una nación se construye con paciencia y coherencia, no con aplausos momentáneos.
También rechazó el personalismo. Nunca quiso ser dueño de la patria. Hoy, cuando la política, las causas y hasta las instituciones se personalizan en exceso, su advertencia sigue vigente: la República está por encima de cualquier nombre propio. Cuando las instituciones se subordinan a personas, la República se debilita, aunque el sistema se mantenga en pie.
Y quizá lo más incómodo de todo: Duarte fue coherente. Vivió como pensaba. Pagó el precio. No dejó fortuna, no dejó cargos, no dejó herederos políticos. Dejó algo mucho más difícil de sostener: un estándar moral.
Por eso, cambiar el chip no es citar a Duarte. Es pensar como Duarte hoy. Defender la institucionalidad cuando no conviene. Respetar la ley cuando estorba. Priorizar el país cuando nadie aplaude. Entender que la soberanía no se grita, se ejerce; que la patria no se usa, se cuida; y que la República no se hereda, se fortalece cada día.
Duarte no nos dejó una República perfecta. Nos dejó una responsabilidad.
Cuando la corrupción se normaliza y la viralidad sustituye al compromiso cívico, la pregunta no es qué haría Duarte hoy. La pregunta es si estamos dispuestos a fortalecer la República o a limitarnos a consumirla.
Por Elizabeth Mena
