RESUMEN
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Hay libros que envejecen; y hay libros que se convierten en lentes. «El Sha o la desmesura del poder», de Ryszard Kapuściński, pertenece a la segunda categoría. No es solo una crónica sobre la caída de Mohammad Reza Pahlaví: es una radiografía de lo que ocurre cuando el poder se aísla de su pueblo y cuando las potencias extranjeras confunden un país vivo con un tablero de ajedrez.
Hoy, cuando se vuelve a hablar de Irán como «problema» y se fantasea, desde ciertos sectores, con soluciones que van desde el cambio de régimen hasta la restauración monárquica, el libro de Kapuściński funciona como advertencia.
No solo explica por qué el pueblo iraní no quiere monarquía, sino también por qué los ataques bajo bandera falsa, las operaciones encubiertas y las campañas de demonización contra Irán son, además de inmorales, estratégicamente torpes.
La monarquía como trauma, no como nostalgia
Desde fuera, ciertos analistas occidentales se permiten una fantasía: que si se derrumbara la República Islámica, el pueblo iraní podría abrazar alguna forma de «nostalgia del Sha».
Esa lectura ignora que, para la mayoría de los iraníes, la monarquía no es un recuerdo dorado, sino un símbolo de humillación: desigualdad extrema, represión política y una dependencia casi servil de potencias extranjeras.
La Revolución Islámica no fue solo un giro religioso: fue un ajuste de cuentas con un régimen que había perdido toda legitimidad social.
Pretender hoy que la sociedad iraní desea «volver» a ese modelo es desconocer la profundidad de su memoria histórica.
Las mujeres iraníes: una realidad más compleja que el cliché
Uno de los errores más persistentes del discurso occidental es presentar a las mujeres iraníes como un colectivo sin agencia, sin derechos y sin presencia pública.
La realidad es otra: más del cincuenta por ciento del estudiantado universitario son mujeres; participan en profesiones altamente cualificadas —medicina, ingeniería, derecho, investigación—; tienen derechos políticos y capacidad de ser elegidas; y están presentes en la administración pública, el sector privado y la vida cultural.
Esto no significa que no existan restricciones legales o disputas sobre libertades individuales. Pero sí significa que la mujer iraní no es un sujeto pasivo ni un símbolo vacío al servicio de justificaciones intervencionistas.
Es un actor político y social con voz propia, que debate, protesta, negocia y transforma su entorno desde adentro. Reducirlas a víctimas absolutas es otra forma de borrarlas.
Irán no es un vacío: es una memoria
Uno de los errores recurrentes de Estados Unidos e Israel —y de buena parte del discurso mediático occidental— es tratar a Irán como si fuera un país sin historia; una especie de casillero geopolítico donde se puede proyectar cualquier fantasía: el Irán «a punto de colapsar», el Irán «que solo espera una señal de Occidente para liberarse».
Kapuściński muestra otra cosa. Irán es una sociedad atravesada por memorias largas: recuerda el golpe de 1953, recuerda la dictadura del Sha, recuerda la guerra con Irak, recuerda las sanciones.
Esa memoria no desaparece porque cambie el hashtag del momento. Por eso, cuando se produce un ataque bajo bandera falsa, una operación encubierta o una campaña de demonización, la población no interpreta que «Occidente trae libertad», sino que «otra vez nos quieren humillar».
Y ante la humillación externa, incluso los sectores más críticos del régimen tienden a cerrar filas con el Estado.
El error estratégico del engaño
Creer que una operación encubierta debilita al régimen iraní es una ilusión peligrosa. A corto plazo puede generar tensión; a mediano plazo, fortalece la narrativa oficial de que Irán está asediado por enemigos externos.
Eso legitima la represión interna y desacredita a cualquier oposición que parezca alineada con agendas foráneas.
Kapuściński lo vio con claridad: un poder percibido como títere de fuerzas externas está condenado.
República Islámica ha aprendido esa lección y la ha invertido: se presenta a sí misma como última barrera frente a la injerencia extranjera. Cada operación de desestabilización le regala un argumento nuevo.
El pueblo iraní quiere cambio, no tutores
Confundir el rechazo a la monarquía con apoyo incondicional al régimen actual es tan erróneo como confundir las protestas internas con un deseo de intervención extranjera. La sociedad iraní es compleja, contradictoria, viva.
Lo que se percibe, con mayor claridad en cada ciclo de movilización, es un deseo de dignidad soberana: poder transformar el propio sistema sin que el cambio llegue empaquetado en forma de bombardeos, sanciones o agentes encubiertos.
Las mujeres —educadas, presentes, activas— son una parte central de esa vitalidad. No son la excusa del cambio; son sus protagonistas.
Leer a Kapuściński para dejar de mentirse
Volver a «El Sha o la desmesura del poder» hoy es un acto de higiene intelectual.
El libro obliga a mirar de frente tres cosas incómodas: que la monarquía iraní fue un régimen de desmesura y dependencia externa; que la sociedad iraní —incluidas sus mujeres— tiene agencia, memoria y capacidad de transformación propia; y que los ataques engañosos no traen democracia, sino más resentimiento y más autoritarismo.
Si de verdad se quiere un Irán más libre, el punto de partida no puede ser la mentira ni la nostalgia del Sha. Tiene que ser el reconocimiento de algo básico: los iraníes no necesitan tutores, necesitan respeto.
