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16 de febrero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

El profeta y la envidia

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RESUMEN

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• Porque la universidad es otra cosa

Yo llamo un hombre de Dios a toda persona, sin importar el sexo, que pregona con una connotación exuberante, que Dios es la verdad y que debe ser seguido. El profeta no se define por la institución que lo avala, ni por el púlpito desde el cual habla, sino por la autenticidad con que comunica la Palabra y la coherencia de su vida.

La última prédica del Papa León XVI —a quien, por mis antecedentes verbales, he de considerar un hombre de Dios— versó sobre los graves efectos que representa la envidia en las relaciones humanas. La envidia, como sombra constante, mina los vínculos, hiere la confianza y distorsiona la visión de la justicia. Es un sentimiento que se disfraza de crítica constructiva o de aparente celo moral, pero en el fondo corroe tanto al que la padece como al que la recibe.

El profeta, en este contexto, se convierte en un testigo incómodo: denuncia, no desde la superioridad, sino desde la certeza de que la envidia destruye la fraternidad y el reconocimiento del otro como hijo de Dios. Allí radica su misión: recordarnos que nadie está por encima del bien común y que la grandeza espiritual no admite comparaciones malsanas.

En la universidad de la vida, donde cada día se aprende a convivir con la diferencia, la envidia es el examen más difícil de superar. No se trata solo de reconocerla en el otro, sino de aceptarla en nosotros mismos y aprender a desarmarla con humildad, gratitud y fe.

Porque, al final, como enseñó el Papa y como repiten los profetas de ayer y de hoy, la envidia es la negación del amor. Y si el amor es el camino de Dios, el profeta nos invita a erradicar la envidia para poder andar por él.

Por Pablo Valdez

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