RESUMEN
La reciente comparecencia de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich no fue un ejercicio diplomático ordinario. Fue, más bien, una confesión de parte envuelta en la retórica del orgullo. Al escucharlo, uno no puede evitar sentir que Rubio no llegó a Europa a proponer una agenda de futuro, sino a certificar el agotamiento de un modelo que él mismo ayudó a construir.
Su propuesta de un «nuevo siglo occidental» suena más a un anhelo nostálgico que a una posibilidad real en un mundo que ya aprendió a hablar otros idiomas y a negociar en otras divisas.
Rubio tiene el tino de diagnosticar con precisión el malestar que corroe a Occidente. Habla de la desindustrialización como una «elección política» y no como un accidente, reconociendo implícitamente que la entrega de la soberanía productiva a cambio de beneficios inmediatos en una arquitectura de mercados abiertos fue el pecado original de las últimas décadas. Sin embargo, el problema de su narrativa no radica en el diagnóstico, sino en la viabilidad de la cura.
Pretende relanzar un bloque transatlántico cuyos cimientos están, hoy por hoy, carcomidos por una multicrisis que va mucho más allá de lo económico.
Resulta difícil comprar la idea de un renacimiento cuando el motor de ese proyecto, Estados Unidos, se encuentra atrapado en un laberinto interno de polarización disfuncional y una asfixia fiscal donde el pago de intereses de la deuda ya compite con el presupuesto de defensa.
Una civilización no se revitaliza solo con apelaciones a la fe o a las catedrales de antaño; se sostiene con una base material que hoy parece estar en fuga. Mientras Rubio gesticula en Múnich, China consolida una hegemonía en datos, patentes y control de suministros críticos que no se revierte con discursos, por más elocuentes que sean.
Europa, por su parte, es el vivo ejemplo de lo que Rubio llama el «declive gestionado». El eje franco-alemán está roto, no solo en lo político, sino en su capacidad de innovar y competir.
Alemania ha pasado de ser la locomotora del continente a un vagón pesado que arrastra los restos de una era industrial que la pérdida de energía barata y la complacencia burocrática terminaron por sepultar.
En ese escenario, el «renacimiento» que propone Rubio se parece mucho a pedirle a un atleta exhausto que corra un maratón solo porque su historia así lo exige.
Apostarlo todo a la carta de Rubio y su visión de bloque cerrado es, para cualquier analista con sentido de realidad, un riesgo innecesario. Si ese renacimiento no ocurre —y todos los indicadores sugieren que Occidente está más cerca de su epílogo hegemónico que de un nuevo amanecer—, quienes se hayan atrincherado en una adhesión ciega se encontrarán desnudos ante una realidad multipolar que no perdona la falta de pragmatismo.
La soberanía hoy no se defiende con aislamientos ideológicos, sino con la inteligencia de saber navegar entre las mareas de un poder que se ha atomizado.
Occidente es nuestro hogar cultural, de eso no hay duda, pero el romanticismo geopolítico es un lujo que no podemos permitirnos. El discurso de Rubio es interesante, sí, pero es también el recordatorio de que la nostalgia nunca ha sido una buena brújula para guiar a las naciones.
Al final del día, el futuro no se detiene a esperar a que Occidente resuelva sus crisis existenciales; simplemente sigue su curso, generalmente hacia el Este.
Nota: este artículo es fruto de una interesantísima conversación con la IA Gémini sobre el panorama geopolítico y el discurso de Marco Rubio en Munich.
Por: Mihail García.
