RESUMEN
Tengo una hija maravillosa con muchas cualidades y debo reconocer que una de las que más me enseñan de ella es su esfuerzo permanente por hacer las cosas bien, aun cuando no le salen como planea, ella persevera y le busca la vuelta hasta conseguir el resultado final que la satisfaga, sin obsesionarse en el proceso, ni perder su balance.
Su dedicación es notoria y ciertamente me enseña que cuando pones empeño, pese a que las cosas no salgan como se esperan, algún provecho se saca del esfuerzo.
Con ello se cumple la ley física de que la energía no desaparece, sino que se transforma y esto se evidencia en la historia de mi amigo Juan Miguel.
Cuando fue designado entrenador de un equipo de baloncesto, le entregaron una conjunto en el último lugar, que no contaba con superestrellas, para muchos considerado el peor de la liga, no solo por su posicionamiento, sino por el bajo rendimiento de sus jugadores.
Más desalentador fue cuando a sabiendas de las necesidades del equipo la gerencia no quiso invertir un peso en contratar jugadores que estaban disponibles y al alcance de las finanzas de la organización.
Sin embargo, Juan Miguel tuvo una estrategia y fue dar su mejor esfuerzo y en su empeño por hacer de tripa corazón se fijó como meta hacer grande lo pequeño que tenía en sus manos.
Y liderando con el ejemplo, siendo el que más se esforzaba en entrenar y mostrar fe en los jugadores consiguió generar una química tan armónica en el equipo que poco a poco por medio de muchas prácticas sustentadas en el fundamento del deporte, aquel equipo sotanero se convertiría en un deleite verlo jugar, por cómo se desenvolvían en la cancha, complementándose unos con otros, creando un juego sublime que a la vista parecía una danza sincronizada, como si fueran una unidad.
El esfuerzo que puso Juan Miguel en entrenar una y otra vez cada día de manera consistente a aquellos muchachos compactó tanto al equipo que si bien no había una super estrella -luego el entrenador reconocería que esa desventaja fue lo que facilitó la unificación del equipo, dado que no había problemas de ego- el conjunto como tal se convirtió en el mejor combinado de la liga y sin un jugador estrella.
“El esfuerzo fue la clave”, -diría luego el entrenador-, “pues cada partido que ganamos nos costó y las victorias fueron siempre de uno o dos puntos, nunca pudimos ganar con holgura ningún partido por lo que cada minuto en cancha teníamos que estar completamente concentrados”.
Cuando inesperadamente llegaron a las finales, la perdieron no sin antes dar la buena batalla e intensa pelea. Para muchos fue un fracaso muy estrepitoso y se lamentaban diciendo “tanto nadar para luego morir en la orilla”, sin embargo, por ese “fracaso”, Juan Miguel fue elevado para dirigir en la liga superior de baloncesto, y su técnica basada en el esfuerzo continuo fue instaurada en la franquicia como una nueva filosofía organizacional.
La moraleja que nos deja la experiencia de Juan Miguel es que siempre será rentable ponerle empeño y esfuerzo a lo que tengamos entre manos pues no hay esfuerzo que no de un gran resultado, aún si en lo inmediato las cosas no salen como se esperaban.
Por Alfredo García
