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12 de febrero 2026
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OpiniónAnn SantiagoAnn Santiago

El primer paso de borrar un pueblo es llamar demonio a sus ancestros

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RESUMEN

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Llamar demonio a lo que te precede no es una idea nueva; es una estrategia vieja, sucia y efectiva. Empieza con una palabra —“paganos”, “idolatría”, “demoníaco”— y termina con la mano que arranca un mural, el decreto que prohíbe un tambor o la escuela que ya no enseña los nombres que nos daban antes de la cruz. Lo que parece un gesto de fe, muchas veces es el primer martillazo en la memoria.

En Sosúa quisieron sacar a Atabey del agua. No porque dañara la bahía, no porque fuera un peligro para la vida marina; la acusaron de “demoníaca” y la condena fue administrativa, mediática, simbólica. Y así es como funciona: se criminaliza la historia para que la gente deje de verla, y cuando nadie la mira, es fácil borrarla. El fanatismo no pelea con la escultura; pelea con la idea de que hubo otros dioses, otros nombres, otras maneras de entender el mundo que no encajan en su verdad única.

Lo peligroso del gesto no es solo la estatua. Lo peligroso es la lección que deja: que es legítimo arrancar lo incómodo. Hoy es una estatua, mañana será un altar, pasado mañana un barrio donde ya no suenan los tambores. Cuando un sistema de creencias impone su censura con la autoridad del miedo, lo que hace es vaciar un pueblo de su tejido: historias, palabras, ritos, sabores, formas de mirar el mar. Nos convierten en un pueblo sin eco.

La memoria popular no vive en los libros oficiales; vive en las piedras, en las playas, en los nombres que resistieron siglos. Y la memoria necesita defensores. Los que gritan “herejía” desde un púlpito rara vez se arremangan para limpiar la basura que contamina la costa; prefieren señalar fantasmas donde hay cultura viva. Eso nos debilita como comunidad: distrae nuestras urgencias ambientales, económicas y sociales hacia peleas simbólicas que no alimentan a nadie.

No estoy pidiendo ni promoviendo idolatrías. Estoy pidiendo respeto. Respeto por lo que nos antecede aunque no lo compartas. Respeto por las huellas que forman la identidad colectiva. Una sociedad que se permite desenterrar y borrar a sus ancestros a golpe de sermón está condenada a perder el mapa de quién fue y, por tanto, quién puede llegar a ser.

El primer paso para borrar a un pueblo es simple y elegante: le pones una etiqueta moral a su pasado y la gente, por temor o por comodidad, guarda distancia. El segundo paso es administrativo: un concejo, una orden, una pala. El tercero es el más letal: la indiferencia. Y la indiferencia mata más que cualquier decreto.


Por Ann Santiago

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