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12 de febrero 2026
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OpiniónJoaquín F. TaverasJoaquín F. Taveras

«El sonido del perejil”

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RESUMEN

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El lenguaje, que el hombre imagina dócil y propio, no es sino el instrumento cruel de su destino. No hay en él inocencia: toda palabra es un signo, y todo signo, una sentencia. La palabra ha sido, a través de la historia, utilizada como herramienta de control y opresión. Lo que se dice y, sobre todo, lo que no se puede decir, es la cifra última de la identidad, de la evolución de nuestros pueblos y civilizaciones.

Los dioses nos han impuesto muchas pruebas: el laberinto de Creta, la esfinge de Tebas, la biblioteca infinita de Babel. Pero la más terrible de todas es aquella que se pronuncia en un instante y decide la existencia y el fin. No es el verdugo quien elige a la víctima, es la lengua que titubea, la palabra que traiciona. Pero el verdugo no está exento de condena, y llega el día en que su propia lengua lo traiciona.

La Biblia anticipa esta trampa lingüística; en la saga de los efraimitas, cuando los soldados de la tribu de Efraín intentaban cruzar el río Jordán. Sus enemigos les pedían una prueba fonética fatal: articular la palabra “shibbóleth”, término hebreo que significa “espiga” o “torrente”. Si decían “sibbóleth”, incapaces de verbalizar correctamente el sonido "sh", eran identificados como efraimitas y ejecutados. En este episodio, 42,000 hombres fueron masacrados, más que por sus acciones, por su incapacidad de articular un fonema.

Este método de identificación letal se repite a lo largo de la historia. Durante la revuelta de los Vespri siciliani, en 1282, los sicilianos se rebelaron contra la dominación francesa. Para distinguir a los franceses que trataban de mezclarse entre la población, les mostraban garbanzos (“ceci” en italiano) y les pedían que los nombraran. La diferencia fonética delataba la identidad: en siciliano se pronuncia “chichiri”, mientras que los franceses, al no articular la “c” como los nativos, decían “shishiri”. Quienes no superaban la prueba de dicción eran ajusticiados in actu.

Los francófonos y creoloparlantes encuentran en la sonoridad de la R; española un obstáculo insuperable. De esta condena queda la memoria, transformada en símbolo trágico en el imaginario colectivo de los dominicanos, de la planta herbácea que se hizo emblema de la desgracia. En Dajabón, la lengua, convertida en filo de hacha, cortó más que palabras, y el verde del perejil se tiñó de sangre. Tal vez sea este el relato más sombrío de nuestra isla.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los holandeses utilizaban la palabra “Scheveningen” para identificar a los infiltrados alemanes, quienes no podían pronunciarla apropiadamente. Más recientemente, en los noventa, durante el genocidio de Ruanda, la pronunciación de ciertas palabras en kinyarwanda servía para diferenciar tutsis de hutus, lo que marcaba la discrepancia entre la vida y la muerte.

Podemos afirmar que el lenguaje está predeterminado y decretado por las Parcas, las diosas que moldean nuestro destino, y nuestras voces, el barro al que damos forma. En nuestra ilusión de elegir, son en realidad las palabras las que nos eligen a nosotros. Hay en nuestra voz una fatalidad más inexorable la de los astros: aquel que no puede pronunciar su propio nombre es, en esencia, un extranjero de su existencia. La historia humana es la historia de sus locuciones, el sonido del perejil. La última revelación es clara: verdugo y víctima comparten el mismo Fatum, vocablo que deriva del verbo  (hablar), pues llegará el instante en que una sola sílaba mal pronunciada los delate a ambos.
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por: Joaquín Fernando Taveras Pérez

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