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14 de febrero 2026
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OpiniónVíctor Manuel Grimaldi CéspedesVíctor Manuel Grimaldi Céspedes

El periódico que dejó de escuchar

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que abrir The New York Times era un acto de curiosidad intelectual y no de alineamiento político.

Uno leía para enterarse, no para ser conducido. Hoy, en cambio, el lector atento percibe algo distinto: una respiración agitada detrás de los titulares, una urgencia moral que no informa, sino que empuja. No es que falten datos; es que sobra intención.

Desde que Donald Trump irrumpió en la escena política estadounidense como una figura ajena a los rituales del poder educado, el Times dejó de observarlo para enfrentarlo.

La mutación no fue abrupta, sino progresiva, como esas lluvias finas que terminan empapándolo todo sin que uno sepa en qué momento exacto dejó de estar seco.

Primero fue la ironía, luego el alarmismo, después la certidumbre editorial de que no se trataba de un presidente incómodo, sino de una anomalía histórica que debía ser corregida.

No hubo necesidad de inventar hechos. Bastó con ordenarlos. Un escándalo antes que un logro, una frase fuera de contexto antes que una decisión de Estado, una suposición psicológica antes que un dato verificable.

El Times perfeccionó el arte moderno de la desinformación elegante: no mentir, pero sugerir; no ocultar, pero minimizar; no acusar, pero insinuar. Así se construye una verdad funcional, que no necesita ser falsa para ser parcial.

Lo más llamativo es que esta deriva no proviene del sensacionalismo vulgar, sino del periodismo que se cree moralmente superior.

El Times no grita; corrige. No insulta; diagnostica. No discute; sentencia. Y al hacerlo, pierde algo esencial: la capacidad de escuchar al país real, ese que no vive en Manhattan ni escribe columnas en universidades de élite, pero vota, trabaja y se resiste a ser tratado como un error sociológico.

En ese contexto aparece siempre la figura de Carlos Slim, mencionada como si fuera una mano invisible que mueve los hilos.

La realidad es menos novelesca y más reveladora. Slim no dicta titulares ni llama a redacciones.

No hace falta. Pertenece —como el propio Times— a una élite global convencida de que el mundo debe ser administrado por expertos, no interrumpido por outsiders. Trump no es su enemigo personal; es su negación simbólica. Y eso basta.

El problema del New York Times no es Carlos Slim. Es algo más profundo: su adhesión casi religiosa a un consenso cultural que se cree democrático, pero que tolera mal la disidencia.
Trump rompió ese consenso no solo con políticas, sino con estilo, lenguaje y desobediencia. Y el Times respondió no como cronista, sino como guardián del templo.

Por eso, cuando el periódico habla de democracia, muchos lectores sienten que se refiere a una democracia sin ellos.

Cuando habla de verdad, sospechan que se trata de una verdad seleccionada. Y cuando habla de peligro, entienden que el peligro no es el caos, sino la pérdida del control narrativo.

No todo está perdido. Aún sobreviven en sus páginas reportajes serios, investigaciones rigurosas, periodistas que escriben como quien todavía cree que los hechos tienen valor por sí mismos.

Pero ya no marcan el tono. Son islas en un mar editorial que decidió tomar partido y navegar siempre en la misma dirección.

La historia, como suele ocurrir, juzgará con menos pasión. Tal vez entonces se diga que el New York Times no cayó por mentir, sino por dejar de dudar; no por manipular groseramente, sino por creer que su causa justificaba el encuadre; no por odiar a Trump, sino por amar demasiado su propia versión del mundo.

Y ese, para un periódico que se llamó a sí mismo “el diario de referencia”, es un extravío más grave que cualquier error factual: haber confundido el periodismo con la misión, y al lector con un discípulo.


Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

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