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9 de febrero 2026
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OpiniónJavier DotelJavier Dotel

El origen del mal

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RESUMEN

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Hablar del mal es adentrarse en uno de los misterios más profundos del universo. A lo largo de los siglos, filósofos, teólogos y pensadores han intentado descifrar su origen, pero la respuesta definitiva solo puede encontrarse en la Palabra de Dios. La gran pregunta que surge es inevitable: si Dios es bueno, santo y perfecto, ¿de dónde proviene el mal? ¿Por qué existe el dolor, la injusticia y la rebelión en un mundo creado por un Dios perfecto? La Escritura no evade esta pregunta, sino que nos conduce a la raíz del problema, revelando tanto el origen del mal como la esperanza de su final.

La Biblia declara que Dios es absolutamente santo y que en Él no hay maldad. El apóstol Juan nos dice en 1 Juan 1:5: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. Cuando el Señor concluyó su creación, Génesis 1:31 afirma: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. Todo lo que Dios hizo fue perfecto, sin mancha de maldad. Esto nos lleva a comprender que el mal no fue creado por Dios como una sustancia o fuerza independiente, sino que surgió de la rebelión de una de sus criaturas.

La Escritura nos transporta al cielo, antes de la creación del hombre, donde ocurrió la primera rebelión. Ezequiel 28:15 describe a un querubín perfecto en todos sus caminos, hasta que se halló en él maldad. Ese ser angelical era Lucifer, cuyo nombre significa portador de luz. Había sido creado con hermosura, sabiduría y autoridad, pero en su corazón nació el orgullo. Isaías 14:13-14 revela sus pensamientos: “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… seré semejante al Altísimo”. El pecado de Lucifer fue querer ocupar el lugar de Dios. Lo que comenzó como orgullo se convirtió en rebelión abierta contra el Creador.

pocalipsis 12:4 nos enseña que Lucifer no cayó solo, sino que arrastró con él a la tercera parte de los ángeles. La Palabra dice: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón… pero no prevalecieron”. Finalmente, Satanás y sus ángeles fueron expulsados a la tierra. Así apareció el mal: en el corazón de un ser creado perfecto, que abusó de la libertad que Dios le dio y quiso ser igual a Él. El mal no tiene origen en la naturaleza de Dios, sino en la soberbia y la desobediencia de una criatura.

Luego, ese mal se introdujo en la historia humana. En el huerto del Edén, la serpiente antigua engañó a Eva con la misma mentira que la llevó a su propia caída: “seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Génesis 3 nos narra cómo Eva tomó del fruto prohibido y lo compartió con Adán. La desobediencia del hombre abrió la puerta al pecado en el mundo. Romanos 5:12 explica: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Lo que había comenzado en el cielo se trasladó a la tierra. La creación perfecta quedó contaminada, la comunión con Dios se rompió, y la muerte se convirtió en la herencia de la humanidad.

El mal no es solamente un poder exterior que nos acecha, sino también una realidad interior en el corazón humano. Jeremías 17:9 declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Jesús mismo afirmó en Marcos 7:21-23: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades… todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”. Por eso, el mal no solo está en el diablo y en sus demonios, sino en la naturaleza caída del hombre.

Podemos identificar tres dimensiones del mal. En primer lugar, el mal moral, que es el pecado, la corrupción del corazón humano, la mentira, la violencia y la injusticia. En segundo lugar, el mal natural, manifestado en enfermedades, catástrofes y sufrimientos que son consecuencia de la caída. En tercer lugar, el mal espiritual, que se expresa en las fuerzas demoníacas que operan en el mundo. Efesios 6:12 nos advierte: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

La pregunta surge con fuerza: ¿por qué Dios permitió la existencia del mal? La Biblia nos revela que nada escapa de su soberanía. Aunque Dios no creó el mal, permitió su existencia para cumplir propósitos más altos que la mente humana muchas veces no puede comprender. La historia de Job nos muestra que Satanás solo pudo tocarlo con el permiso divino y dentro de los límites que Dios estableció. Al final, Job entendió que los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros y que aun en medio del dolor, Él sigue siendo justo y fiel.

Dios utiliza incluso las intenciones malignas para manifestar su gloria. José dijo a sus hermanos en Génesis 50:20: “Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien”. Asimismo, Romanos 8:28 declara que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. El mal tiene un carácter temporal y está subordinado a los planes eternos de Dios. Aunque hoy veamos injusticias y sufrimiento, Dios sigue teniendo el control absoluto de la historia.

La Escritura enseña que el mal ya fue derrotado en la cruz del Calvario. 1 Juan 3:8 afirma: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Colosenses 2:15 añade: “Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”. Allí, Cristo venció el pecado, la muerte y a Satanás. Sin embargo, la eliminación definitiva del mal ocurrirá en el juicio final. Apocalipsis 20:10 anuncia que el diablo será lanzado en el lago de fuego y azufre, donde será atormentado por los siglos de los siglos.

La esperanza cristiana se proyecta hacia un futuro glorioso en el que ya no existirá el mal. Apocalipsis 21:4 promete: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Y en Apocalipsis 22:3 leemos: “Y no habrá más maldición”. El final del mal está asegurado, y la victoria pertenece al Cordero de Dios.

Mientras tanto, vivimos en un mundo donde el mal sigue activo, pero no debe dominarnos. Pablo exhorta en Romanos 12:21: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. El creyente no combate el mal con odio ni con violencia, sino con amor, santidad y la fuerza del Espíritu Santo. La vida cristiana es una batalla diaria contra la tentación, el pecado y las influencias del enemigo, pero contamos con armas espirituales poderosas en Cristo Jesús.

El origen del mal, aunque misterioso, no limita a Dios. Al contrario, revela su santidad, su justicia y su plan de redención. Dios permitió que el mal existiera para mostrarnos la gravedad del pecado, la necesidad de un Salvador y la grandeza de su amor en Cristo. Jesús dijo en Juan 8:12: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Solo en Él encontramos la victoria sobre el mal, la paz verdadera y la esperanza de la vida eterna.

Hoy la invitación es clara. No podemos explicar el origen del mal sin mirar a la cruz, donde la justicia de Dios y su misericordia se encontraron. Allí quedó asegurada la derrota del diablo y la libertad para todo aquel que cree. Aunque todavía vivimos rodeados de maldad, sabemos que el bien triunfará. Cristo es la respuesta definitiva al problema del mal y la garantía de que un día, en la presencia de Dios, no habrá más llanto, ni dolor, ni oscuridad.

El autor el Doctor en Teología.

Por Javier Dotel

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