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13 de marzo 2026
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OpiniónJhonny RosarioJhonny Rosario

El tráfico del caos: Cuando la imprudencia es la norma y no la excepción

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RESUMEN

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La República Dominicana enfrenta una crisis vial de proporciones alarmantes, y en el centro de esta problemática está el comportamiento de los conductores. Más allá de las deficiencias del Estado y la falta de infraestructura, son las decisiones individuales al volante las que convierten las calles y carreteras en escenarios de tragedia cotidiana. La imprudencia, la falta de respeto a las normas y la actitud temeraria de muchos conductores han transformado la movilidad en una ruleta rusa donde la vida de todos está en riesgo.

El irrespeto a las normas de tránsito es la norma y no la excepción. Conductores que ignoran semáforos, motociclistas que zigzaguean entre vehículos sin casco ni precaución, transportistas que sobrecargan sus unidades y no dudan en hacer maniobras peligrosas: este es el panorama diario en las calles dominicanas. Más allá de la falta de regulación, el problema radica en la cultura de la irresponsabilidad que permea la sociedad.

El exceso de velocidad y el consumo de alcohol siguen siendo dos de los factores más letales. Muchos dominicanos ven la velocidad como un signo de destreza al volante, y no como un riesgo latente. El consumo de alcohol, por su parte, es una práctica común antes de manejar, y las cifras de accidentes fatales ligados a la embriaguez no hacen más que confirmar las consecuencias de esta actitud irresponsable.

El transporte informal también agrava la crisis. Conductores de «carros públicos» y motoconchistas operan sin regulaciones estrictas, sin licencias adecuadas y sin noción real de las normas de tránsito. La anarquía con la que se mueven por las calles genera un caos diario que pone en peligro no solo a los pasajeros, sino también a peatones y otros conductores.

La educación vial brilla por su ausencia. Los dominicanos aprenden a conducir por imitación, replicando malas prácticas que observan desde pequeños. No hay una enseñanza formal ni en las escuelas ni en el proceso de obtención de licencias. Lo que existe es un sistema basado en sobornos y negligencia, que permite que personas sin la menor preparación se conviertan en una amenaza pública al volante.

Las sanciones son insuficientes y fácilmente eludibles. La corrupción dentro de los organismos de tránsito permite que las infracciones se resuelvan con un «acuerdo» en la calle, dejando a los infractores libres para seguir actuando con impunidad. Sin consecuencias reales, los conductores no sienten la necesidad de cambiar su comportamiento.

Esta crisis de seguridad vial no se resolverá solo con leyes y regulaciones. Se necesita un cambio cultural profundo que transforme la manera en que los dominicanos conciben la conducción. La educación vial debe ser una prioridad, las sanciones deben endurecerse y la sociedad debe dejar de normalizar la imprudencia al volante. Es urgente que los conductores entiendan que cada vez que toman decisiones irresponsables, están jugando con la vida de todos.

El momento de actuar es ahora. No se trata solo de cifras, sino de miles de vidas que cada año quedan truncadas por una conducta que, si se modifica, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte en las carreteras dominicanas.

Por: Jhonny Rosario.

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