El vuelo infame

Por Pedro Corporán

(Cuento episódico breve)

Desde el cielo se escupía fuego plomizo hacia abajo. Carraspeaba estruendos metálicos ensordecedores como asqueando a los seres humanos.

La tierra brotaba sangre contaminada hacia arriba, preguntando alarmada la razón de la insólita y artera agresión.

El extraño fenómeno había alcanzado categoría de holocausto desparramado. Era tan extraño que ensordecía todos los gritos evitando que el eco se escuchara en la conciencia humana. Los centros meteorológicos reportaron que se trataba de un indescriptible desorden atmosférico en una región dentro del continente americano.

A petición de la tierra los astros convocaron una cumbre cósmica aperturada en el centro del universo, en medio de brillantes nebulosas planetarias. El siglo XX tenía 73 años.

Iniciado el cónclave, con el Sol como patriarca celestial, la Tierra narró desconsolada el drama humano de la matanza acusando al Cielo de su autoría.

-¡Un momento! -Interrumpió el Cielo intempestivamente-, repruebo esa acusación temeraria. A los humanos los están matando con fuego y plomo y mis capacidades solo producen nubes, truenos, lluvias y rayos. Me confieso como inocente ante el universo.

Los demás astros se miraron con aprensión.

Después de intensos bisbiseos el Sol dijo: “Mi naturaleza no me permite esconderme en ningún lugar del universo y los asesinatos están siendo cometidos de forma ruin y cobarde, evadiendo mi luz para que viva la oscuridad”.

Los planetas leyeron un comunicado exponiendo su ley existencial suprema: “Nosotros giramos solamente alrededor del Sol y nuestra propia órbita”.

Las estrellas demostraron que en su constitución solo había hidrógeno y helio.

-Yo soy la reina cósmica del romanticismo y la mansedumbre -dijo la Luna con presunción sutil.

La cumbre concluyó declarando inocente al cielo y enviando una comisión cósmica a la tierra para investigar la hecatombe.

Los humanos en la tierra reunieron los cerebros más presumidos, cosmólogos, astrólogos, geógrafos, antropólogos, etnógrafos, teólogos, físicos, etnólogos, químicos e historiadores que no alcanzaron luces para aclarar el enigma.

La comisión cósmica integrada por el Sol, el Cielo y la Luna bajaron al seno de la Tierra y descubrieron que el misterioso fenómeno era selectivo, sólo mataba a los que tenían alguna luz anti tiniebla en las manos o se estaban alumbrando con ellas.

Segundos después quedaron absortos al caer de nuevo una lluvia de fuego y plomo que mató a un grupo de personas que a plena luz del día, tenían libros en las manos como si un mandato lúgubre los considerara semejantes a luces. La comisión registró con letras de sol el día del último macabro episodio: “11 de septiembre”. También escribió la nota: “En el ataque murió Salvador, estaba rodeado de luces”.

La Tierra desconsolada se refugió entre el Sol y la Luna.

-¡Pero qué raro! -Exclamó la Luna en plenilunio.

-¿¡Qué!? -preguntó el Cielo.

-Que el Sol y yo somos astros de luces y los ataques no se acercaron a nosotros -respondió pensativa la romántica Luna.

-Bueno… El diablo tampoco escoge a Dios para el combate, prefiere atacar virulentamente a sus hijos -expuso el Sol, mirando impertérrito la humareda de libros chamuscados todavía en manos de cadáveres calcinados, algunos desnudos de piel y carne.

La población con luces y libros luminosos en las manos se escondía despavorida en los subterráneos, otros soltaban aterrados los libros y las luces, para no ser avistados desde el espacio sideral.

Instantes después, los astros reportaron a la comisión haber visto una descomunal sombra negra no identificada volando por el cielo y enviaron un inmenso telescopio.

El pánico poseía a los humanos del del cono sur del hemisferio americano.

La comisión cósmica decidió irse a observar el cielo a las ruinas más emblemática de la región.

-Es sombrío lo que está pasando en tu seno -dijo el Sol refiriéndose a la tierra mientras vencían las escarpaduras de la montaña. El semblante desvaído de la Tierra respondía en silencio.

Alcanzada la cima, captaron en el telescopio la imagen de un ave gigante de belleza angelical y plumaje negro lustrosamente impresionante, collar blanco, cresta azul, tatuaje rojo, pico extrovertido y garras inferiores semiocultas que volaba a la altura de la estratósfera.

Escudriñando en las creencias de los pueblos nativos, los agentes cósmicos decidieron consultar a los remanentes aborígenes que aún tienen aves como símbolos sagrados. Al llegar a las ruinas de Machu Pichu en el Perú, se encontraron con un cónclave de sacerdotes incas, protegidos por mantos de oscuridad y neblina, rezándole a los dioses, leyendo libros sagrados de sus ancestros e interpretando a los astros.

Los “cosmoscistas” friccionaron con el hermético secretismo de la creencia inca que se resistieron abrir sus misterios milenarios para ayudar a resolver el enigma. Los sacerdotes indígenas reaccionaron con acritud predicando que el ave a la que se pretendía acusar era una de las deidades del pueblo inca considerada emblemática, sublime, lumínica, bendita, amorosa, sagrada y que representaba el Dios del vuelo celestial de su pueblo hacia las infinidades eternas y comenzaron a encender candiles indígenas mientras iniciaban rituales de alabanza.

Como atracción fatal se desprendió del cielo otra lluvia de fuego y plomo que derramó sangre por toda la ruina de Machu Pichu. Los cósmicos encendieron los rayos infrarrojos del telescopio en medio del ataque y pudieron ver al hermoso pájaro exhalando llamaradas de fuego y plomo hacia la tierra, con movimientos ondulantes y giratorios como si tuviera un radar que le permitía captar hacia donde conducir su respiración infernal.

La tragedia conminó al sumo sacerdote inca a contar la historia:  “Una noche oscura de neblina enceguecedora y cielo ennegrecido, hace muchos años, un monstruoso dragón de tamaño mesozoico y con difuso semblante de águila, extrañamente todo cubierto de plumas azules, blancas, rojas y negras, apareció arropando toda luz con sus gigantescas alas, silenciando hasta el eco de la respiración de las montañas de la sierra inca y sorprendió a nuestra ave sagrada, la estupró violentamente y se la llevó en su aterradora boca para siempre” –dijo con voz cabizbaja el sumo sacerdote.

La tierra intervino impetuosa:

–¿Por qué relacionan semejante episodio con este enigma luctuoso? -preguntó azorada.

–Porque tenemos la evidencia de que esta infernal gestación produjo una mutación genético-biológica que alumbró una gigantesca ave quizás de imagen angelical y belleza exterior deslumbrante como la madre, y a la vez de espíritu criminal y carroñero como el padre –respondió el gurú indígena.

El Sol, jefe supremo de la comisión cósmica, expuso coronado de luz:

-En los códigos universales, realmente universales, fuera de la estrechez de la vida terrenal, esa misión de sombra constituyó una felonía de lesa sociedad, doblemente felonía, la expoliación de pétalos del jardín humano y haber manchado la imagen noble del ave sagrada de uno de los más genuinos pueblos de América.

–A propósito…,  –aumentó su altivez el Sol y preguntó con ansiedad:

–¿Cómo se llamaba el ave noble?

El sumo sacerdote contestó:

–¡El Cóndor!.

 

 Recomendación: Leer el Plan Cóndor.

 

Por: Pedro Corporán Cabrera

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