RESUMEN
«La intervención armada en Venezuela no es solo un crimen contra un país: es la sentencia de muerte del sistema multilateral y el retorno a la ley de la selva.»
I- Introducción
El Momento Bisagra
El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses secuestraron al presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, en una operación militar que viola todos los principios del derecho internacional. No estamos ante un golpe de Estado interno. No se trata de una revuelta popular que derrocó a un gobierno. Estamos ante el secuestro de un jefe de Estado soberano por una potencia extranjera, ejecutado con la frialdad de una operación policial contra un delincuente común.
En menos de un año de su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha ordenado bombardeos en siete países. Venezuela representa el caso más grave: aquí no solo se bombardeó territorio soberano, sino que se secuestró al presidente en ejercicio de una nación. Es un acto sin precedentes en la historia moderna de las relaciones internacionales.
Este no es un acto aislado ni una «operación humanitaria», por más que Washington intente vestirlo con el lenguaje de la «liberación». Es la culminación de un patrón histórico de intervenciones que sistemáticamente destruyen naciones en nombre de valores que la misma intervención pisotea. Pero esta vez la violación es tan flagrante, tan descarada, que marca un antes y un después: el día en que el orden internacional basado en reglas dejó de existir.
Para nosotros, dominicanos, que fuimos intervenidos militarmente dos veces en el siglo XX —ocupados entre 1916 y 1924, invadidos nuevamente en 1965—, esta noticia no puede sernos ajena. Conocemos en carne propia lo que significa la bota extranjera en suelo nacional, las promesas de «ayuda» que terminan en ocupación, el discurso humanitario que encubre el despojo. Venezuela hoy es el espejo donde vemos reflejado nuestro propio pasado traumático. Y ese espejo nos advierte sobre el futuro de cualquier nación pequeña o mediana en un mundo donde la fuerza vuelve a ser el único argumento.
II- El Patrón Que Nos Advirtió
Lo ocurrido en Venezuela no cayó del cielo. Es el capítulo más reciente de un libro sangriento que lleva más de un siglo escribiéndose, página tras página, intervención tras intervención, ruina tras ruina.
Los Estados Unidos han intervenido, de una u otra forma, en la soberanía de decenas de países a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI. Desde las ocupaciones militares de México en el siglo XIX, del Caribe en las primeras décadas del siglo pasado, pasando por los golpes de Estado orquestados durante la Guerra Fría en naciones como Irán (1953), Guatemala (1954), Chile (1973) o la propia República Dominicana —intervenida dos veces en el siglo XX (1916-1924 y 1965)—, hasta las invasiones masivas del siglo XXI como Afganistán (2001) e Irak (2003), o el derrocamiento por bombardeo de Libia (2011). Este patrón ha sido un consenso bipartidista en Washington, demostrando que es una política de Estado, no de un partido.
Cada vez, el discurso es el mismo: esta intervención es diferente, es necesaria, es humanitaria, traerá democracia y desarrollo. Y cada vez, los resultados desmienten el discurso con una terquedad que solo la historia puede sostener.
Es cierto que existen casos presentados como «exitosos»: Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Pero estos son casos atípicos, producto de una ocupación total tras una conflagración mundial, una inversión económica sin precedentes (el Plan Marshall: Programa de ayuda económica de EEUU, reconstruir y contener el comunismo tras la Segunda Guerra Mundial), y un contexto geopolítico único marcado por el inicio de la Guerra Fría. Son casos irreplicables que funcionan más como espejismo que como modelo.
La realidad del Sur Global es radicalmente distinta. En Irak, la invasión de 2003 transformó un Estado funcional —aunque dictatorial— con infraestructura y servicios públicos en un Estado fallido sumido en el sectarismo, la violencia perpetua y la injerencia de potencias regionales. La «democracia» prometida es frágil en el mejor de los casos, y el costo en vidas civiles supera el millón de muertos.
En Libia, la intervención de 2011 convirtió un país con altos índices de desarrollo humano en un territorio desintegrado donde operan mercados de esclavos y milicias compiten en una guerra civil sin fin. El caos libio se exportó a toda la región del Sahel (Áreas africanas a orillas del desierto de Sáhara), desestabilizando países enteros. En Afganistán, tras veinte años de ocupación y más de dos billones de dólares gastados, el proyecto colapsó en setenta y dos horas cuando las fuerzas estadounidenses se retiraron, demostrando la imposibilidad absoluta de imponer sistemas políticos desde el exterior mediante la fuerza.
Cada una de estas intervenciones fue presentada como «excepcional», «humanitaria», «la última necesaria». Todas dejaron ruinas. Venezuela era la siguiente víctima anunciada. Ahora es la víctima consumada.
III- Venezuela: Anatomía de un Crimen Internacional
1- El Crimen y sus Dimensiones Jurídicas
El secuestro de Nicolás Maduro constituye una violación múltiple y flagrante del derecho internacional. En primer lugar, quebranta el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe explícitamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. También viola la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, que establece la inviolabilidad de los representantes de Estado. Según el Estatuto de Roma que rige la Corte Penal Internacional, constituye un crimen de agresión, uno de los más graves del derecho internacional.
