RESUMEN
El 27 de febrero el presidente Luis Abinader habló ante la Asamblea Nacional. Habló con cifras, habló con gráficos invisibles, habló con tono de victoria administrativa. Pero mientras el presidente describía un país que avanza, el ciudadano escuchaba desde otro territorio: el territorio de la factura eléctrica, del colmado, del hospital sin insumos, del miedo nocturno y del salario que se evapora antes de llegar al día quince.
No hay nada más peligroso en política que cuando el discurso construye un país que la gente no reconoce.
La rendición de cuentas no es un ejercicio literario. No es un informe de gestión corporativa. Es un acto de verdad frente a la nación. Es el momento donde el poder se somete al escrutinio moral del pueblo. Y si el pueblo siente que le están describiendo un espejismo, la rendición se convierte en ficción.
Este 27 de febrero dejó esa sensación.
Seguridad ciudadana: la estadística contra la experiencia
Se habló de reducción de homicidios, de fortalecimiento institucional, de coordinación Inter agencial. Pero la seguridad no se mide solo en porcentajes, se mide en la tranquilidad de la madre que espera a su hijo de noche. Se mide en el comerciante que ya no paga peaje al delincuente. Se mide en la confianza en la Policía.
El Gobierno exhibe números. La gente exhibe cicatrices.
Cuando la percepción social contradice la narrativa oficial, algo no está funcionando. La seguridad no puede ser un PowerPoint. Debe ser presencia real, control territorial efectivo, consecuencias visibles. Un país no se siente seguro porque le digan que lo está; se siente seguro cuando la autoridad es respetada y el crimen temido.
La Biblia advierte en Proverbios 14:34: “La justicia engrandece a la nación; más el pecado es afrenta de las naciones”.
No es solo un texto religioso, es un principio político. Donde la justicia es débil, la nación se encoge. Donde la impunidad prospera, el discurso no salva la credibilidad.
Economía: la macroeconomía no paga la compra
Se habló de crecimiento, de resiliencia, de estabilidad. Pero el crecimiento que no se traduce en bienestar cotidiano es una estadística estéril. El dominicano no compra arroz con proyecciones ni paga medicinas con indicadores de complejidad económica.
La economía real es la del mercado. Es la del transporte. Es la del alquiler. Es la del padre que trabaja dos jornadas y aun así no alcanza.
El problema no es que el Gobierno presente datos positivos. El problema es cuando esos datos no dialogan con el sufrimiento del bolsillo. Si el ciudadano siente que trabaja más y vive peor, el discurso económico pierde autoridad moral.
Una nación puede crecer en cifras y retroceder en dignidad social. Esa es la paradoja que hoy inquieta a muchos dominicanos.
Obras: el cemento no reemplaza la confianza
Se enumeraron proyectos, carreteras, construcciones. Pero una obra no es solo concreto. Es impacto medible. Es transformación real. Es mantenimiento garantizado. Es prioridad correcta.
El país no necesita inauguraciones permanentes. Necesita soluciones estructurales.
Hay hospitales que se levantan, pero no funcionan plenamente. Escuelas que se construyen, pero no resuelven la calidad educativa. Carreteras que se anuncian mientras el tránsito sigue siendo una jungla sin reglas.
Cuando la obra se convierte en propaganda y no en política pública integral, el cemento termina siendo un monumento a la comunicación, no al desarrollo.
Haití y la soberanía: la herida abierta
Aquí el discurso se vuelve pólvora.
El presidente habló del liderazgo diplomático frente a la crisis haitiana. Pero el dominicano común no vive la crisis en los salones internacionales. La vive en la frontera, en los hospitales saturados, en las escuelas sobrecargadas, en la tensión laboral, en la sensación de pérdida de control.
El término haitianización, usado con fuerza en redes sociales, refleja un miedo social profundo. No se trata de odio, se trata de soberanía. Cuando el Estado no transmite control claro y firme, el vacío lo llena la ansiedad colectiva.
Una política migratoria seria debe ser firme y humana al mismo tiempo. Control sin abuso. Orden sin caos. Claridad sin improvisación.
Si el Estado no demuestra autoridad, la calle comienza a desconfiar. Y cuando la confianza en la capacidad de proteger la identidad nacional se erosiona, el discurso diplomático se percibe como distante.
Leonel Fernández habló de desconexión. Esa palabra resume el momento. Un gobierno puede tener logros administrativos y aun así estar desconectado emocionalmente del país real.
La rendición de cuentas debió ser el momento de reconocer errores con valentía, de mostrar autocrítica, de admitir deficiencias, de presentar correctivos concretos. En vez de eso, muchos sintieron que escucharon una exposición optimista en un país que vive con tensión acumulada.
El peligro no es la crítica. El peligro es la indiferencia. Cuando el ciudadano deja de creer, la democracia se debilita.
La Escritura advierte en Proverbios 29:2: “Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; más cuando domina el impío, el pueblo gime”.
El gemido social no siempre es un grito; a veces es silencio cargado de frustración.
El 27 de febrero no dejó una nación convencida. Dejó una nación dividida entre el país descrito y el país vivido.
Gobernar no es narrar éxitos. Es enfrentar realidades incómodas.
Rendir cuentas no es leer cifras. Es responder al dolor colectivo.
Liderar no es convencer con palabras. Es transformar con hechos.
Si el discurso no se encuentra con la calle, el próximo 27 de febrero será solo otra ceremonia donde el poder habla y el pueblo escucha, pero ya no cree.
Y cuando un pueblo deja de creer, la estabilidad deja de ser un dato y se convierte en una pregunta.
Es importante considerar que los pueblos tienen limites y a este pueblo ya le esta llegando.
Por: Javier Dotel.
El autor es miembro de la Dirección Central de la Fuerza del Pueblo.
