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9 de febrero 2026
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OpiniónJavier DotelJavier Dotel

El poder de las palabras 

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RESUMEN

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Las palabras son una de las herramientas más poderosas que Dios puso en manos del ser humano. Con ellas podemos edificar o destruir, sanar o herir, bendecir o maldecir. La Escritura declara con claridad: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Proverbios 18:21). En cada frase que pronunciamos sembramos una semilla que dará fruto para bien o para mal, porque las palabras no son simples sonidos que se desvanecen en el aire, sino expresiones espirituales que llevan poder creador o destructivo.

Dios creó el universo con Su palabra. “Y dijo Dios: sea la luz, y fue la luz” (Génesis 1:3). El mundo visible nació del verbo pronunciado por el Creador. Esa misma capacidad de hablar con propósito fue depositada en nosotros, hechos a Su imagen y semejanza. Por eso Jesús enseñó que seremos justificados o condenados por nuestras palabras, porque cada una revela el contenido de nuestro corazón (Mateo 12:36–37). Lo que decimos no surge del aire, sino del estado interno del alma. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45). La lengua es el espejo del espíritu y la pluma que escribe la condición del alma.

El apóstol Santiago advierte que la lengua, aunque pequeña, es un fuego capaz de incendiar toda una selva. “La lengua es un fuego, un mundo de maldad” (Santiago 3:6). Un comentario imprudente puede destruir matrimonios, amistades, reputaciones y ministerios. Una palabra de ira dicha en un momento de enojo puede abrir heridas que tarden años en sanar. Así como un fósforo encendido puede reducir a cenizas un bosque entero, una frase cruel puede arrasar con la confianza y el amor de quienes nos rodean. Pero del mismo modo, una palabra guiada por el Espíritu Santo puede traer restauración, consuelo y esperanza a un corazón quebrantado.

Proverbios 15:4 declara: “La lengua apacible es árbol de vida”. Las palabras suaves, llenas de gracia, son medicina para el alma cansada. Pueden levantar al caído, fortalecer al débil y devolverle la fe al que se siente derrotado. Por eso el creyente debe cuidar su hablar y dejar que su boca sea un canal por el cual fluya la vida de Cristo. La lengua del justo dice Proverbios 10:20, es como plata escogida. Cada palabra del creyente debe tener el valor de algo puro, refinado, que proviene de un corazón gobernado por el amor y la sabiduría de Dios.

El Señor Jesús es llamado en el Evangelio de Juan “la Palabra”, el Logos eterno hecho carne. En Él vemos el modelo perfecto del poder santificador del lenguaje. Cada palabra que salía de Su boca traía salvación, perdón y transformación. Sus palabras calmaron tormentas, liberaron endemoniados y resucitaron muertos. Así también, cuando el creyente habla bajo la unción del Espíritu, su voz puede ser instrumento de sanidad y restauración. “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6). Nuestras palabras deben tener sabor celestial, no amargura terrenal.

Las Escrituras también nos enseñan a refrenar la lengua. El salmista oró: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141:3). Esta oración debería ser diaria para cada cristiano. No debemos permitir que nuestras emociones sean las que hablen, sino el Espíritu Santo. Callar a tiempo también es una muestra de sabiduría. “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19). Hablar menos y orar más es el secreto de una vida pacífica. Las palabras impulsivas casi siempre abren heridas; las palabras meditadas traen reconciliación.

Debemos recordar que nuestras palabras tienen poder no solo hacia otros, sino hacia nosotros mismos. Cuando alguien se acostumbra a declarar negatividad, derrota o miedo, construye un ambiente espiritual de fracaso. Pero cuando proclama fe, esperanza y verdad, está edificando un futuro distinto. “Diga el débil: fuerte soy” (Joel 3:10). Dios honra las palabras de fe porque reflejan confianza en Su carácter. La lengua puede ser un instrumento del cielo o del infierno; el resultado dependerá de quién la gobierne. Si el Espíritu Santo domina nuestro corazón, nuestras palabras serán un río de vida. Si la carne gobierna, nuestras palabras serán un fuego de destrucción.

En un mundo donde abunda la murmuración, la crítica y la mentira, el creyente debe levantar una voz diferente: una voz de gracia, verdad y pureza. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29). Cada conversación, cada comentario y cada respuesta son oportunidades para sembrar bendición. Nuestras palabras deben ser un eco del Reino de Dios, no del ruido del mundo. Si el Espíritu de Cristo vive en nosotros, entonces nuestra boca debe reflejar Su carácter, Su compasión y Su santidad.

El poder de las palabras es tan grande que puede determinar el destino de una persona. Un padre que bendice a su hijo con palabras de afirmación puede marcar su vida para siempre, mientras que una madre que hiere con insultos puede destruir la autoestima de su hijo. Los líderes espirituales también deben cuidar su lengua, porque sus palabras pueden guiar multitudes hacia la verdad o hacia el error. Jesús dijo: “Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37). Ninguna palabra es inofensiva; todas tienen peso en el mundo espiritual.

Por eso, el llamado de Dios hoy es a consagrar nuestros labios. Que de nuestra boca salgan solo palabras que glorifiquen a Dios y edifiquen al prójimo. Que hablemos verdad con amor, corrección con humildad, y exhortación con ternura. Que nuestras palabras sean, como dice Proverbios 16:24, “panal de miel, dulces al alma y salud para los huesos”. Si cada creyente entendiera el poder que hay en su hablar, el mundo sería distinto. La lengua puede ser un altar o una torre; un instrumento del Reino o del enemigo. Depende de quién reine en el corazón.

Pidamos al Espíritu Santo que santifique nuestros labios, que quite de nosotros la murmuración, la crítica y la dureza, y nos conceda hablar con sabiduría, ternura y verdad. Que cada palabra sea una semilla de vida y una ofrenda de adoración. Porque las palabras pueden ser la chispa que incendia el infierno o el aliento que enciende la fe. Que el Señor nos enseñe a usar ese poder con temor reverente, sabiendo que con nuestra lengua podemos reflejar al Dios que dijo: “Sea la luz”, y la luz fue.

“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía y redentor mío” (Salmos 19:14).


Por: Doctor Javier Dotel.

El autor es Doctor en Teologia.

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