Pero más allá de los tratados violados, existe un precedente que conviene resaltar: ni siquiera en los peores momentos de la Guerra Fría, cuando el mundo estuvo al borde de la aniquilación nuclear, las superpotencias secuestraban presidentes en ejercicio de naciones soberanas. Había líneas rojas, por más que se violaran otras normas. Esas líneas acaban de borrarse.
El contexto hace este crimen aún más revelador. En menos de un año, la administración Trump ha bombardeado siete países, estableciendo un patrón de impunidad acelerada. La retórica belicista contra Venezuela lleva años —»todas las opciones están sobre la mesa» se repitió hasta el cansancio—, pero fue precedida por una guerra económica brutal: más de seiscientas medidas coercitivas unilaterales diseñadas para asfixiar al país, para crear las condiciones de crisis que luego justificarían la «intervención humanitaria». Es el manual de siempre, pero ejecutado con una descarga sin precedentes.
2- Las Consecuencias Inmediatas
Dentro de Venezuela, la situación es de crisis constitucional absoluta. El vacío de poder creado por el secuestro del presidente genera riesgos inminentes de fragmentación y violencia interna. El pueblo venezolano, que ya sufría bajo el peso de las sanciones económicas, se encuentra ahora convertido en rehén de una crisis que no creó, impuesta desde Washington con la arrogancia de quien cree tener derecho divino sobre el destino de otras naciones.
En el plano internacional, hemos visto un repudio masivo pero reveladoramente impotente. Decenas de países han condenado la intervención, pero las condenas son retóricas. La ONU está paralizada, como era previsible, por el veto que Estados Unidos ejerce en el Consejo de Seguridad. La brecha entre la condena verbal y la acción efectiva expone la debilidad terminal del sistema multilateral: cuando el violador de las reglas es precisamente quien tiene poder de veto para bloquear cualquier consecuencia, el sistema deja de ser un sistema para convertirse en una farsa.
La reacción geopolítica ya está en desarrollo. Rusia, China e Irán han expresado su posicionamiento, y no será solo retórico. La tensión se traslada inmediatamente a otros teatros de conflicto: Ucrania, el Estrecho de Taiwán, Medio Oriente. El efecto dominó es inevitable. Y el mensaje implícito llega alto y claro a todos los países medianos del planeta: cualquiera puede ser el siguiente.
3- El Mensaje al Mundo
Lo ocurrido en Venezuela envía tres mensajes devastadores al sistema internacional.
Primero: ya no hay reglas. Si se puede secuestrar impunemente al presidente en ejercicio de un país soberano, cualquier principio del derecho internacional es violable. La Carta de la ONU, los tratados, las convenciones, todo el edificio normativo construido tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que la humanidad repitiera sus peores horrores, acaba de ser declarado papel mojado.
Segundo: hemos regresado a la ley del más fuerte. El multilateralismo de posguerra, con todos sus defectos e hipocresías, intentaba al menos establecer que las disputas entre naciones debían resolverse mediante mecanismos legales y diplomáticos. Ese experimento ha terminado. Bienvenidos a un mundo hobbesiano (Situación sin leyes ni autoridad),… donde la fuerza bruta es el único argumento que cuenta.
Tercero: se ha abierto la caja de Pandora. Si Estados Unidos puede secuestrar al presidente de Venezuela sin consecuencias, ¿qué impide ahora a Rusia hacer lo mismo con un líder europeo que le incomode? ¿Qué detiene a China de actuar de forma similar en su esfera de influencia? El precedente está establecido. Las potencias del mundo han tomado nota.
IV- Lo Que Viene: Proyecciones Desde el Patrón Histórico
Para Venezuela, el escenario probable no es la «reconstrucción democrática» prometida en los comunicados de Washington. La historia enseña otra cosa. Lo que viene es fragmentación estilo Libia o Irak: luchas de poder internas, violencia sectaria, colapso de servicios básicos. El verdadero objetivo —el control de las mayores reservas de petróleo del planeta— se hará evidente una vez que caigan los velos del discurso humanitario. Generaciones enteras de venezolanos quedarán traumatizadas, su desarrollo detenido por décadas.
Para América Latina, las consecuencias son inmediatas y devastadoras. La crisis migratoria, ya seria, alcanzará proporciones exponenciales. La desestabilización regional está garantizada: Colombia, Brasil, el Caribe entero sentirán el impacto. El sueño de integración latinoamericana, ya débil, recibe su golpe mortal. La doctrina Monroe (James Monroe, USA, 1823)—América Latina como «patio trasero» de Estados Unidos— regresa en su versión más brutal y descarnada.
Para el sistema internacional, lo ocurrido marca el fin del orden basado en reglas que emergió de Bretton Woods (EEUU, allí se tomaron todos los acuerdos económicos post segunda mundial) y la Carta de la ONU. La agresión directa queda normalizada como herramienta legítima de política exterior. La escalada en todos los teatros de conflicto es inevitable: si no hay consecuencias para violar la soberanía venezolana, no habrá freno para violar cualquier otra. Entramos en una nueva era de «guerras preventivas» sin límites ni rendición de cuentas.
