RESUMEN
Hoy el presidente Luis Abinader habló claro.
Y eso, en este país, ya es noticia… porque él no suele hablar así, ni siquiera cuando tiene que explicar la solicitud de un préstamo.
No estaba hablando de la nueva cédula, ni de los tantos problemas internos que tenemos en nuestro país. Esta vez nos habló de cosas más profundas. Nos habló claro y directo, algo que para empezar ya es lo suficientemente raro.
No maquilló nada y nos dijo, como decimos en buen dominicano, claro y pelao: que tendremos que hacer sacrificios.
Sí. Una palabra que, a mi entender, en mi país siempre suena igual, aunque cambie de contexto.
Sacrificio… la dijo el presidente sin maquillar.
Que la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel nos va a afectar. Aunque nosotros no recibamos ningún misil, no lidiemos con ninguna bomba, ni tengamos vela en ese entierro. Dijo que vendrán aumentos, que habrá presión, que vamos a tener que (ajustarnos).
Yo, cuando escucho esto, no me sorprendo. En nuestro país el que siempre se ha tenido que ajustar es el pueblo. Cada vez que pasa algo allá afuera, el golpe se siente aquí adentro. Sin misiles y sin nunca estar dentro de la guerra, pero con algo más grande.
La gasolina más cara.
La compra por la mitad.
La luz que, aunque casi no llega, igual llega cara.
Entonces, tratando de ser empática como siempre, intento verlo desde el punto de vista técnico: que el petróleo subió, que es un choque externo global, que no depende del gobierno.
Y probablemente sea verdad. Pero hay algo que me sigue haciendo ruido: una cosa es explicar y otra muy diferente es justificar.
Porque el problema no es que la crisis no la manejemos nosotros y venga de fuera, como muchos otros países. El problema, por lo menos aquí, es que siempre se paga igual.
La clase media se ve en aprietos.
Los pobres se asfixian.
Y el sistema se readapta.
El presidente lo dijo más claro que el agua: esos sacrificios que se vienen son inevitables.
Mi descontento es que esos sacrificios inevitables ya tienen nombre y apellido, como siempre.
Nunca es el Estado ni sus servidores los que reducen sus gastos, sus botellas, sus bonos, sus beneficios. Nunca es el gasto innecesario el que desaparece. Nunca son sus privilegios los que se cuestionan.
Eso sigue igual… o aumenta.
Es siempre la gente.
La que deja cosas en su carrito de supermercado.
La que tiene que decidir si prende el aire o mejor el abanico, aunque se esté muriendo del calor.
La que se tiene que acostumbrar a vivir con menos, porque los sueldos no suben, pero el costo de la vida sí.
Ahí radica mi molestia. No en la guerra, no en el petróleo, ni siquiera en su discurso, porque técnicamente tiene razón.
Molesta esa sensación repetida de que, no importa lo que pase en el mundo, el sacrificio ya tiene destinatario.
El bolsillo de quien no decide nada.
El pueblo dominicano es basto en resiliencia. Ha demostrado toda una vida que sabe resistir.
Lo que no me queda claro es hasta cuándo debe seguir siendo el único que lo hace.
No te dejes engañar: ese sacrificio ya tiene dueño.
Y nunca es el mismo que lo anuncia.
Por Ann Santiago
