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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

El poeta Rafael Abreu Mejía: a 16 años de su partida

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RESUMEN

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«Con la mano de Rafael la luz abre un paréntesis que se convierte en arcoiris».

TOMÁS CASTRO

En la tarde del viernes 6 de mayo de 2004 el poeta y gran ser humano Rafael Abreu Mejía partió hacia ese remoto lugar del que jamás regresará para encantarnos con sus haikus. Es decir, hace 16 años. Miembro de una familia de destacados intelectuales —a la que pertenecen Rafael Abreu Licairac (su abuelo), Félix Evaristo Mejía, Abigail Mejía de Fernández, Abel Fernández Mejía y Marcio Mejía Ricart, entre otros—, nació en la ciudad de Santo Domingo el 4 de febrero de 1939, abriendo un paréntesis de luz que no cerraría jamás…ni aún con su muerte.

Abreu Mejía fue uno de los fundadores —junto a los poetas Mateo Morrison, Enrique Eusebio, Alexis Gómez y Soledad Álvarez— del grupo cultural «La Antorcha» (1967). En la historia de la literatura dominicana su nombre está registrado dentro de la denominada Promoción Literaria de Post-Guerra, segunda oleada de la Generación del 60. De 1968 —año en que publica su primer texto poético— a 1974 lleva a cabo una vigorosa actividad editorial en colaboración con los escritores Juan Sánchez Lamouth, Mateo Morrison, Antonio Lockward Artiles y Héctor Amarante. Bajo su responsabilidad, como meticuloso artista gráfico, son editadas numerosas obras literarias de la autoría de varios de los integrantes de la citada generación literaria.

 

Cuando en 1971 publica su poemario La luz abre un paréntesis: homenaje a los Héroes del 14 de Junio la crítica de arte del momento, Marianne de Tolentino, desde las páginas del suplemento cultural La Gaceta Literaria Auditorium, del periódico Listín Diario, opina así: «…seduce desde la primera ojeada a la portada y sus versos implican sensibilidad, convicción y fuerza». Esa sensibilidad, esa convicción y esa fuerza —como innegables cualidades de su ser más profundo— habrían de mantenerse presente en su posterior producción poética.

Abreu Mejía era un admirador fascinado de la poesía oriental. Podríamos decir que él es el poeta dominicano que de manera más fervorosa, apasionada, se ha dedicado a cultivar la poesía de corte oriental, específicamente el haiku.

Es un poeta en gran medida inédito, pues su abundante producción poética no ha recibido la debida atención por parte de los críticos y reseñadores literarios, por lo que aún no ha sido valorada con sentido de justicia. Su obra poética merece, por su calidad, un estudio calmado y minucioso, ya que hay en ella una honda y constante preocupación por todo lo que atañe al hombre.

Una muestra importante de la producción poética de Rafael Abreu Mejía se encuentra dispersa en suplementos culturales y antologías literarias: más de setenta textos poéticos, publicados de 1968 a 1992. En este último año rompe un silencio literario que había iniciado en marzo de 1979. Sobre ese silencio el poeta escribe:

«No estaba muerto  estaba entre los surcos cultivando el silencio».

Es, su poesía, una búsqueda desesperada, pero mansa, en las profundidades e interioridades inextricables de la conciencia humana. Fue un poeta torrencial, natural, vivencial, sincero y, sobre todo, humano.
El grado de elevación espiritual alcanzado por Rafael Abreu Mejía y su sorprendente comunión con la naturaleza, razón de ser de su poesía de corte oriental, quedaron evidenciados al hacer triste entrada al camposanto el cortejo fúnebre: allí, como una corona de luces multicolores, esperaba hermosamente imponente un arcoiris, que luego desapareció al descender el féretro en las fauces frías de la tierra…como si acaso ese fenómeno de luz decidiera guiar el alma de nuestro poeta hacia el infinito.

Rafael Abreu Mejía permanecerá siempre vivo en la memoria de aquellos que lo quisimos y supimos valorarlo como ser humano y como poeta.

 

Por Miguel Collado

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