El relevo no es opcional

Por HERNÁN PAREDES Domingo 26 de Marzo, 2017

La forma tradicional de hacer política en la República Dominicana es una bestia herida de muerte que agoniza desde hace años y pareciera ser a veces que nos auto-engañamos respecto a ello. La clase política es acusada por el ciudadano común de todos los males ocurridos sobre la faz de la tierra, y solo unos pocos se percatan del gran peligro que representa para la democracia que la gente pierda la fe en sus instituciones políticas.

Los partidos políticos constituyen el medio para que diferentes formas de pensar sobre cómo conducir la sociedad compitan por el derecho de convertirse en realidad a través de ejecutorias de Estado, y por tanto, su existencia garantiza que la lucha de grupos por el poder para imponer su punto de vista sobre otros se mantenga dentro los parámetros de una competencia relativamente civilizada.

En esta dinámica dialéctica donde la antítesis enfrenta la tesis para parir, a veces con mucho dolor, una síntesis, es fundamental que todos los actores sientan que participan realmente en el proceso, y más importante aún, deben sentir que el proceso es real, sino se corre el riesgo de que el juego se quede sin jugadores, pero cuidado, ya que como decía Winston Churchill “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás.”

Y es que el juego democrático no solo debe ser jugado, los participantes deben respetar y hasta de vez en cuando revisar y mejorar los controles que garanticen que el mismo sea sostenible en el tiempo. La historia del homo-sapiens nos dice que cuando los seres humanos llegan a un consenso para darle valor a algo que no lo posee intrínsecamente, ese valor se hace real en la mente del colectivo universal, como es el caso del “dinero” o del ente conocido como “persona jurídica”.

Así mismo hemos creado la democracia, la cual es un sistema socio-político que implica seguir un conjunto de reglas sobre las cuales nos hemos puesto de acuerdo, sin embargo, los grupos hegemónicos dentro la mayoría de los partidos pretenden a veces saltarse o desdoblar esas reglas democráticas en su funcionamiento interno, por la noble tarea de un pragmatismo exagerado que ya está pasando factura, y una muy cara, por cierto.

Las crisis que han atravesado los partidos mayoritarios en los últimos 10 años no es casual, son los síntomas de una enfermedad profunda, una enfermedad producto no solo de irrespetar las reglas del sistema, sino también por posponer su adaptación según han venido cambiado los tiempos. Las cúpulas de los partidos se acomodan en un estado de situación donde unos pocos imponen su criterio a cientos de miles en las bases partidarias, obviando algo fundamental, si esas bases dejan de creer esa figura jurídica llamada partido, entonces el valor asignado por el colectivo universal a dicha herramienta dejaría de existir, y si esto ocurre, pueden empezar a elaborar el panegírico correspondiente.

El relevo generacional se acerca y no es opcional. Así que tenemos dos alternativas, una es que este sea gestionado y/o planificado inteligentemente, o por el contrario, que sea caótico y descontrolado, y creemos que entre estas dos opciones, evidentemente la última daría como resultado un monstruo peligroso para la democracia. Mientras tanto, el reloj biológico no perdona a nadie, y hasta los grandes líderes históricos de los partidos tradicionales cayeron presas del mismo, por lo que la alta dirigencia de los partidos debe comenzar olvidarse un poco de sus liderazgos individuales y empezar a pensar seriamente en garantizar la preservación del legado político de sus organizaciones, y recordarles lo siguiente:

“La gente joven está convencida de que posee la verdad. Desgraciadamente, cuando logran imponerla ya ni son jóvenes ni es verdad.” Jaume Perich.