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12 de enero 2026
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OpiniónNidia PaulinoNidia Paulino

El poder, los errores del equipo y la responsabilidad de quien gobierna

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El ejercicio del poder nunca es solitario. Gobernar un país no es demostrar perfección sino dirigir y liderar, lo cual, implica necesariamente delegar, elegir personas, confiar funciones y permitir que otros actúen en nombre de una autoridad superior.

En la política y la gobernanza, los errores son inevitables; la cuestión no es si llegan, sino cuando. Gobiernos de todos los signos, en todos los países, han tenido fallas graves, sin embargo, no todos pierden el poder por ellas. La diferencia casi nunca está en el error en sí, sino en la forma en que se lo enfrenta.

En el gobierno, el poder no se sostiene por la ausencia de fallas, sino por la capacidad de responder a ellas con madurez. Los gobiernos no son juzgados solo por lo que hacen bien, sino, sobre todo, por cómo reaccionan cuando algo sale mal, porque al final, el poder no se pierde por equivocarse, sino por no hacerse cargo.

Los errores del equipo son inevitables, la pérdida de poder no, Por eso, cuando el equipo comete errores, la pregunta no es solo qué pasó, sino cómo responde quien ostenta el poder, si lo haces con negación y miedo o con responsabilidad y liderazgo.

En esa respuesta se juega el poder mismo, el cual no se conserva evitando fallas, sino respondiendo a ellas con claridad y decisión. En fin, quien gobierna suele proyectar una imagen de control y firmeza, “LA ILUSION DEL CONTROL”, sin embargo, el poder real es frágil, depende de la confianza, de la percepción de competencia y de la legitimidad.

Los errores del equipo rompen la ilusión de control y exponen una verdad incómoda, “NINGÚN LÍDER LO VE TODO NI LO MANEJA TODO”, de ahí que, el poder se erosiona y termina cayendo por los errores y por cómo se los enfrenta.

Cuando un funcionario falla, la reacción del gobierno suele seguir un patrón conocido: negación, minimización o el clásico “no estaba al tanto”. Esta respuesta busca proteger al liderazgo, pero casi siempre produce el efecto contrario. En política, alegar ignorancia no transmite inocencia; transmite falta de control.

Gobernar implica delegar, pero también supervisar. Elegir un equipo no es un acto neutral: es una toma de responsabilidad. Por eso, cuando un ministro o alto cargo se equivoca, el problema deja de ser individual y se vuelve político. La ciudadanía no espera perfección, pero sí coherencia entre el poder que se ejerce y la responsabilidad que se asume.

Muchos gobiernos no caen por un escándalo puntual, sino por la acumulación de errores mal gestionados. Cada silencio prolongado, cada defensa injustificada, cada intento de culpar a terceros erosiona la confianza pública. El desgaste no suele ser inmediato, pero es constante.

Paradójicamente, el miedo a perder el poder es uno de los factores que más rápido lo debilita. Cuando un gobierno actúa a la defensiva cerrando filas, atacando críticas o protegiendo lealtades, deja de gobernar para la ciudadanía y empieza a gobernar para sí mismo. Ese cambio no pasa desapercibido.

Asumir responsabilidades no es un gesto de debilidad. Al contrario, suele ser la única forma de conservar legitimidad. Reconocer errores, actuar con rapidez y corregir rumbos envía una señal clara: hay conducción, hay límites y hay conciencia del daño causado.

El poder es efímero, pero la forma en que se ejerce deja huella. Aferrarse a él a costa de la responsabilidad debilita. Soltar el ego para proteger la institución, fortalece, porque, en el ejercicio del poder elegir es asumir, y asumir es la única forma de conservar legitimidad.

Dra. Nidia Paulino Valdez

Consultora Política

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