El protagonismo político

Por Aneudy Ramírez Núñez martes 26 de septiembre, 2017

Basta con esperar la llegada de una catástrofe o siquiera avecinarse o tal vez asomarse a la ventana de nuestro país para ver a seudo políticos, aspirantes a la política y políticos de larga data preparar sus cañones (cámara en mano y asesor de imagen para algunos) para la pasarela artística en el devenir de la desgracia ajena e ir a solidarizarse con la intención de enseñarnos su compromiso con la gente.

Los primeros se creen políticos cuando nunca han pisado una escuela de formación aunque la realidad sea que para ser un actor político tiene un joven político  primero que ser un actor social ya que la una sin la otra no puede dejar de existir. Estos son los que motivados por el figureo están en el lugar de los hechos con el propósito de llenar su ego de narcisismo político. Lo social y lo político coexisten y se desarrollan de forma unísona pero el actor social para ser político tiene que, obligatoriamente, formarse y capacitarse.

Los segundos, algunos con formación y otros no pero con una hoja de trabajo social constante, emulan con sus hechos el tradicionalismo político del populismo y el clientelismo para seguir captando adeptos para sus propósitos políticos. Son esos con hambre y sed de poder que han vivido  la sombra de quienes ostentan el poder y han sabido ser discípulos de los malos comportamientos de aquellos que nos han gobernado en los últimos cuarenta años. Son esos los que están llamados a realizar los cambios que requiere nuestra sociedad y que son replicados por discursos baratos y hechos que le han de costar muy caro a nuestra sociedad.  Sobre estos, que procuran día a día formarse y capacitarse para dar un mejor servicio a la nación, recae el compromiso de ir sustituyendo una clase política apática, derrochadora de los recursos del estado e indiferente a los problemas básicos y comunes.

Este sabe perfectamente que un político, por sus características propias, decide dedicar sus esfuerzos al logro de un orden social y al bien común. Estos son los que creen en el liderazgo emergente y en una participación activa de la juventud en los grandes temas  nacionales pero que se pierden en los laberintos de la confusión.

Los últimos son aquellos a los que varias generaciones estamos acostumbrados a asentir sus hechos involuntariamente por imposiciones legales. Los que han hecho las leyes que nos han regido en los último treinta años. Esos que aprendieron de la escuela balaguerista el juego inquisidor de pertrechar la pobreza y jugar con ella. Los que dominan los escenarios de la demagogia y el electoralismo.

Son ellos los que deciden bajo atrincheramientos comunes quienes se beneficiaran de las riquezas del estado. Son ellos los principales protagonistas del hambre y la miseria. Los que ante una hecatombe salen a salvar a los agraviados del dolor y la calamidad. Verlos posar en las ruinas con gran sonrisa ante la Mirada fúnebre de los que sufren. No les conduele el escenario ni las exigencias de los personajes principales porque ellos son el centro de atención y atracción que no puede quedar en el anonimato.

Ver semejante cuadro de egoismo nos lleva a pensar que el protagonismo político es mas importante que el humanismo consagrado.

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