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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

El odio del mundo de ayer hoy se ha dimensionado

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RESUMEN

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La guerra es hija del odio, 

la paz es hija del amor

Miguel Collado

De nuevo me asalta la preocupación del odio exhibido por la civilización moderna. El mismo odio sobre el que hace varios lustros escribí para mi libro La mentira es una telaraña: reflexiones y pensamientos, publicado en el 2012 con prólogo del filósofo y amigo Alejandro Arvelo; y el mismo odio al que se refiere el periodista estadounidense Alfred A. Häsler en su obra El odio en el mundo actual (1969), es decir, el odio que atravesó la vida de los humanos en el mundo del siglo XX, pero ahora convertido en un odio dimensionado en este siglo XXI. Es la misma civilización moderna de ayer (basada en el desarrollo científico y tecnológico y caracterizada por la expansión del capitalismo), aunque ahora caracterizada por la rápida evolución tecnológica, la intensificación de la digitalización y la conectividad global. 

Y es que ante tantos conflictos sociales, políticos y bélicos que acontecen en el mundo actual, no tan solo ha visitado mi mente la obra de Häsler, sino, también, la del humanita austríaco Stefan Zweig: El mundo de ayer (1942). Viejas lecturas que en su momento causaron en mí el estremecimiento propio del descubrimiento de algo insólito: lo absurdo de la conducta del hombre en su devenir histórico, siempre perfeccionando el modo que, al final, lo arrastra hacia la autodestrucción inexplicable, absurda. 

Definitivamente, el mundo de hoy supera en mucho a ese mundo de ayer, conflictuado y atravesado por el odio. La violencia ahora es una especialidad altamente tecnológica: vemos las guerras, con sus misiles y drones iluminando los cielos, sentados en nuestros hogares frente al televisor de gran tamaño como si estuviéramos viendo el mejor cine bélico filmado en los estudios de Hollywood. Cito, a modo de ejemplo pasmoso, algunos de los conflictos bélicos actuales que amenazan la racionalidad y la condición humanas en el mundo actual: la guerra Ucrania-Rusia, la guerra civil en Siria, la guerra civil en Yemen, la guerra Israel-Palestina y la guerra Israel-Irán-Estados Unidos de América. El primero tiene lugar en Europa y los demás, en Oriente Próximo (Asia). 

Es muy difícil intentar comprender los mecanismos del odio en una humanidad que no termina de entender que vivir en paz nos ofrece mejores opciones para el disfrute de toda la riqueza y de toda la belleza del planeta, cuyos recursos naturales alcanzan para todos los seres racionales e irracionales que lo habitamos sin que el sufrimiento causado por el hambre y la miseria maten los sueños de tantos seres humanos. Pero si difícil fue intentar comprender ayer los mecanismos del odio, hoy lo es mucho más: el odio de hoy es más complejo, más ramificado, más tecnológicamente eficaz. Se ha convertido, podríamos decir, en una industria, una especialidad transnacional que cruza redes, algoritmos, armas inteligentes y discursos legitimadores. Ya no necesita, como antes, de pasquines o plazas públicas: ahora el odio fluye en tiempo real por las redes, se multiplica por inteligencia artificial, se disfraza de patriotismo o de defensa cultural y —lo más preocupante— el hombre ha perdido el pudor: el cinismo más descarado es su marca.

Así lo veo y así lo sufro: vivimos en una época donde el odio no solo se expresa, sino que se monetiza, se viraliza, se institucionaliza: desde el seno mismo de las familias se expande y se vuelve tendencia; se convierte en política pública, se justifica con estadísticas, se escuda en la seguridad, se celebra en foros anónimos y se propaga como consigna. Y lo más trágico: muchas veces se recibe con aplausos. 

Estamos ante un dilema crucial: si los sabios de entonces ya advertían del odio con las herramientas filosóficas y morales que tenían, ¿qué debemos hacer nosotros hoy, cuando ese odio se disfraza de verdad, se arma con drones y se vuelve espectáculo? Al releer mi reflexión sobre el odio he sentido que la misma cobra aún más fuerza, más vigencia, pues el odio se ha sofisticado, se ha vuelto menos visible, pero más eficiente; menos pasional, pero más estructural. El odio que antes tenía rostro y argumento, hoy tiene pantalla, código, misil, dron y cámara de eco algorítmica. Y lo verdaderamente peligroso es que ya no es el odio como emoción humana, sino el odio tecnificado, institucionalizado y viralizable. 

Es innegable: el mundo de hoy está atravesado por una red global de conflictos y el odio ha dejado de ser simplemente una pasión ideológica o religiosa. Se ha convertido en estructura operativa, en narrativa estratégica, en justificación de presupuestos militares, en contenido que genera clics, votos o control social. Quizá esto que digo abra un camino de reflexión tan complejo como necesario. Porque así lo creo. Esta continuación de mi reflexión anterior en torno al odio es una afirmación grave y, al mismo tiempo, un llamado a la conciencia. Lo de dimensionado sugiere que ese odio de ayer ha crecido, se ha transformado, se ha tecnificado y estructurado. Asistimos, trágicamente, a una era donde el odio ya no es pasión: es herramienta despiadada. Funciona como catalizador político, como contenido de alto rendimiento y como estrategia electoral.

UNA INVITACIÓN A LA MEDITACIÓN NECESARIA

Tal vez no podamos erradicar el odio del mundo. Tal vez no podamos impedir que los poderosos jueguen con la vida de los pueblos desde oficinas en penumbra o desde discursos que disfrazan la violencia con lenguaje técnico. Pero sí podemos —cada uno desde su espacio, su conciencia y su palabra— negarle al odio su triunfo absoluto.

Ha habido en la historia de la humanidad destellos de grandeza que nacieron en tiempos quizá más oscuros que el actual; tiempos caracterizados por conflictos, hambrunas, enfermedades y genocidios: las pestes y guerras de la Edad Media y el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial son dos ellos. Pero poetas en los campos de concentración, maestros enseñando bajo bombardeos, madres que protegieron a hijos ajenos, comunidades que resistieron la propaganda del exterminio. 

Cada acto de bondad, cada gesto de justicia, cada palabra verdadera, ha sido una barricada contra el abismo al que nos lanza el odio. El ser humano sigue siendo capaz de elegir, aunque sea en soledad, aunque sea en minoría. Y en esa elección se juega no solo su dignidad, sino su destino. Desde esta reflexión —con la que no pretendo dar respuestas finales, sino convocar a pensar— alzo una exhortación serena: ¡despertemos! 

No se trata de optimismo ingenuo, sino de esperanza ética. La misma que Hostos sembró con sus palabras sabias, porque si algo podrá salvar a la humanidad de su auto extinción no será la tecnología, ni el poderío militar, ni el cálculo geopolítico, sino la conciencia moral, la memoria histórica, la compasión activa y la educación de una ciudadanía que aprenda a amar sin odio y a disentir sin destruir. Este es el reto, la urgencia, y quizá la última oportunidad de la humanidad, porque «¡El futuro es ahora, y es horrible!», frase memorable puesta en boca del legendario actor Charlton Heston en la película Cuando el destino nos alcance (Soylent Green), dirigida en 1973 por Richard Fleischer.

Por Miguel Collado

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