RESUMEN
Hay personas cuyo pensamiento opera dentro de una estructura rígida, impenetrable, casi geométrica: son los llamados “cabeza cuadrada”. No se trata solo de una simple terquedad, sino de una resistencia sistemática al cambio, incluso cuando la razón es evidente o el argumento resulta irrefutable. Aunque entiendan perfectamente el fondo de un asunto, su orgullo les impide ceder, aceptar o replantear sus ideas si estas no han nacido de ellos mismos.
El “cabeza cuadrada” escucha, sí, pero no para comprender la idea del otro, sino para calcular cómo sostener su postura sin ceder ni un centímetro, y a lo mejor tomar la idea como suya en el futuro. Su mente, encerrada en esquinas duras y afiladas, no permite que las ideas fluyan con naturalidad. En lugar de abrirse al diálogo, sus pensamientos rebotan en ángulos cerrados, desviándose del análisis auténtico hacia posturas predecibles, casi automáticas.
Lo más inquietante es que este tipo de comportamiento no solo responde a un patrón de pensamiento, sino a una embriaguez del ego. Un narcisismo que le impide verse a sí mismo como falible. Necesita tener la razón, necesita imponerse, incluso si eso significa cerrar la puerta al entendimiento o empobrecer el debate.
Dialogar con un “cabeza cuadrada” es como intentar sembrar una semilla sobre concreto: no importa cuán fértil sea la idea, jamás encontrará tierra donde germinar.
Por: Jaime Bruno.
