Imagina una noche de elecciones en Estados Unidos, llena de tensión, emoción y expectativas. Las encuestas han dibujado una imagen clara, incluso detallando porcentajes de ventaja para cada candidato. Pero, al contar los votos, el resultado da un giro inesperado que toma a todos por sorpresa. Las encuestas parecían haber fallado en reflejar la realidad, y el desconcierto se extiende rápidamente por los medios y las redes sociales. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde se generó la desconexión entre lo predicho y la realidad? ¿Y cómo ha influido la tecnología en esta aparente discrepancia entre las expectativas y los resultados?
Las elecciones de 2024 han demostrado nuevamente que, a pesar de décadas de refinamiento, las encuestas pueden errar, y esta vez el papel de la tecnología en esos errores es ineludible. En una era donde las redes sociales y la inteligencia artificial (IA) moldean las opiniones de millones de votantes, las herramientas tradicionales de predicción enfrentan un reto inédito. Las encuestas telefónicas y los modelos de muestreo, que durante décadas fueron el estándar en predicción electoral, ahora parecen inadecuados para capturar la complejidad y rapidez con la que cambian las preferencias de los votantes, influenciados por campañas digitales, algoritmos y estrategias de microtargeting. De hecho, estudios recientes indican que solo un 36% de los estadounidenses están dispuestos a responder a encuestas telefónicas, una caída drástica en comparación con el 71% que respondía en la década de 1990, según datos del Pew Research Center.
La tecnología, que podría haber facilitado el proceso de predicción, ha añadido capas de complejidad. La proliferación de algoritmos en redes sociales ha creado cámaras de eco en las que los usuarios solo ven contenido que refuerza sus creencias preexistentes. Esto ha llevado a que los votantes se vuelvan menos dispuestos a escuchar opiniones opuestas y, por ende, más impredecibles en las encuestas. En un país donde el 68% de la población accede a noticias exclusivamente a través de redes sociales, según el Pew Research Center, el impacto de este fenómeno no es menor.
El uso de inteligencia artificial en campañas políticas también ha cambiado el juego electoral. Las campañas en 2024 han destinado cerca del 60% de sus presupuestos a anuncios digitales, con un 30% de ese gasto en herramientas avanzadas de IA para analizar y segmentar el comportamiento de los votantes. Este tipo de microtargeting permite llegar con mensajes personalizados a millones de personas en función de su historial de navegación y sus interacciones online.
Según cifras de la consultora Cambridge Analytica, compañía privada británica que combinaba la minería de datos y el análisis de datos con la comunicación estratégica para el proceso electoral, el microtargeting basado en IA puede incrementar la eficacia de una campaña hasta en un 27%, lo que significa que los votantes reciben información cada vez más orientada a sus intereses y emociones, afectando sus decisiones sin que sean plenamente conscientes de ello.
La influencia de figuras como Elon Musk y Bill Gates también ha sido significativa en este proceso electoral. Musk, propietario de Twitter (ahora conocido como X), ha utilizado su plataforma para amplificar ciertos temas y debates, impactando en la percepción pública de algunos candidatos. Su respaldo a ciertos movimientos y críticas a otros han generado una polarización adicional en una red social que, según datos internos, cuenta con más de 450 millones de usuarios activos mensuales. Gates, por su parte, ha promovido políticas de progreso social y ha invertido en campañas que defienden el uso de la tecnología para impulsar la justicia social. Esta intervención de grandes figuras tecnológicas ha desatado un debate sobre los límites de su influencia en un proceso electoral y sobre hasta qué punto la tecnología debe o no influir en decisiones de esta magnitud.
La tecnología también ha tenido un efecto psicológico en el comportamiento de los votantes. El 75% de los usuarios de redes sociales afirma que rara vez ve contenido que contradiga sus opiniones políticas, lo que significa que viven en un entorno de refuerzo constante de sus ideas. Este fenómeno, conocido como «cámara de eco», limita la exposición a una visión equilibrada de los temas y aumenta la polarización. Los algoritmos personalizan el contenido hasta tal punto que, para un votante indeciso, es muy probable que sólo reciba información que refuerce un mensaje específico, mientras que otro usuario podría estar expuesto a contenido diseñado para provocar una respuesta emocional. La IA, en este caso, se convierte en un árbitro silencioso, moldeando decisiones de voto sin que los votantes lo perciban conscientemente.
A medida que las herramientas de análisis de datos y las técnicas de Big Data evolucionan, es probable que la predicción electoral se modernice para incluir tanto los métodos tradicionales como las nuevas tecnologías de análisis de comportamiento. Los expertos en datos ya están explorando alternativas, como el análisis en tiempo real de tendencias en redes sociales, machine learning y el estudio de interacciones digitales. Sin embargo, más allá de la precisión de las encuestas, surge un desafío ético. La pregunta no solo es cómo hacer predicciones más acertadas, sino cómo asegurarnos de que la tecnología no manipule o sesgue la voluntad popular en un grado que afecte el proceso democrático. En un futuro donde la IA y los algoritmos pueden influir de manera significativa en nuestras elecciones, la discusión sobre los límites éticos se vuelve imprescindible.
El error en las encuestas de las elecciones de 2024 representa una llamada de atención para reconsiderar los métodos de predicción en un mundo donde la tecnología redefine nuestras interacciones. Aunque la inteligencia artificial y las redes sociales han ampliado nuestro acceso a la información, también han hecho que el proceso electoral sea más vulnerable a manipulaciones y efectos psicológicos. Como ciudadanos, necesitamos cuestionar y entender el papel de estas herramientas en nuestras decisiones más fundamentales. La democracia exige transparencia y responsabilidad, y mientras la tecnología siga avanzando, es crucial que siga estando al servicio de la verdad y no de la manipulación.
Por Jimmy Rosario Bernard
