En tiempos donde la exposición pública se ha vuelto una moneda de cambio, las redes sociales han potenciado un fenómeno preocupante: la obsesión por ser “el primero” en todo. Ya no se trata de competir sanamente o de destacar por méritos, sino de imponerse sin importar los medios, muchas veces a costa del respeto, la ética y la verdad.
El sentido de pertenencia, que debería fortalecer los vínculos sociales, se ha transformado en un cáncer que corroe la sana convivencia. Muchos buscan ser vistos, reconocidos o aplaudidos, aun sin poseer la formación, el talento o la preparación necesaria. Prefieren manipular o desacreditar antes que trabajar con esfuerzo y disciplina.
Vivimos en una era donde la imagen supera la esencia, y donde los “likes” y los “views” se confunden con títulos universitarios o credenciales profesionales. Lo más alarmante es que, detrás de esta falsa sensación de éxito, se esconden frustraciones, vacíos emocionales y una peligrosa pérdida de valores.
El respeto por lo bien hecho parece estar en vía de extinción. Son muchos los que, en lugar de admirar a quienes han alcanzado logros legítimos, prefieren atacarlos o intentar opacarlos. Sin embargo, la clase no se improvisa ni la calidad se finge: se construye con tiempo, con ética y con amor por lo que se hace.
Ser el primero no implica destruir a los demás, sino trabajar con humildad y constancia para alcanzar las metas. Lo que hoy la sociedad necesita no es más ruido ni aparataje, sino ejemplos de superación real, de compromiso, de responsabilidad y de educación.
Mientras no entendamos que la verdadera grandeza está en servir y no en aparentar, seguiremos viendo cómo este falso sentido de pertenencia destruye los pilares de la convivencia humana.
Por Lincoln Minaya
