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9 de febrero 2026
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OpiniónFrancisco Cruz PascualFrancisco Cruz Pascual

¿El sujeto debe justarse a la realidad?

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RESUMEN

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Debemos cuidarnos de las máscaras, aunque se ajustan perfectamente a cada situación, porque son un tormento para el “yo” consciente, mejor conocido como «la conciencia».

Sabemos que los seres humanos construimos significados y conocimientos en contexto sociales, solo hay que observar el pensamiento de Peter L. Berger y Thomas Luchmann en su texto “la construcción social de la realidad”. Cuidémonos de crear realidades ficticias, que puedan enajenarnos de la realidad.

El mundo que nos creamos para vivir nuestras experiencias de vida, muchas veces se torna cruel, convirtiéndonos en seres decepcionados, como producto de resultados negativamente inesperados. Pese a todos los esfuerzos que desplegamos, las cosas no nos salen bien, aunque las expectativas parecían realistas, cimentadas sobre presupuestos que parecían objetivos, pero que, de acuerdo a los resultados, no lo eran.

A veces nuestros deseos obnubilan al “yo reflexivo”, confundiendo deseos con posibilidades de éxitos.

De ahí que, como sujeto dueño de nuestro destino, debamos ajustar nuestras expectativas para alinearlas en el mayor grado posible, con la realidad circundante. Al hablar de expectativa asentadas sobre objetividades, debemos hacer énfasis en las metas alineadas con la realidad de nuestros recursos, eso es lo que más o menos aprendemos en la escolarización de primer y segundo nivel.

En la profesionalización del tercer y cuarto nivel, profundizamos acerca de los conocimientos, a propósito de lo planteado en la opinión anterior. Ahí aprendemos a tener en cuenta los recursos materiales y humanos, para lograr cada una de las tareas necesarias para ir sumando esfuerzos, hasta alcanzar cada una las metas previstas al sistematizar los objetivos de la planeación. Las destrezas, las habilidades, los recursos con que se cuentan para lograr propósitos y la circunstancia en que se encuentra el contexto, serán claves para arribar al éxito. Nadie en su sano juicio diría lo contrario.

Cuando reflexionamos sobre lo que planteamos en el párrafo anterior, nos damos cuenta de que, tenemos que trabajar anticipadamente, utilizando el elemento de la previsión para acercarnos lo más posible a las previsiones del futuro, las que han de sustentarse en investigaciones contextuales. Todo esto, para dar equilibrio al proceso que se desarrollará para cumplir lo que se ha planificado. El yo reflexivo (como sujeto actuante), no debe dejar nada al azar, tiene que planificar y organizar lo que ha planeado, tomando en cuenta la importancia de determinar las conductas de los sujetos (los que por demás), son responsables de las tareas, las actividades y las metas.

Aprendemos de los profesores (de las comparecencias y lecturas de expertos), que las expectativas que nos planteamos, deben tener sostenibilidad contextual y que contar con las capacidades y el compromiso de los responsables de cada tarea o actividad. Porque sabemos, que esa es la forma en que las cosas suceden tal y como se han planificado. Y que luego, tenemos que colocar el plan sobre una organización clara y precisa, teniendo en cuenta cada uno de los elementos de la gestión administrativa, incluyendo a cada sujeto responsable de poner en marcha los acontecimientos.

Porque sabemos, que cada individuo debe estar ajustado a la realidad de sus posibilidades, cronometrando sus acciones para cumplir de forma equitativa con su responsabilidad. Todo lo dicho hasta ahora es esencial para lograr éxito en los procesos, pero, olvidamos las casualidades.

El hombre por naturaleza se auto establece expectativas y en el proceso de definirlas, el conocimiento previo es fundamental, como garantía de eficacia. En este tránsito, la inteligencia emocional es absolutamente necesaria, porque es capaz establecer las expectativas, es una de sus competencias.

La grandeza del desarrollo personal, se fundamenta en que el individuo humano puede aprender en forma permanente y por ende mejorar sus condiciones de existencia. En el proceso de toma de decisiones del “yo reflexivo” (en el complicado mundo de la psicología), cuando hablamos de diferenciar el “yo” del “sujeto” (en cuanto a este último), hace referencia a una persona que es el “autor de sus actos”. El sujeto es indudablemente es dueño de su destino. Desde esa óptica, su conducta o comportamiento no es improvisado.

El hombre debe reflexionar sobre quién es; cómo es; qué es importante para él y cuáles son sus aspiraciones en la vida.

Ya en este punto, debemos entender, cómo deben ser las expectativas que construimos en nuestro imaginario de propósitos. En primer lugar, para crear nuestras expectativas apegadas al mundo de las posibilidades y realidades, debemos hacer introspección. También debemos evaluarnos endógenamente como sujeto, autoevaluar las condiciones del presente y tratar de arriesgarnos en forma gestionaría y honesta, hacia la incertidumbre del futuro. Siempre con el estandarte de la fe bien asegurado en nuestra sique.

De ahí que el individuo deba reconocer que las certezas (en la realidad), no son tales y que (en algunas ocasiones), la incertidumbre ataca, convirtiendo los procesos en ocurrencias subjetivas y colaterales, afectando las certezas de la objetividad científico-técnica.

El autoconocimiento nos dota de fundamentos científicos y técnicos, sin olvidar la incertidumbre, que nos arma de las alertas para enfrentarnos a los acontecimientos imprevistos, aquellos que la vida diaria nos va presentando a los seres humanos a través de los procesos.

El hombre cauto sabe, que aunque se evalúen los recursos con todos los criterios posibles, debemos andar nuestros pasos con la debida prudencia, basándonos en la pericia y el conocimiento humano, pero, con actitud espiritual, conociendo nuestras limitaciones.

Como no somos robots ni queremos serlo, debemos procurar la alineación de las posibilidades circunstanciales con la realidad, porque la circunstancia produce casualidades de categoría histórica. Al unir lo posible con lo flexible, nos colocamos en la realidad de tomar en cuenta el contexto y sus casualidades (con visión adaptable), para que puedan ajustarse ante las eventualidades de las circunstancias y el contexto. Ajustarse con nuestros propósitos.

Las expectativas deben ser orientadas hacia senderos posibles, porque las metas, sistematizadas en tareas y actividades, deben ser alcanzables más allá de la objetividad. Porque sabemos que la subjetividad necesita ser tomada en cuenta para prever las casualidades, en el proceso de desarrollo de los acontecimientos.

Debemos ajustarnos a la realidad, pero, tenemos que aprehendernos de que existen fuerzas inexplicables, que encierran casualidades y hacen que las expectativas realistas no sean alcanzadas, rompiendo todos los pronósticos científicos y técnicos.

Desde esa visión, tenemos en cuenta el misterio para reducir la frustración, porque muchas veces estamos alineados con las posibilidades estadísticamente medibles y logramos muy disminuidos nuestros propósitos.

Tener en cuenta el aspecto subjetivo de la casualidad, mejora nuestro bienestar, al entender, que al final de cuentas somos seres humanos. Ante estas posibilidades, debemos ajustarnos a esa realidad (somos falible), para no bajar la motivación y tomar de nuevo los procesos necesarios para alcanzar lo que nos proponemos lograr.

Y si no podemos, ajustarnos a la realidad de que la vida es una carrera de relevo y por esa razón, debemos trabajar sobre esa inexorable realidad.

Finalmente, al responder la pregunta del título de estas opiniones, el sujeto no debe ajustarse a la realidad, porque debe trascenderla.

Por: Francisco Cruz Pascual.

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