Y existe una paradoja brutal que merece atención: violar la soberanía de una nación «en nombre de la democracia» destruye el concepto mismo de democracia. ¿Cómo puede haber democracia genuina impuesta a punta de bayoneta? ¿Cómo puede un país desarrollar instituciones legítimas bajo ocupación extranjera? La contradicción no es accidental: es constitutiva. Y le regala a los regímenes autocráticos del mundo la munición perfecta: «Miren la hipocresía occidental, miren cómo el discurso de derechos humanos no es más que propaganda para justificar el saqueo».
V- Conclusión:
La Encrucijada Civilizatoria
Lo ocurrido en Venezuela no es solo una tragedia para los venezolanos, aunque ciertamente lo es, y profundamente. Es una tragedia para la especie humana. Marca el día en que el experimento histórico de construir un orden internacional basado en leyes y no en la pura fuerza bruta recibió, posiblemente, su golpe mortal.
El patrón histórico se ha cumplido con precisión implacable. Guatemala nos advirtió. Irak nos advirtió. Libia nos advirtió. Ahora Venezuela confirma lo que la historia viene gritando hace décadas: no existe el «esta vez es diferente». No hay intervención benigna. Solo hay sangre, caos y décadas perdidas.
Como dominicanos que cargamos las cicatrices de 1916 y 1965, entendemos mejor que nadie lo que Venezuela enfrentará en los años venideros. Sabemos lo que significa ver tropas extranjeras patrullar tus calles, lo que cuesta recuperar la dignidad nacional después de que te la arrebatan a punta de rifle. Nuestro deber moral es no guardar silencio ante la repetición de ese horror.
Me asalta un fuerte presentimiento sobre el futuro de Estados Unidos. Sospecho que mis nietos y mis bisnietos sabrán —por los libros de historia, por los escombros del poder y por la memoria crítica de los pueblos— que alguna vez existió un imperio llamado Estados Unidos de Norteamérica. Un imperio que hizo de la ignorancia una política de Estado, del desprecio al pensamiento una virtud pública y de la fuerza bruta su principal argumento. Incapaz de comprender su tiempo y de adaptarse a la historia, terminó como el dinosaurio: desapareciendo, no por falta de fuerza, sino por la inutilidad de su arrogancia.
Pero ese futuro lejano no nos exime de responsabilidad en el presente inmediato. La comunidad internacional debe comprender que la condena retórica sin acción efectiva es complicidad disfrazada de protesta. Los organismos multilaterales —la ONU, la OEA, todos— enfrentan su momento de verdad: si no actúan ahora, si no encuentran formas de imponer consecuencias reales, estarán admitiendo su propia irrelevancia terminal. Los pueblos del mundo debemos entender que la solidaridad auténtica con Venezuela exige denuncia sin ambigüedades, sin cálculos geopolíticos que relativicen el crimen. Y la historia deberá registrar quién defendió el derecho internacional en este momento crucial y quién prefirió el silencio cómplice.
El secuestro de Maduro no es el fin de la historia de Venezuela. Es potencialmente el principio del fin de la única barrera que separaba a la humanidad de un nuevo siglo de guerras imperiales sin freno. Si esto queda impune, no habrá país pequeño o mediano que pueda dormir tranquilo. El derecho internacional habrá muerto. Y con él, la última esperanza de un mundo civilizado donde la ley, y no la fuerza bruta, sea el fundamento de la convivencia entre naciones.
La encrucijada es clara: o el mundo reacciona ante este crimen con consecuencias reales, o admitimos colectivamente que hemos regresado a la selva. No hay tercera opción.
Colofón:
Las cifras, aunque disputadas, son elocuentes y el balance histórico, abrumador: según varias fuentes consultadas, cerca de 400 intervenciones militares documentadas desde el siglo XIX, con más de la mitad ejecutadas después de 1950, y decenas de golpes de estado orquestados desde Washington han redibujado el mapa político mundial. América Latina concentra el 34% de estas intervenciones, consolidándose como el patio trasero histórico del imperio.
La República Dominicana no es caso aislado sino paradigma: ocupada militarmente en 1916 y nuevamente intervenida en 1965, comparte con Cuba, Nicaragua, Haití y Guatemala el estigma de soberanías violentadas sistemáticamente, países sometidos a intervenciones múltiples que revelan un patrón de dominación recurrente.
Tras este extenso despliegue de fuerza, yace una cifra oscura y monumental: solo en las guerras posteriores a 2001, se contabilizan 4.5 millones de muertes, mientras investigaciones más exhaustivas sitúan el costo humano total del siglo XX y XXI en decenas de millones de vidas. Ambos partidos políticos estadounidenses comparten esta responsabilidad histórica: republicanos y demócratas han iniciado conflictos con regularidad casi idéntica. Más allá de los números exactos, este es el legado incontrovertible de una hegemonía cuyo impacto perdura y que interpela permanentemente no solo la retórica democrática estadounidense, sino la complicidad silenciosa de las instituciones internacionales que han normalizado estas violaciones sistemáticas del derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos.
Por Valentín Ciriaco Vargas
