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25 de marzo 2026
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OpiniónAna Mercy Otañez G.Ana Mercy Otañez G.

El peligro de ser una estatua de sal

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RESUMEN

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Quinto piso 

Existe una nostalgia silenciosa que habita en el alma de muchas personas. Lo he percibido en conversaciones con amigos, con colaboradores y en mi propio entorno cuando abordamos temas como el éxito, los logros, las posiciones o la riqueza. Es esa identidad que se refugia en el pasado: “Cuando yo era”, “Cuando yo tenía”, o “Cuando mis padres vivían”. Son voces atrapadas en historias que nunca llegaron a suceder o en glorias que ya se marchitaron.

No son necesariamente fracasos, sino fantasmas de lo que pudo ser: la carrera que no terminamos, la que elegimos por complacer pero no nos gusta, el país donde no echamos raíces o ese proyecto que juramos nos definiría. Sin darnos cuenta, nos convertimos en custodios de un «Museo de los sueños perdidos», recorriendo pasillos llenos de reliquias de quienes fuimos; piezas de exhibición que hoy solo roban la energía de un presente al que ya no pertenecen. Vivir de glorias pasadas o de ausencias nos paraliza, convirtiéndonos en estatuas de sal que, por mirar siempre hacia atrás, han perdido la capacidad de seguir adelante.

Al llegar al «quinto piso», la vida nos confronta con una verdad ineludible: la existencia no es estática y nosotros tampoco. Sin embargo, nos castigamos comparando nuestra realidad actual con una planificación trazada en la juventud o con cómo éramos en determinada época. En esta etapa, ya no definimos el camino con un «Mapa de Sueños», sino a través de preguntas clave y palabras específicas. Intentar cumplir promesas a una versión nuestra que ya no existe es una condena. Es como guardar luto por un antiguo amor que ya no tiene espacio en nuestra cama ni en nuestra vida; seguimos enamorados de un recuerdo, no de una realidad.

Ese empeño es tan inútil como forzar el pie en un zapato pequeño, el dedo en un anillo que ya no entra o la costura de una ropa de otra década. Por más que tiremos, la tela no cede y ese estilo ya no nos representa. Debemos entender que, aunque los deseos no siempre tienen fecha de caducidad, aceptarlos y transformarlos no es rendirse: es evolucionar.

Hay una libertad inmensa en admitir: «Ya no quiero ser esa persona que fui». Reconocer que aquel anhelo de juventud ya no nos quita el sueño no es una pérdida, es una actualización necesaria de nuestro software emocional. La plenitud no consiste en tachar metas de una lista antigua, sino en tener la valentía de borrar las que hoy nos estorban, ya sean trabajos, personas o estilos de vida.

Vivir aferrados al «debería haber pasado» nos impide disfrutar de quienes somos hoy. Ese museo de nostalgias debe cerrarse para dar paso a lo que sí está sucediendo. Al soltar el cadáver de esos proyectos, del dinero que ya no existe, de los padres que partieron, del empleo que no satisface o de la pareja que ya no está, liberamos la mente y el corazón. Solo con las manos vacías podemos abrazar el propósito que nace de la madurez y no de una expectativa pasada.

¿Estás habitando tu presente o solo eres la guardiana de tus sueños rotos? Tal vez hoy sea el día de detenerte, respirar y despedir con honores a esa versión que no fuiste y que ya no serás. Levanta una copa. Dale las gracias por la intención, déjala descansar y date el permiso de celebrar, por fin, tu versión más actualizada.
¡Desde el quinto piso de mi vida!

 

Por Ana Mercy Otáñez

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